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¿Sabes tú quién soy yo?

Ellos siguen cuidando de nosotros desde el otro lado

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Cuando un niño pequeño nos comenta que acaba de pasar la noche jugando con su abuela, la cual ha fallecido antes de llegar a conocer al pequeño en cuestión, podemos dar por hecho que ese niño ha escuchado muchas veces en casa de boca de sus mayores, historias de su abuela, de cómo era y de cómo se comportaba, y que ese niño simplemente está recreando imágenes y vivencias que le han contado…, pero… y ¿cuando el niño relata perfectamente algo que nadie se ha atrevido a contarle, algo que ni siquiera se han atrevido a decir en voz alta?

Nos resulta muy difícil darle una explicación lógica a ese hecho ¿verdad?, sin embargo es algo tan normal, a la par que hermoso, que quizás en lugar de intentar quitarle importancia a lo que el niño nos está contando, y prácticamente obviarlo, provocando así una mayor curiosidad y ansiedad en ese pequeño, que está necesitando respuestas y no encuentra a nadie que se las dé, sería más lógico y sano para todo el mundo, abordad el tema desde la normalidad y la paciencia, junto con grandes dosis de comprensión y respeto hacia ese pequeño individuo que está empezando a descubrir la vida.

Habrá que explicarle que nadie desaparece completamente, y con toda la normalidad, hacerle entender que nadie muere realmente, que sólo se cambian de domicilio, y que tarde o temprano acabaremos volviendo a encontrarnos con ellos.

Tendremos que decirle, con naturalidad, porque se trata de algo natural en el ser humano, que cuando terminamos nuestra vida, pasamos a otro plano de conciencia, de existencia, donde todo es mucho más claro, donde la verdad prevalece siempre, donde las apariencias y los prejuicios no tienen cabida, ni existen las conveniencias, ni las mentiras, donde un hermano es incapaz de usar a otro hermano en beneficio propio, y donde no es necesario que nadie vigile los actos de nadie, porque la claridad de la conciencia prevalece siempre.

A veces, con demasiada frecuencia, aturullamos a nuestros pequeños con mil historias que no sabemos muy bien si en algún momento les servirán para algo en su día a día, cientos de actividades que ocupen todo su tiempo, pero los dejamos absolutamente solos a la hora de ayudarles a formar su carácter y su personalidad con una base sólida en la que puedan sustentar el resto de sus vidas, sin que al primer problema se les tambaleen todos los cimientos morales y emocionales, los pocos que les hemos dado carecen muy frecuentemente de fundamentos reales que no estén basados en modas pasajeras.

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Y ahora os preguntareis, ¿a qué viene este asunto?, que no tiene nada que ver con lo que normalmente os cuento por aquí. Pues con vuestro permiso os lo explico.

Han sido muchas las ocasiones en que algún niño se ha acercado a mí para decirme que ha visto y ha hablado con su abuelito ya fallecido,(ya sabéis que me dedico a cuidar a las personas, en la recta final de su vida) con el cual compartió los primeros años de su vida, y que le sigue escuchando con más paciencia y cariño que nadie, que sigue teniendo el tiempo suficiente para escuchar y responder sus preguntas, y de jugar con él a soñar que son dos grandes piratas que cruzan los mares en su gran barco, sentados sobre la cama. No creo que tengamos derecho a mentir a los niños, diciéndoles que su abuelito se ha ido al cielo, o que está en las nubes, pues dentro de poco ese niño desechará todo lo que le hayamos contado con anterioridad con la misma frustración y desengaño, y dejará de confiar en nosotros, no creo que las mentiras sirvan para nada, ni se puedan sustentar eternamente, sobre todo cuando la verdad es mucho más hermosa y noble.

Creo humildemente, que es mucho más fructífero y sano para nuestros pequeños, compartir con ellos estas vivencias que realmente están experimentando, pues es cierto, y cualquiera que haya estado en contacto con personas moribundas, por cualquier motivo, seguramente, podrá confirmarlo. Los que se han ido vuelven para comprobar que sus seres queridos están bien, y en muchas ocasiones siguen compartiendo con nosotros momentos, aunque desde otra realidad, siguen muy cerca de nosotros.

Ellos, nuestros queridos familiares fallecidos, vienen a visitarnos, siguen amándonos y preocupándonos por nosotros, y por supuesto les sigue afectando el estado emocional en el que nos encontremos. Sobre todo en el caso de los abuelos, con los que se crean lazos de unión tan importantes. Así que dejemos que los niños sigan soñando, y atrevámonos a soñar con ellos, quizás sea nuestra última oportunidad de seguir evolucionando hacia algo mucho más auténtico, hacia verdades fundamentales que nos harán sentirnos más libres y seguros.

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Desde la antigüedad, el hombre se ha hecho muchas preguntas sobre el estado posterior a la muerte, sobre si el ser desaparecía por completo, o alguna parte de él seguía existiendo de alguna manera. Y a través de los tiempos, los grandes pensadores y filósofos llegaron a la conclusión de que el cuerpo humano solo es materia, que se deteriora y muere con el tiempo, pero que ese cuerpo estaba impulsado y sustentado por algo eterno que llamaron aliento vital, o espíritu y que era en realidad lo que contenía la esencia del ser, y que este era inmortal.

Sin embargo el hombre de hoy sigue cuestionándose la existencia después de la muerte, seguimos preguntándonos si es posible que exista otra forma distinta de existencia, y que haya personas capaces de percibirlas. Quizás muy pronto llegue un tiempo en el que hablemos con toda normalidad de algo que forma parte tan esencial de nuestras vidas, como es la muerte, quizás pronto, seamos capaces de ampliar nuestro prisma de visión y percepción a otras realidades. Mientras tanto, será suficiente con que no neguemos categóricamente algo de lo que se supone, no tenemos el conocimiento, ni las pruebas empíricas necesarias.

Mantengamos al menos el beneficio de la duda, y la esperanza.

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Hoy he descubierto el mundo por primera vez

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Hoy he descubierto el mundo por primera vez

“Hoy he descubierto el mundo por primera vez, he alzado el vuelo y rozado el cielo, solté las amarras, enjugué mis lágrimas, bauticé mi esencia y renací de nuevo. Exactamente hoy, ni ayer, ni mañana, he descubierto que es ser libre, y qué significa ser amada. Porque por fin descubrí que era yo la que no me amaba, que no se trataba de esperar, ni de temer por nada, se trataba de entregarse, y de compartir el alma”.

Muchas veces nos pasamos la vida esperando que el hombre o la mujer  ideal aparezcan, sin embargo cuando creemos haberlo encontrado, nos pasamos la vida intentando cambiar aquello que no nos gusta. No somos capaces de salir de nuestro egoísmo y nuestro miedo, nos sentimos poco menos que engañados y llenamos nuestra vida de frustración y sufrimiento, dejando recaer en el otro toda la responsabilidad de nuestra felicidad.

Somos nosotros los únicos responsables de esa elección, pues por miedo, dejamos pasar la felicidad ante nuestros ojos. No nos atrevemos a observarnos por dentro, a ser sinceros, a ser valientes para reconocer que llevamos mucho tiempo sin amarnos, pero sí exigimos un amor que no somos capaces de darnos a nosotros mismos, llegamos a ser así de cobardes.

Cuando nos atrevemos, cuando superamos los obstáculos de la mente, los miedos, las dudas, y “soltamos”, rozamos el cielo, pues el Universo mismo nos enseña el verdadero significado de amar y ser amado, y nos envía el regalo más hermoso, el reencuentro con la mitad de nuestra alma, nos completa, nos sincroniza de nuevo con el origen de nuestra esencia.

Entonces todo cobra el mayor de los sentidos, entonces todo se armoniza y la vibración de nuestro ser queda equilibrada para siempre. Ya no existe el tiempo, no existen conceptos, ni medidas, entonces y sólo entonces simplemente “SE ES”.

Cuando dos almas gemelas se reencuentran todo se vuelve claro, sereno, y sencillo; y a través de una sola mirada, pueden crear el mundo. Solo necesitan unir sus pechos en un abrazo y fundirse en un solo corazón. Pues en realidad, desde el principio de los tiempos siempre fueron “SOLO UNO”.

“Sólo el Amor os hará libres”

Hoy he descubierto el mundo por primera vez

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Tu realidad solo la cambias tú

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Si tomamos esta frase como cierta, tenemos una gran responsabilidad; y por lo visto pronto no podremos amparar ninguna duda al respecto, pues nuestros más refutados y expertos filósofos, investigadores, químicos y demás eruditos, están demostrando empíricamente, tras experimentos en laboratorios, con sus correspondientes fórmulas y controles de todo tipo que es exactamente así. Que realmente somos nosotros mismos los que creamos nuestra realidad.

Nuestra forma de percibir y observar altera y determina la acción y el estado de todo lo que nos rodea. Tenemos un enorme poder, una magnifica habilidad que nadie nos había contado hasta ahora, y que desde luego no teníamos ni idea de cómo usar. Más bien llevamos toda la vida empleándola en nuestra contra por lo que se ve.

Se ha experimentado con moléculas, partículas y átomos, hasta la más mínima expresión de la materia que conocemos, y se ha podido comprobar una y otra vez que los resultados siempre son afectados y alterados, el estado emocional, la intención, incluso la simple curiosidad del que realiza el experimento, “el observador”, determina los resultados del experimento.

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Esto en principio puede parecer un poco lío, pero eso sólo es porque no estamos acostumbrados a percibir nada más que a través de nuestros sentidos biológicos, además tampoco solemos dedicar mucho tiempo a observar, ni a observarnos. En el momento en que somos capaces de parar un poco el ritmo estridente y lleno de prisas que nosotros mismos nos hemos impuesto, no se sabe muy bien con qué propósito, nos damos cuenta fácilmente, de que existe otra manera de percibir más allá del cuerpo físico, de sentir, y de crear.

“Llegamos a la conclusión de que el observador y lo observado son parte de la misma realidad y que ésta solo existe en la medida en que nosotros, los observadores la creemos”.

Por supuesto esto conlleva una considerable cadena de concatenaciones y experiencias con otros seres humanos, para los que también tenemos responsabilidades, de las que posiblemente seguiremos hablando en otras ocasiones. Pero con demasiada frecuencia nos da demasiado miedo hacernos conscientes de que podemos cambiar nuestra realidad, pues eso necesita de un esfuerzo, de un trabajo interior, pero también de la necesidad de asumir responsabilidades, de tomar decisiones, y para eso se ve que aún estamos muy poco preparados.

Porque seguimos acurrucados en nuestro rinconcito del miedo, creyendo que allí al menos estamos seguros, que aunque ya sabemos que lo que nos rodea no nos gusta, de alguna manera lo controlamos porque lo conocemos. Y eso se mezcla con el apego y la idealización disfrazados de amor, que nos hace mantener relaciones perjudiciales, o que simplemente ya terminaron. Nos hace seguir viviendo situaciones que sólo nos aportan frustración e infelicidad, cuando en realidad es mucho más fácil de lo que nuestro miedo nos permite ver.

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Es esa estructura mental errónea que hemos ido cultivando a través de nuestra vida, la única que limita nuestra realidad, nuestra libertad, nuestra felicidad. Nadie, ni nosotros mismos hemos sido culpables de ello, nuestros sistemas de creencias, nuestras circunstancias como sociedad y cultura a través de los tiempos se han ido formando a través de los patrones que en cada momento les han ido sirviendo para sobrevivir, y eso no es malo, simplemente todos evolucionamos, y llega el momento en que lo que ha servido anteriormente, ya no nos sirve, pues hemos de seguir avanzando, y la única manera en que eso se puede llevar a cabo es desde dentro hacia fuera.

La responsabilidad aparece en el momento en que nos hacemos conscientes de la posibilidad que tenemos de cambiar la realidad, tanto la nuestra, como la del mundo que nos rodea, que podemos contribuir a crear un mundo más libre y justo, que somos capaces de dar amor de verdad, y vivir sin miedo, y hacerlo extensible a todo el que comparta la vida con nosotros en algún momento, esa es la realidad.

 

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La realidad que no queremos ver

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Abuso sexual infantil

Abuso sexual infantil

Dicen los grandes expertos es sociología que el abuso sexual infantil es tan antiguo como nuestra propia historia. Que desde nuestros mismos orígenes como especie han existido depredadores que han utilizado la fuerza y la seguridad de su posición social para dar rienda suelta a sus instintos más primarios. Y tristemente tenemos que reconocer que es absolutamente cierto, pero por lo visto aún no nos hemos avergonzado lo suficiente, pues muy lejos de haber erradicado totalmente esta mala costumbre en nuestra sociedad, seguimos consintiéndola, y en muchas más ocasiones de lo que nos gusta reconocer, seguimos mirando para otro lado.

Hemos creado leyes para proteger al menor, damos campañas anuales y continuadas de prevención, e incluso hemos asignado un día especial para conmemorar todo aquello que estamos haciendo por esos menores, pero seguimos permitiendo que los depredadores escapen a otras praderas para que sigan devorando a otras víctimas, pues lo que aún queda por cambiar son las leyes que castigan al verdugo.

Quiero dejar muy claro que ese verdugo depredador de víctimas inocentes NO es ningún enfermo, es sólo eso, un depredador al que sólo le importa satisfacer sus instintos, para lo cual no le importa en lo más mínimo el daño que pueda causar, la única empatía que guarda es para con él mismo y su propio instinto de supervivencia.

Como hemos dicho en otras ocasiones, existen distintos niveles de actuar desde el bien y desde el mal, y en este caso el depredador sexual está en el nivel más extremo de actuación del mal, y no siente ningún tipo de remordimiento por ello, de modo que su capacidad de reinserción y de que no vuelva a cometer otro abuso es inexistente.

También es importante dejar clara la diferencia entre pedófilo y pederasta, el primero aún no ha pasado a los hechos físicos, por el momento se ha contentado con la pornografía infantil, o la observación y vigilancia en secreto de algún menor, pero este es el primer paso, con un altísimo riesgo de llegar al segundo y definitivo paso, la agresión sucesiva a los menores.

Parece que nos da muchísimo miedo reconocer que nuestra sociedad no ha solucionado en absoluto este problema, pues una y otra vez, sectores muy concretos de nuestra sociedad, en lugar de dar la cara y reconocer que han acogido a estos depredadores entre sus filas, y con ello ayudarnos a todos a superar este gran problema social, prefieren ocultarlos, y cambiarlos de ubicación geográfica, creyendo que quizás con eso expían de alguna manera sus responsabilidades.

Mientras que no seamos capaces de perder el miedo a las consecuencias del reconocimiento de actos tan aberrantes para una sociedad supuestamente ética y moralmente evolucionada, seremos incapaces de llegar a esa evolución y seguiremos viviendo en el miedo continuo de los secretos a voces, de los no dichos, y de las frustraciones y las incomprensiones más profundas, que sólo pueden dar paso a toneladas y toneladas de más miedo.

Las estadísticas hablan por sí solas

Abuso sexual infantil

Seguimos en un tabú constante en ambas vertientes, una la de confesar ante la sociedad que hemos sido víctimas, la otra la de aceptar que individuos que muy frecuentemente son referentes para nuestra sociedad sean los depredadores más comunes.

Más de 200.000 niños desaparecen anualmente en Europa y nunca se vuelve a saber nada de ellos.

Un 25% de la totalidad de nuestros niños y adolescentes son violados.

El primer problema con el que nos encontramos es la falta de recursos adecuados para defender al menor, pues en muchas ocasiones es el menor quien tiene que cambiar por completo sus hábitos de vida y su entorno, pues el depredador o bien es miembro directo de su familia o forma parte de su entorno más cercano.

La prescripción de un delito como la pederastia es de veinte años desde que el menor supuestamente agredido cumple la mayoría de edad, que en España como todos sabemos se obtiene a los 18 años.

Y aunque cada día contamos con más medios, es tremendamente curioso, a la par que escalofriante, que un gran número nuestros jóvenes al ser encuestados, estén volviendo a justificar comportamientos como el maltrato y la violencia machista, el abuso sexual infantil, y conceptos arcaicos y sobradamente demostrados perniciosos para el individuo y la sociedad. Lo que no deja de dejarle a uno pensando, en dónde exactamente nos estaremos equivocando.

Abuso sexual infantil

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