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¿Sabes tú quién soy yo?

Homenaje a mis abuelas

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En esta ocasión con el permiso de todos los lectores que alguna vez se hayan asomado a esta ventana para leer mis artículos, creo de obligado cumplimiento, y porque me sale del alma, recordar a aquellos que me formaron y cuidaron de mí durante los años más fundamentales de mi vida, en ese tiempo donde se forja el carácter y la personalidad. Pienso que es muy importante tener más o menos claro hacia dónde quiere uno dirigir su vida, pero considero imprescindible que jamás se nos olvide de dónde venimos y cuáles han sido nuestras raíces. Estas son las mías.


La primera en iluminar mi recuerdo y un sentimiento intensamente profundo debe de ser mi Cisca, mi abuela materna, Francisca Espinosa Cintas, con la que me crié, la que me dio más de un coscorrón, y con la que aprendí en gran medida el porqué la vida era como era y las personas nos comportamos como nos comportamos, momentos de verdadera sabiduría en aquella cocina, mientras me enseñaba como había de preparar cada puchero, y mientras ella resolvía comidas para yernos que se iban a trabajar, nietos que venían del colegio, e hijos que necesitaban el hatillo para el día siguiente.

No se le escapaba ni una, sabía en cada momento que estaba pasando por la mente de cada uno de nosotros, y siempre se anteponía cuando sin comunicación previa, te avisaba de las consecuencias de lo que estabas pensando.

Conocía a la perfección a cada uno de los miembros de esa enorme familia que conformábamos, y para cada uno de nosotros siempre tenía un momento, para escucharnos, para darnos un consejo, para conseguir comprarnos a cada uno de nosotros algo que nos hiciese sentir especiales, aunque fuese una fruslería, pero en aquellos tiempos, añorados tiempos, incentivaba nuestra ilusión, y nuestra imaginación, hasta metas inimaginables hoy.

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Un simple chupón de koyak, o unos muñequitos de plástico que venían en sus cunitas, en blanco o en azul, y con un pegote de espumillón por toda indumentaria, tan desnuditos y desvalidos, que tenias que pasarte toda la semana haciéndoles sus vestiditos, su colchoncito, sus sabanitas, su almohadita, tiempo que era empleado por Francisca en reunir a todas las mujeres de la familia, de mayor a menor edad, e irlas orientando tanto en el arte de la costura, como en los peligros de la vida para las mujeres de bien“.

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Aquellos pepones de plástico duro, que no hacían absolutamente nada, y que nosotros para dotarlos de algo más de realidad, les hacíamos una raja en la boca, con el cuchillo de pelar patatas, o con la navaja curva del abuelo, sin que este se diese cuenta, para que al menos a base de papillas de barro, aquel pobre muñeco adquiriese más consistencia.

Para lo que empleábamos la cocinita que nos habían traído los reyes pasados, y de cuyas cucharillas ya no nos quedaba más que un par de muestras, de tantos cafés preparados a la luz de la candela tras todas las tardes de invierno supervisados por nuestra cisca, a la luz de la bombona, pues la eléctrica aún no había querido llegar hasta aquella enorme casa de tres plantas, demasiado alejada de todas partes“.

Mi abuela Francisca se levantaba mucho antes de que saliese el Sol, como la mayoría de personas de su época, pues para cuando sus maridos se ponían en pie, ellas ya tenían preparado todo lo necesario para comenzar el día, cuando yo nací, las cosas parece ser que ya habían avanzado mucho, ya no era necesario encender la candela, pues en casa ya teníamos cocina de gas para poner a calentar el agua para asearse, hacer el café de achicoria, y tostar los restos de pan del día anterior para desayunar, con lo que “se podía quedar una hora más en la cama“.

Cuando terminaba de organizar a todo el mundo, cogía su cesta y subía camino arriba hasta la plaza, pues entonces no existían los frigoríficos, así que había que ir a la plaza día sí, día no, como mucho, tampoco teníamos coches que acortaran las distancias, así que por muy pronto que saliese nunca llegaba antes de la hora del almuerzo, con su cesta repleta de comida, éramos muchos en casa, y aunque ya todos los mayores trabajaban, incluida mi madre y solían comer fuera, en casa siempre había una buena olla de puchero preparada, para llenar el estómago de aquel que lo pudiera necesitar.

Los martes tocaba pescado, y para los más pequeños se celebraba casi como una fiesta, cuando veíamos a la abuela bajar por el camino con su cesta repleta de sardinas, arenques, boquerones, calamares, bacaladillas, pescada, y por supuesto cazón, con el que hacía una salsa que nos chupábamos los dedos y a la que hoy por hoy ninguno de nosotros hemos sabido dar el mismo punto que ella le daba.

Mi cisca había inventado un juego de magia con el pescado, para los más pequeños (os aseguro que se me saltan las lágrimas recordando aquellos momentos donde disfrutábamos tanto con un puñado de sardinas), después de comer y descansar un poco, comenzaba a preparar todo el pescado que había traído, y como he dicho antes en lugar de frigoríficos, teníamos alacenas, donde los alimentos se conservaban frescos al menos un día, entonces nos decía, mirar y callaros, estad muy pendientes porque ya sabéis que este pescado es mágico, esperad que anochezca y veréis como todo el pescado se convierte en plata. Y allí nos tenías a todos los renacuajos callados sin dar ruido y con las narices pegadas al cristal de la alacena, diciéndonos unos a otros lo especial que era nuestra abuelita que era capaz de hacer que las sardinas se volviesen de plata, hasta que al oscurecer dentro de aquella cocina, se obraba el milagro y surgía la maravillosa magia, logrando que toda la alacena y parte de la cocina quedase completamente iluminada por el resplandor de las sardinas de plata.

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Por supuesto íbamos todos al colegio, y tan pulcramente arreglados que creo que éramos los únicos niños del colegio que no teníamos mocos ni cuando nos resfriábamos, el lema de mi abuela era “si tu madre no tiene más remedio que irse a trabajar a la calle para darte de comer, que nadie diga que no estás bien criada“. No recuerdo que ella me lavase nunca, siempre lo hacían mis tías, pero madre mía, como supervisaba, era imposible que creciese cerilla en unas orejas tan restregadas.

Son tantos los recuerdos, que sería imposible contarlos todos aquí hoy, pero qué nostalgia, que hermosura de recuerdos.

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Aquellos zapatos “Gorila”, a juego con esos inmaculados calcetines blancos, perfectamente lustrados y curtidos para que aguantasen todo el año, y pudiesen ser heredados por los siguientes hermanos o primos, después de todo traían una pelota de goma de regalo, que siempre terminaba cinchada en algún tejado… “era de goma buena”…

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Es curioso cómo mientras voy escribiendo , voy recordando más y más anécdotas, y vivencias con mi preciosa Cisca, y con esa enorme y maravillosa familia , que hoy día, sinceramente, siendo mujer casada, empresaria trabajadora, sin hijos, me parece el referente ideal de lo que debería de volver a ser esta sociedad, perdida en un estado de bienestar ficticio, en las tecnologías mal empleadas, que en lugar de mantener a la gente comunicada, los aísla, y en este empeño de pasarnos la vida corriendo, sin saber muy bien hacia dónde vamos.

Era oriunda de Cabra, tremendamente devota de la Virgen de la Sierra, quién obró un milagro por ella para que recuperase la vista, fabulosa costurera, espectacular cocinera, una increíble contable y administradora, portadora de la inteligencia, perspicacia y paciencia más admirable, y la mejor maestra y madre que se puede tener. Olé por ti mi querida Cisca.

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Mi siguiente recuerdo debe de ser en honor a mi abuela paterna de la cual llevo su nombre, Amalia Zamora Alcaide, nos dejó cuando mi padre tenía once años, en su memoria sus cuatro hijos han puesto su nombre a sus primeras hijas. Sumamos cuatro “Amalias“. A día de hoy, cuando nos reunimos y celebramos el día de nuestro santo, cosa que ocurre de tarde en tarde, por las circunstancias de tiempo y distancia, realmente es a ella a quién estamos homenajeando, aunque ninguna de nosotras llegara a conocerla, creo que siempre ha formado parte de nuestra vida, a través de los recuerdos de nuestros padres.

Durante toda mi vida he escuchado historias sobre ella, mi padre la adoraba, y me repite muy a menudo una anécdota, que imagino que a él le dejó huella, y a mí me demuestra el tipo de persona y madre que era. Estando mi padre de quinzada en un cortijo bastante alejado de su casa, parece que tuvo un desencuentro con uno de sus compañeros, un hombre mucho más mayor y curtido que él, y que seguramente por darle la mejor escuela de vida a mi padre, empezó a recriminarle que no había traído nada para echarle al picadillo,(en aquellos tiempos los hombres del campo, solían pasar largos periodos lejos de sus casas, aprovechando la época de las grandes cosechas, y tenían por costumbre aunar en un solo lebrillo, lo que cada uno de ellos traían, conformando así un gran picadillo del que todos comían, uno ponía un tomate, una patata cocida, el otro un huevo duro, el otro los aliños, el otro un poco de bacalao, cada miembro de la cuadrilla aportaba algo), mi padre con sólo once años, no tuvo aquello en cuenta, simplemente se le olvidó, y después de la bronca que le echó aquel hombre, sin decir nada a nadie cogió el camino y se volvió a su casa, para contarle a su madre tamaña injusticia.

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Por lo que me cuentan, mi abuela Amalia era muy firme y recta, dicen las malas lenguas que solo le hacían falta los pantalones para ser un hombre, (comentario que a mí, teniendo en cuenta los tiempos que le tocaron vivir, supone todo un orgullo), pero que al mismo tiempo era tremendamente amorosa con sus hijos, de modo que después de explicarle a mi padre que no debía de volver a huir de ningún sitio, y menos sin avisar, le explicó la verdadera intención que aquel hombre había tenido con él, y después de eso, se fue al corral y cogió una docena de huevos, fue a la cámara y llenó medio saco de patatas, y lo coció todo junto en una olla, para que aguantase lo más posible y cogió dos conejos, uno gris y otro morenito, y le dijo, y ahora toma esto y vuelve al cortijo, verás como ya nadie podrá decirte nada. Fue la última vez que mi padre vio a mi abuela con vida.

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También era oriunda de Cabra, y gran devota de la Virgen de la Sierra, cuentan las personas que la conocieron, que no hubo nadie nunca más generoso que mi abuela Amalia, nadie que pasara por su casa con alguna necesidad y tocase a su puerta se iba con las manos vacías.

Después de la guerra quedó sola con su madre y un hermano inválido, que murió poco tiempo después, su padre había muerto en el frente y su otro hermano jamás regresó, nadie supo nunca cual fue su verdadero final. Por aquél entonces por lo visto, no era correcto que dos mujeres viviesen solas, así que entre mi abuela Amalia y su madre, dispusieron que una prima suya recién casada, se fuese a vivir con ellas, para tener el amparo y la protección de un hombre.

Se casó con mi abuelo Ricardo ya mayor, al menos para aquella época, y tuvo cuatro hijos de los cuales mi padre fue el segundo, cuando ella se fue, a los cincuenta y cuatro años, de un cáncer de hígado, dejó a mi abuelo y a su madre al cargo de una chica de trece años, un niño de once, una niña de nueve y otro niño de seis.

Una de nuestras asignaturas pendientes con ella, es traerla del cementerio de Córdoba donde fue enterrada, sin conocimiento de ninguno de los suyos, (nadie pudo saber nunca muy bien porqué, aunque queremos imaginar que en aquellos tiempos las comunicaciones no eran lo que son hoy, y menos en las profundidades de una vereda), lo cierto es que murió sola y que cuando avisaron a mi abuelo, ya estaba enterrada, nunca supo el lugar exacto.

He pasado toda mi vida intentando recopilar información de todo el que la conoció, tengo innumerables papelitos y notas que he ido reuniendo al cabo de los años. Intentando siempre llenar un hueco de aquella relación que me ha faltado siempre, de más pequeña creía que mi padre también era hijo de mi cisca, hasta que poco a poco me di cuenta que aquello no era posible, pues entonces mis padres debían ser hermanos, entonces fue cuando entendí el enorme cariño y agradecimiento que mi padre sentía por sus suegros, pues con ellos había vuelto a recuperar una familia, ya que la primera había quedado destrozada mucho tiempo atrás por la falta de su pilar principal, mi abuela Amalia. Por desgracia apenas se conservan fotos de aquella época, tan sólo un par de ellas de mis abuelos y alguna otra de la casa en sus orígenes, de aquel tiempo ya sólo quedan las experiencias y los recuerdos que cada uno de ellos compartieron.

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Mi abuelo Ricardo quedó totalmente aislado del mundo, se dio a la bebida sin que prácticamente en ninguna ocasión estuviese realmente presente. Terminó de criar a sus cuatro hijos con la ayuda de su suegra, la abuela Concha, y sus queridas compañeras de cuatro patas, la burra Mariana, y la perrilla Paloma, que después de la jornada y el paso por el ventorrillo eran las únicas que sabían el camino de regreso a casa. Poco a poco cada uno fue buscando su futuro lejos de aquella casa donde tanto amor se había repartido y que a veces provocaba demasiado dolor recordar.
Este es parte de mi legado, cada una de las experiencias de nuestros antecesores también quedan grabadas de alguna manera en nuestro interior, algunos lo llaman memoria celular, y quizás un día sea interesante que hablemos de ello.

Gracias a todos los que dediquen un poco de su tiempo a preservar la memoria de dos grandes mujeres, que simplemente amaron a los suyos por encima de todo“.

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1 Comentario

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  1. emigrante

    5 Oct 2015 at 22:07

    Un relato precioso,cuánto debemos a nuestras abuelas…

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Hoy he descubierto el mundo por primera vez

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Hoy he descubierto el mundo por primera vez

“Hoy he descubierto el mundo por primera vez, he alzado el vuelo y rozado el cielo, solté las amarras, enjugué mis lágrimas, bauticé mi esencia y renací de nuevo. Exactamente hoy, ni ayer, ni mañana, he descubierto que es ser libre, y qué significa ser amada. Porque por fin descubrí que era yo la que no me amaba, que no se trataba de esperar, ni de temer por nada, se trataba de entregarse, y de compartir el alma”.

Muchas veces nos pasamos la vida esperando que el hombre o la mujer  ideal aparezcan, sin embargo cuando creemos haberlo encontrado, nos pasamos la vida intentando cambiar aquello que no nos gusta. No somos capaces de salir de nuestro egoísmo y nuestro miedo, nos sentimos poco menos que engañados y llenamos nuestra vida de frustración y sufrimiento, dejando recaer en el otro toda la responsabilidad de nuestra felicidad.

Somos nosotros los únicos responsables de esa elección, pues por miedo, dejamos pasar la felicidad ante nuestros ojos. No nos atrevemos a observarnos por dentro, a ser sinceros, a ser valientes para reconocer que llevamos mucho tiempo sin amarnos, pero sí exigimos un amor que no somos capaces de darnos a nosotros mismos, llegamos a ser así de cobardes.

Cuando nos atrevemos, cuando superamos los obstáculos de la mente, los miedos, las dudas, y “soltamos”, rozamos el cielo, pues el Universo mismo nos enseña el verdadero significado de amar y ser amado, y nos envía el regalo más hermoso, el reencuentro con la mitad de nuestra alma, nos completa, nos sincroniza de nuevo con el origen de nuestra esencia.

Entonces todo cobra el mayor de los sentidos, entonces todo se armoniza y la vibración de nuestro ser queda equilibrada para siempre. Ya no existe el tiempo, no existen conceptos, ni medidas, entonces y sólo entonces simplemente “SE ES”.

Cuando dos almas gemelas se reencuentran todo se vuelve claro, sereno, y sencillo; y a través de una sola mirada, pueden crear el mundo. Solo necesitan unir sus pechos en un abrazo y fundirse en un solo corazón. Pues en realidad, desde el principio de los tiempos siempre fueron “SOLO UNO”.

“Sólo el Amor os hará libres”

Hoy he descubierto el mundo por primera vez

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¿Sabes tú quién soy yo?

Tu realidad solo la cambias tú

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Si tomamos esta frase como cierta, tenemos una gran responsabilidad; y por lo visto pronto no podremos amparar ninguna duda al respecto, pues nuestros más refutados y expertos filósofos, investigadores, químicos y demás eruditos, están demostrando empíricamente, tras experimentos en laboratorios, con sus correspondientes fórmulas y controles de todo tipo que es exactamente así. Que realmente somos nosotros mismos los que creamos nuestra realidad.

Nuestra forma de percibir y observar altera y determina la acción y el estado de todo lo que nos rodea. Tenemos un enorme poder, una magnifica habilidad que nadie nos había contado hasta ahora, y que desde luego no teníamos ni idea de cómo usar. Más bien llevamos toda la vida empleándola en nuestra contra por lo que se ve.

Se ha experimentado con moléculas, partículas y átomos, hasta la más mínima expresión de la materia que conocemos, y se ha podido comprobar una y otra vez que los resultados siempre son afectados y alterados, el estado emocional, la intención, incluso la simple curiosidad del que realiza el experimento, “el observador”, determina los resultados del experimento.

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Esto en principio puede parecer un poco lío, pero eso sólo es porque no estamos acostumbrados a percibir nada más que a través de nuestros sentidos biológicos, además tampoco solemos dedicar mucho tiempo a observar, ni a observarnos. En el momento en que somos capaces de parar un poco el ritmo estridente y lleno de prisas que nosotros mismos nos hemos impuesto, no se sabe muy bien con qué propósito, nos damos cuenta fácilmente, de que existe otra manera de percibir más allá del cuerpo físico, de sentir, y de crear.

“Llegamos a la conclusión de que el observador y lo observado son parte de la misma realidad y que ésta solo existe en la medida en que nosotros, los observadores la creemos”.

Por supuesto esto conlleva una considerable cadena de concatenaciones y experiencias con otros seres humanos, para los que también tenemos responsabilidades, de las que posiblemente seguiremos hablando en otras ocasiones. Pero con demasiada frecuencia nos da demasiado miedo hacernos conscientes de que podemos cambiar nuestra realidad, pues eso necesita de un esfuerzo, de un trabajo interior, pero también de la necesidad de asumir responsabilidades, de tomar decisiones, y para eso se ve que aún estamos muy poco preparados.

Porque seguimos acurrucados en nuestro rinconcito del miedo, creyendo que allí al menos estamos seguros, que aunque ya sabemos que lo que nos rodea no nos gusta, de alguna manera lo controlamos porque lo conocemos. Y eso se mezcla con el apego y la idealización disfrazados de amor, que nos hace mantener relaciones perjudiciales, o que simplemente ya terminaron. Nos hace seguir viviendo situaciones que sólo nos aportan frustración e infelicidad, cuando en realidad es mucho más fácil de lo que nuestro miedo nos permite ver.

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Es esa estructura mental errónea que hemos ido cultivando a través de nuestra vida, la única que limita nuestra realidad, nuestra libertad, nuestra felicidad. Nadie, ni nosotros mismos hemos sido culpables de ello, nuestros sistemas de creencias, nuestras circunstancias como sociedad y cultura a través de los tiempos se han ido formando a través de los patrones que en cada momento les han ido sirviendo para sobrevivir, y eso no es malo, simplemente todos evolucionamos, y llega el momento en que lo que ha servido anteriormente, ya no nos sirve, pues hemos de seguir avanzando, y la única manera en que eso se puede llevar a cabo es desde dentro hacia fuera.

La responsabilidad aparece en el momento en que nos hacemos conscientes de la posibilidad que tenemos de cambiar la realidad, tanto la nuestra, como la del mundo que nos rodea, que podemos contribuir a crear un mundo más libre y justo, que somos capaces de dar amor de verdad, y vivir sin miedo, y hacerlo extensible a todo el que comparta la vida con nosotros en algún momento, esa es la realidad.

 

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La realidad que no queremos ver

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Abuso sexual infantil

Abuso sexual infantil

Dicen los grandes expertos es sociología que el abuso sexual infantil es tan antiguo como nuestra propia historia. Que desde nuestros mismos orígenes como especie han existido depredadores que han utilizado la fuerza y la seguridad de su posición social para dar rienda suelta a sus instintos más primarios. Y tristemente tenemos que reconocer que es absolutamente cierto, pero por lo visto aún no nos hemos avergonzado lo suficiente, pues muy lejos de haber erradicado totalmente esta mala costumbre en nuestra sociedad, seguimos consintiéndola, y en muchas más ocasiones de lo que nos gusta reconocer, seguimos mirando para otro lado.

Hemos creado leyes para proteger al menor, damos campañas anuales y continuadas de prevención, e incluso hemos asignado un día especial para conmemorar todo aquello que estamos haciendo por esos menores, pero seguimos permitiendo que los depredadores escapen a otras praderas para que sigan devorando a otras víctimas, pues lo que aún queda por cambiar son las leyes que castigan al verdugo.

Quiero dejar muy claro que ese verdugo depredador de víctimas inocentes NO es ningún enfermo, es sólo eso, un depredador al que sólo le importa satisfacer sus instintos, para lo cual no le importa en lo más mínimo el daño que pueda causar, la única empatía que guarda es para con él mismo y su propio instinto de supervivencia.

Como hemos dicho en otras ocasiones, existen distintos niveles de actuar desde el bien y desde el mal, y en este caso el depredador sexual está en el nivel más extremo de actuación del mal, y no siente ningún tipo de remordimiento por ello, de modo que su capacidad de reinserción y de que no vuelva a cometer otro abuso es inexistente.

También es importante dejar clara la diferencia entre pedófilo y pederasta, el primero aún no ha pasado a los hechos físicos, por el momento se ha contentado con la pornografía infantil, o la observación y vigilancia en secreto de algún menor, pero este es el primer paso, con un altísimo riesgo de llegar al segundo y definitivo paso, la agresión sucesiva a los menores.

Parece que nos da muchísimo miedo reconocer que nuestra sociedad no ha solucionado en absoluto este problema, pues una y otra vez, sectores muy concretos de nuestra sociedad, en lugar de dar la cara y reconocer que han acogido a estos depredadores entre sus filas, y con ello ayudarnos a todos a superar este gran problema social, prefieren ocultarlos, y cambiarlos de ubicación geográfica, creyendo que quizás con eso expían de alguna manera sus responsabilidades.

Mientras que no seamos capaces de perder el miedo a las consecuencias del reconocimiento de actos tan aberrantes para una sociedad supuestamente ética y moralmente evolucionada, seremos incapaces de llegar a esa evolución y seguiremos viviendo en el miedo continuo de los secretos a voces, de los no dichos, y de las frustraciones y las incomprensiones más profundas, que sólo pueden dar paso a toneladas y toneladas de más miedo.

Las estadísticas hablan por sí solas

Abuso sexual infantil

Seguimos en un tabú constante en ambas vertientes, una la de confesar ante la sociedad que hemos sido víctimas, la otra la de aceptar que individuos que muy frecuentemente son referentes para nuestra sociedad sean los depredadores más comunes.

Más de 200.000 niños desaparecen anualmente en Europa y nunca se vuelve a saber nada de ellos.

Un 25% de la totalidad de nuestros niños y adolescentes son violados.

El primer problema con el que nos encontramos es la falta de recursos adecuados para defender al menor, pues en muchas ocasiones es el menor quien tiene que cambiar por completo sus hábitos de vida y su entorno, pues el depredador o bien es miembro directo de su familia o forma parte de su entorno más cercano.

La prescripción de un delito como la pederastia es de veinte años desde que el menor supuestamente agredido cumple la mayoría de edad, que en España como todos sabemos se obtiene a los 18 años.

Y aunque cada día contamos con más medios, es tremendamente curioso, a la par que escalofriante, que un gran número nuestros jóvenes al ser encuestados, estén volviendo a justificar comportamientos como el maltrato y la violencia machista, el abuso sexual infantil, y conceptos arcaicos y sobradamente demostrados perniciosos para el individuo y la sociedad. Lo que no deja de dejarle a uno pensando, en dónde exactamente nos estaremos equivocando.

Abuso sexual infantil

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