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El desván de las historias

Senatus PopulusQue Romanus

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Batalla de Ilipa

El silencio no es la ausencia de sonidos, es algo mucho más profundo y completo. El silencio tiene su propio sonido, claro que lo tiene; una especie de sordo silbido que se instala en la cabeza invadiéndola a través de los oídos por más que los soldados veteranos se empeñen en cubrirse los orificios con pequeñas tiras de trapo o hasta con barro. Hay quien asegura que este silencio incluso puede olerse, pero tal afirmación es tan íntima de quien la asevera que nadie debería pronunciarse a su respecto. Lo que sí puede olerse es el miedo. Puede olerse en los ojos, en el sudor, en la rigidez de los músculos y en el rictus de cada rostro, en los bostezos desmedidos, en las miradas perdidas. Cada uno con su infierno a cuestas, el que ha sido su vida antes de la batalla o el que le aguarda al alma en caso de morir en la misma.

Poco antes de la batalla, hispanos y cartagineses campaban a sus anchas por toda la zona, pero poco tiempo después esos mismos aliados hispanos comenzaron a abandonar el ejército cartaginés. Hasta el mismo Asdrúbal Giscón se retiró primero de la batalla y luego de la península, consciente de no tener oportunidad de victoria en la guerra por Hispania, perseguido por Escipión hasta África. Ni siquiera la fama de Aníbal consiguió eclipsar la gloria con la que se cubrió Publio Cornelio Escipión, gloria que supo compartir repartiendo tierras en el valle del Betis entre sus veteranos no sólo de Ilipa Magna, sino de todas las batallas de la campaña por Hispania.

Batalla de Ilipa

La primavera es la mejor época del año para la batalla. Los hombres tienen una muerte mucho más cómoda sin los rigores del agua, la nieve o la tortura del sol abrasador. Aunque puede que resulte mucho más fácil morir bajo condiciones infrahumanas, después de todo. ¿Quién no querría abandonar la batalla, el dolor, el frío o el calor a cualquier precio aunque ese precio fuera la vida misma?

Suenan las trompetas que cantan las órdenes a mayor volumen del que son capaces de alcanzar las voces de los capitanes, pifian los caballos que huelen el miedo y presienten la muerte, algunos hombres lloran y otros hasta se orinan encima. Fuerza y honor. Y muerte, pues si bien la muerte en la batalla es posible, ésta se vuelve segura en el caso de negarse a entrar en combate.

Cartago aguardaba a Roma acampada junto a la antigua ciudad turdetana que luego sería Ilipa Magna, con todo el grueso de sus tropas peninsulares. Sesenta mil efectivos entre hombres, caballos, aliados africanos y mercenarios ibéricos, reunidos allí tras la derrota en Baécula. Magón había tratado de acabar con la batalla antes incluso de que ésta comenzara, atacando con la caballería ligera númida y la caballería pesada púnica a las huestes romanas mientras éstas instalaban su campamento. No sólo no salió como esperaba, sino que incluso sirvió de estímulo para las tropas romanas. Escipión, recordando las muertes de su padre y de su tío por culpa de confianzas y deslealtades, no confió nada al azar, y había dejado un grueso contingente de caballería oculto tras una colina que hizo huir a Magón. Esta fue la primera victoria, y puede que la más importante, pues sus cuarenta y cinco mil efectivos vieron henchida su moral y se sintieron capaces de vencer pese a su manifiesta inferioridad numérica.

Durante varios días ambos ejércitos se entregaron a pequeñas escaramuzas mientras sus generales estudiaban la disposición de batalla del enemigo. Esa fue la segunda victoria de Escipión, contrarrestando la formación tradicional planteada por Asdrúbal con la infantería en medio de la formación, libios al centro flanqueados por los hispanos, con los elefantes en las alas y tras ellos la caballería. Escipión lo planificó todo al detalle hasta el punto de dar de comer a sus hombres cuando aún no había amanecido, justo antes de formar la línea del frente, y lanzó un ataque señuelo de caballería ante el cual las tropas de Asdrúbal tuvieron que formar rápidamente para repelerlo, sin energías, sin haber comido, y sin opción a cambiar la formación de combate que Escipión tan a fondo había estudiado. Dispuso a sus aliados hispanos, poco fiables, frente a la tropa de élite formada por los libios de Cartago, en el centro de la formación, colocando al lado de los hispanos a dos legiones y a tropas aliadas latinas frente a los aliados hispanos de Asdrúbal. Con esto buscaba barrer rápidamente a los aliados hispanos de Cartago y envolver a los libios por los flancos mientras éstos luchaban con los hispanos aliados de Roma, quienes al mismo tiempo no tenían opción de abandonar el frente.

Avanzan los hombres, formaciones perfectas, compactas, cerradas. Hacen sonar sus armas, sus escudos y sus sandalias claveteadas a cada paso. Lo hacen para vencer el silencio que impera en sus cabezas, dominadas por ese silbido interior y por el fragor desbocado del miedo de sus corazones. Pero aun así avanzan, pues su única posibilidad de conservar la vida es precisamente exponerla en la batalla, en el altar de la gloria al dios del orgullo y la ambición humanas. El enemigo se acerca, puede verse en sus ojos el mismo miedo, puede olerse en el aire con la misma nitidez con la que puede oírse el silencio de sus oídos. El mismo miedo homicida que hará que hombres sencillos y nobles se conviertan en asesinos implacables, abocados al drama último de matar para seguir viviendo. Los nervios atenazan los movimientos, las extremidades se agotan, la vista se nubla y hasta puede mostrar pequeños puntos blancos inexistentes revoloteando por todas partes, y la boca se seca de forma imposible. Ya es tarde para nada que no sea combatir, es la única salida; o se entra pronto en combate, o bien los corazones se pararán dentro de los cuerpos por el miedo, los nervios y la ansiedad.

Por fin los gritos resuenan alrededor, las armas chocan con algo que no sea la propia armadura, los escudos sirven para algo más que para provocar calambres de cansancio en los brazos que los sostienen. El silencio sigue en los oídos, el miedo sigue en los corazones, pero el olfato se llena de un nuevo y fragante olor. Es el olor de la sangre, de la sangre ajena derramada, y puede que sea eso lo que la dota de su fragancia, el hecho de que sea ajena y no propia… de momento. Es una auténtica descarga, un latigazo físico y emocional que brota de cada alma y que agudiza todas las partes de cada cuerpo. El poder del miedo, el olor de la sangre. Cada cual se vuelve más fuerte, más rápido, más resistente, más ágil. El tiempo se detiene, puede verse todo con mucha más lentitud, se es más consciente de cada paso, de cada movimiento, de cada suspiro de dolor, de cada grito. El alma y la mente se dividen en dos mitades irreconciliables; las dos mitades que cada hombre tratará de reconciliar durante el resto de su vida, la mayoría de las veces sin éxito. Una de ellas contemplará horrorizada la muerte y el caos alrededor, repugnada ante la parte de responsabilidad propia. La otra gritará enardecida, vibrante, sedienta de más sangre, orgullosa y aliviada de permanecer aún intacta, y ansiosa por seguir devastando vida y salud ajenas sólo por el placer de hacerlo y de sentirse así más viva. Ya no hay necesidad de salvación, sólo existe la lucha, el deseo de seguir empuñando el arma mientras un soplo vital suministre la fuerza suficiente para poder hacerlo.

La sangre sigue oliendo en el aire, en el suelo, en los cuerpos mutilados y desmadejados del suelo. Pero también huele sobre la propia ropa, sobre la propia piel, y seguirá oliendo sobre la propia conciencia para siempre, aunque eso no importa durante la batalla. El arma llega a convertirse en una auténtica prolongación del cuerpo; puede sentirse con total nitidez cómo rasga la piel ajena, cómo hiere los músculos, cómo corta el hueso mientras el grito del enemigo herido retumba lejos, tras el silbido del silencio de los oídos. Mejor él, por supuesto, y la mayor preocupación es recuperar el arma y la posición antes de que otro enemigo venga a hacer con uno mismo lo que se acaba de hacer con aquel. Una parte, ésa parte, siente el daño que se acaba de infligir, la herida, la mutilación. Esa parte se pregunta qué será del enemigo, si es que llega a sobrevivir; se pregunta si podrá vivir mutilado, cómo será esa vida, y cómo era su vida anterior a la batalla. Pero la otra parte… La otra parte se relame de placer ante el triunfo propio, ése que ha permitido seguir entero y en pie mientras el enemigo se retuerce en el suelo entre gritos de miedo, dolor y rabia. Y esa parte salvaje y violenta es la que continúa al mando de las acciones del cuerpo, la que hace seguir adelante, la que busca un nuevo enemigo y se arroja contra él. Y de nuevo vuelve a sentirse el arma como una prolongación del cuerpo mientras la hoja penetra en la carne del otro, destruyendo sus órganos al mismo tiempo que su vida. El otro lo sabe, puede verse en sus ojos mientras devuelven una mirada sin odio, preguntando en silencio el porqué de su muerte. Y de nuevo una parte quisiera quedarse junto a él mientras cae, consolarlo mientras muere; una parte que se pregunta quién era, a qué se dedicaba, si tendría mujer e hijos, y qué sería de ellos en el futuro. Pero de nuevo también vuelve a vencer la otra parte, la que arranca el arma de su cuerpo, la que vuelve a la batalla como si nada en el mundo tuviera sentido fuera de ella, insensible al dolor y a la muerte de alrededor.

Mientras tanto, la caballería pesada y la infantería ligera atacan a los elefantes, que en su huida causan estragos en la caballería cartaginesa. La huida general no tardó en producirse, y aunque se reorganizan en las cercanías de su campamento, tienen que volver a huir en desbandada ayudados por una inesperada lluvia torrencial, para evitar ser masacrados totalmente. De repente, se es consciente de que la batalla ha terminado, y de que el azar ha hecho que se salga de ella vivo y entero. Es entonces, en ese momento y no en otro, cuando la parte civilizada recupera el control. Es cuando se recuerda a los amigos caídos al lado durante la batalla, cuando no se era consciente de que caían. Es entonces cuando se es consciente de haber pasado a cuchillo a innumerables enemigos heridos, indefensos, que murieron sin clemencia con una mirada suplicante en sus ojos. Es entonces cuando se descubren las heridas sangrantes del propio cuerpo, cuando se recuerdan con total nitidez el frío de la hoja al cortar, cuando se aprietan las mandíbulas al volver a sentir el acero doliendo en la carne, cuando se siente como si crecieran los dientes al rememorarlo. Es entonces cuando se descubre que se sobrevivirá a las heridas que la batalla ha dejado en el cuerpo, pero es también cuando se empieza a ser consciente de que nunca se sobrevivirá a las heridas que la batalla ha dejado en el alma…

Al día siguiente, Asdrúbal emprendió camino a África acompañado por Magón hasta Gades. El dominio de Cartago en Hispania había llegado a su fin, y los días de gloria de Roma en la península no habían hecho sino comenzar.

 

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El final de la eternidad

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Capitel de los evangelistas

La ciudad eterna se muere. Son muchas las causas, y muy prolongada en el tiempo la enfermedad que acabó con la civilización más esplendorosa de toda la historia en muchos aspectos. Esa misma historia fija el último suspiro de la capital en el año 476 de nuestra era, aunque en el mundo del arte, la muerte cerebral había llegado tiempo atrás. Son pocos los restos de los primeros siglos del cristianismo. La crisis económica y los enfrentamientos cívico-religiosos impidieron una mayor proliferación de obras artísticas. El caso de las idolatradas Justa y Rufina en Sevilla puede ilustrar a la perfección el ambiente de intolerancia y radicalidad existente, más allá del mito o de la fe. Asolada y desangrada por varios frentes, Roma acude a los visigodos del este de Europa para solicitar su ayuda frente a la rebelión de los suevos afincados en Hispania. De este modo, tras el fatídico año 476, los visigodos heredan la península, extendiendo sus fronteras hasta Burdeos, donde fueron rechazados por los francos para retirarse definitivamente tras los Pirineos.

Como ya sucedía desde los primeros días tras su muerte en la cruz, los seguidores de Jesús se empleaban a fondo en la muy poco cristiana tarea de matarse unos a otros por el poder terrenal con el motivo religioso como excusa. Los visigodos dieron varias y variadas muestras de ello, siendo el más visible el caso del rey Leovigildo, quien mandó ejecutar a su hijo Hermenegildo por haber abandonado el arrianismo para pasarse al catolicismo tras su encuentro con la gran figura de la época visigoda: Isidoro de Sevilla. Si se excusa el burdo ejemplo, el fútbol es un deporte donde juegan dos equipos y al final gana Alemania. En historia, la religión es una guerra donde luchan dos verdades, y al final gana el catolicismo. Finalmente, Recaredo sucede en el trono a su hermano Leovigildo, oficializando el catolicismo como religión del reino en el año 689.

Desde la instauración del cristianismo como religión oficial del imperio, los primeros cristianos abandonaron las catacumbas y adoptaron la estructura de las basílicas romanas para sus ritos religiosos de la incipiente iglesia. Eso mismo ocurrió en la Bética, donde desde finales del siglo IV e inicios del V, comenzaron a levantarse estos edificios. Ejemplos ilustrativos pueden ser los restos de la basílica de Vega del Mar, en San Pedro de Alcántara (Málaga), y los de Gerena y el Patio de Banderas de los Reales Alcázares (ambos casos en Sevilla). Entrada ya la etapa visigoda, los restos arquitectónicos desaparecen, conservándose sólo un puñado de piezas como pueden ser altares, capiteles, etc. La mayoría de ellos provienen de Córdoba, debido a que los musulmanes reutilizaron los restos de la basílica de San Vicente en la construcción de su mezquita-aljama. En Sevilla hay también algunos ejemplos de capiteles visigodos reutilizados por el mundo musulmán en la Giralda y en los Jardines de Murillo.

Más importancia tienen en esta época los sarcófagos, derivados de la costumbre de inhumar a los muertos ya presente en el mundo romano. Al final del imperio, en época cristiana, la costumbre se mantiene, cambiando únicamente la temática figurativa exterior, para adaptar las figuras clásicas a la nueva fe. Son los casos de Carteia (San Roque, Cádiz) y el Prado de San Sebastián (Sevilla). También han llegado ejemplos de sarcófagos con temática puramente cristiana, como los de Berja (Almería), Córdoba, Martos (Jaén) y Écija (Sevilla).

La escultura del momento tiene poco que ver con el pasado esplendor del mundo romano. Del mundo paleocristiano sólo se conservan tres en toda Andalucía, representando el tema del Buen Pastor. Son los casos de la escultura de la Casa de Pilatos (Sevilla) y los dos ejemplos conservados en Almería. Lo más destacado del momento visigodo es el Capitel de los Evangelistas, conservado en Córdoba.

El ejemplo más brillante del mundo visigodo lo encontramos en una de las llamadas artes suntuarias. No es otro que el Tesoro de Torredonjimeno, aparecido en un removimiento de tierras. En un primer momento fue entregado a unos niños para que jugasen con él, creyendo que era falso. En la actualidad se haya repartido por varios museos. Se trata de un tesoro litúrgico que posiblemente adornara el altar de alguna iglesia.

Con la llegada del mundo islámico, muchas de las obras desaparecen, debido por la costumbre de los nuevos amos de reutilizar todo lo que encuentran a su paso -justo es decir que no son los primeros de la historia en hacerlo-. Se abrirá así un período de esplendor artístico que, con altos y bajos propios de su longevidad, se extendería durante ocho siglos.

 

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La sinuosidad del gusano

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Mosaico romano

Cuando los soldados de la república pusieron el pie en Grecia y Asia Menor, allá por el siglo II antes de nuestra era, el mosaico era ya común en el mundo griego. Como tantas otras realidades, pasó con facilidad a formar parte del ecléctico mundo romano. Si es justo comenzar con esta realidad, es igualmente justo decir que fue a partir de esa “romanización” del mosaico cuando comenzó un auténtico género artístico-industrial, del que acabaron por convertirse en inigualables especialistas. El gusto por la musivaria se extendió de tal forma que puede decirse con escaso temor a equivocarse que no hubo casa o villa donde no hubiera mosaicos de distintos tipos.

En el mundo romano se distinguían entre la obra de musivum -mosaico- y la de lithostrotum -literalmente “pavimento de piedra” en sentido general-. Se daba a la obra este nombre de lithostrotum cuando el material consistía en piedras naturales de formación volcánica y mármoles de diferentes colores. Los bloques para la construcción eran poligonales. En cambio, el musivum, la musivaria, aludía a pequeñas construcciones realizadas con argamasa y pequeñas piezas de distinto tamaño y color, llamadas teselas, de las que toma el nombre la especialidad –opus tessellatum-. La labor era realizada por auténticos artistas, quienes disponían las piezas sobre superficie aplanada y nivelada, distribuyéndolas por color y  forma hasta alcanzar el aspecto deseado, y aglomerándolas con una masa de cemento. Los mosaicos acabaron por convertirse en un imprescindible elemento decorativo para los espacios arquitectónicos, e incluso posteriormente, ha en época bizantina, el arte del mosaico se unió con la tradición oriental y dio lugar a una evolución que se distinguió sobre todo por el uso muy generalizado de grandes cantidades de oro.

Contrariamente a lo que pueda parecer en nuestros días, el arte del mosaico empezó a desarrollarse en sus inicios sobre todo para decorar los techos o las paredes; pocas veces para los suelos, debido al miedo que se tenía de que no ofreciera suficiente resistencia a las pisadas. Cuando este arte llegó a la perfección, acabó por llegarse al convencimiento de la posibilidad de ser pisado sin riesgo, y fue entonces cuando comenzó la moda de hacer pavimentos de lujo. Salvando las distancias, como pavimentos podían ser considerados de la misma forma en que una alfombra de alta calidad pudiera serlo en los tiempos modernos.

Para fabricar un pavimento hecho de mosaico seguían una serie de pasos que con el tiempo se fueron perfeccionando. El lugar de fabricación era un taller especial. Allí lo primero que se hacía era diseñar el cuadro y este trabajo tomaba el nombre de emblema. Después de haber diseñado el cuadro se hacía una división de acuerdo con el colorido, y se sacaba a continuación una plantilla en papiro o en tela de cada una de esas parcelas divididas. Sobre dicha plantilla se iban colocando las teselas siguiendo el modelo escogido con anterioridad. Las teselas se colocaban invertidas, es decir la cara buena que luego se vería tenía que estar pegada a la plantilla. Cuando este trabajo estaba terminado, los expertos lo transportaban al lugar para que el artista concluyera allí su obra.

Antes de colocar las teselas había que preparar bien el suelo para recibirlas. Esta era una labor muy importante que requería experiencia y habilidad. En primer lugar se allanaba hasta conseguir que fuera horizontal pero con una inclinación suave y calculada que facilitase el deslizamiento del agua hacia los sumideros. El suelo tenía que ser firme y estable pues una leve rotura de una sola tesela podía conducir a la degradación de toda la obra. El firme para recibir finalmente las teselas estaba así ordenado de abajo a arriba: suelo natural acondicionado, mortero mezclado con polvo de teja y carbones, polvo de teja, capa de mortero, y finalmente las teselas del mosaico

El arte de la musivaria presenta cuatro especialidades diferentes, dependiendo del tamaño de las teselas, de los dibujos y del lugar de destino del mosaico. En primer lugar podemos hablar del Opus Vermiculatum, de origen egipcio, elaborado con unas piedras muy pequeñitas con las que el artista podía dibujar con bastante facilidad objetos que pudieran requerir más precisión; debe su nombre a que las líneas del dibujo recordaban las sinuosidades del gusano. A continuación podemos encontrar el Opus Musivum, que se hacía principalmente para la decoración de los muros. Este término empezó a emplearse a finales del siglo III. El Opus Sectile está formado por piedras más grandes y de diferentes tamaños; principalmente placas de mármol de diversos colores para componer las figuras geométricas, de animales o humanas. Finalmente podemos citar el Opus Signinum como una variante más, cuyo nombre proviene de Signia; en este lugar había fábricas de tejas y en ellas se obtenía con los desechos un polvo coloreado que al mezclarlo con la cal daba un cemento rojizo muy duro e impermeable.

A modo de corolario, puede afirmarse que en la actualidad es considerado como una pintura hecha de piedra, una disciplina artística más, que vive de la pintura en cuanto a temas se refiere, pues la temática de un mosaico no tiene identidad propia, es la misma que puede encontrarse en la pintura. La diferencia radica principalmente en la perspectiva, más falsa y forzada en la musivaria que en la pintura.

Hay excelentes muestras de mosaicos en los yacimientos del Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba, en Cástulo (cerca de Linares), Ciavieja (Almería), Los Mondragones (Granada) Bobadilla y Rio Verde (ambos en la provincia de Málaga), Niebla (Huelva), Monasterio de Santa María, Puerto Real y  Puente Melchor (los tres en la provincia de Cádiz), y en Ecija, Casariche y Alcalá del Río (en la provincia de Sevilla), junto a los más conocidos hallados en Itálica.

 

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La diosa del cielo

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Itálica

Uno de los secretos del éxito de la cultura romana, quizá el más relevante y el que la hizo prevalecer sobre otras culturas de su tiempo, y prolongarse durante más de siete siglos, no tuvo nada que ver con el poderío militar. En efecto, y aun aceptando que su concepto de ejército y de tácticas de guerra les daba una importante ventaja inicial, lo que hizo prevalecer al mundo romano no fue la fuerza de la conquista por las armas, sino la capacidad de aportar y de absorber elementos culturales; esto es, el intercambio mutuo con los pueblos que dominaba.

Por supuesto, la influencia de la cultura griega fue la más importante fuente de la que bebieron los artistas romanos, principalmente los escultores. Para ello basta con echar un vistazo a la escultura neo ática, de la que no mencionaremos más, por ser materia ajena a la intención de este desván de las historias. Roma conquistó Grecia… pero no sólo hizo eso. Participó del mundo griego, e hizo a su vez que los griegos participaran del mundo romano. Esta pauta se extendió por el tiempo y por los territorios, y hay multitud de asentamientos fuera del Lacio que alcanzaron el grado de colonia, así como la ciudadanía romana para sus habitantes; proceso culminado con el Edicto de Caracalla en el año 212 de nuestra era.

Por centrar la cuestión, no es de extrañar que ello acabara ocurriendo también en Hispania, una de las más importantes provincias del imperio –tres emperadores nacieron en ella-, y más concretamente en la Bética, donde vieron la luz Trajano y Adriano. Por usar una expresión contemporánea, la metodología romana era bastante clara. Conquista militar, asentamientos en el territorio, construcción de infraestructuras, desarrollo urbanístico, introducción de instituciones, administraciones, idioma y costumbres… y asimilación de elementos autóctonos, de forma que la población nativa acabara identificándose con patrones romanos, adaptados a su vez de patrones locales.

En la Bética hay varias e importantes ciudades diseminadas por todo el territorio. Debido a su estado de conservación y a la importancia de sus hallazgos, Itálica es quizá donde mejor pueden apreciarse muchos de los elementos característicos de la cultura romana en general, y de los relacionados con el mundo del arte en particular. Las tres artes plásticas por excelencia –arquitectura, escultura y pintura- pueden estudiarse con profundidad en esta cuna de emperadores, si bien es cierto que al igual que ocurre en casi todo el mundo romano, la pintura es inexistente, teniendo que acudir a la musivaria.

La arquitectura romana puede apreciarse en gran medida en la ciudad, así como el urbanismo. La perfecta disposición en cardos y decumenos, la orientación de las villas -estructuras y tipologías-, las aceras porticadas, los edificios públicos -termas, templos y exedra-, y las obras más emblemáticas -teatro y anfiteatro-, donde además de los cimientos, pueden verse el alzado de los edificios -en las viviendas sólo se conservan las plantas-. Sillares de piedra, ladrillo, arco, bóveda, y el magnífico invento romano, verdadera argamasa de su arquitectura: el opus caementicium, mezcla de cal, piedra y agua, el primer ejemplo de “hormigón armado”. La red urbanística inferior consistía en un complejo sistema de cloacas que complementaba y completaba la gran instalación de la superficie, que suministraba agua potable proveniente de diversos acueductos, almacenada en varios depósitos por toda la ciudad.

La escultura también está ampliamente representada, y cuenta con numerosos ejemplos de las distintas épocas y tipologías. En ellas puede apreciarse el gusto por la representación naturalista, heredado de la tradición griega, más allá del realismo o el idealismo de la moda imperante en cada momento. Hallamos muestras de retratos privados, de esculturas funerarias o religiosas, estatuas imperiales y divinas en todas las vertientes posibles… Las estatuas de Venus, Diana,  Hermes, y Trajano divinizado son bellas muestras de esculturas de cuerpo entero.  Los bustos de la diosa Fortuna, Adriano e incluso Alejandro Magno, son ejemplos destacables de esta tipología.

En cuanto a la musivaria, es también destacable la calidad de muchos de los mosaicos recuperados en Itálica, que pueden disfrutarse en su ubicación original. Es posible contemplar ejemplos de opus tessellatum, opus sectile y opus vermiculatum, según la forma, el tamaño y la disposición de las teselas empleadas en la elaboración. Son numerosos los ejemplos de mosaicos inigualables, como los del Rapto de Hylas, el del Planetario, o el de la Casa de los Pájaros.

Por último, no conviene olvidar una de las principales muestras de la asimilación mutua existente entre el mundo romano y los pequeños submundos que se incorporaban al imperio. La asimilación mutua de divinidades y costumbres puede contemplarse a través de las lápidas votivas dedicadas por individuos a aquellas deidades que les favorecieron en cualquier empresa que lo necesitaran. Itálica cuenta con una curiosa muestra en la que Cayo Sentio agradece su protección a la ancestral Dea Caelestis local, asimilada a la Némesis romana, por medio de una placa hallada en el nemesium del propio anfiteatro. Un esclavo liberto local agradeciendo algo a una diosa local asimilada a una diosa romana, en un lugar de culto propiamente romano como es un templo de la misma diosa, dentro de uno de los símbolos romanos por excelencia, como es el anfiteatro. Demos gracias a la Diosa del Cielo.

 

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