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‘La despoblación del mundo rural’, por Luciano Cabrera Gil

“Periódicamente y al calor, o no, de resultados estadísticos y demográficos nos encontramos con…”. Un nuevo artículo de opinión de Luciano Cabrera Gil.

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Luciano Cabrera Gil

Periódicamente y al calor, o no, de resultados estadísticos y demográficos nos encontramos con las noticias, artículos o editoriales referidas al mal denominado “fenómeno” de la despoblación del mundo rural, sin alcanzar a evaluar que dicha proclama no constituye ningún bálsamo en sí mismo para dar respuesta o freno a una situación compleja que afecta al mundo rural de muchas latitudes del planeta. No deben ser fácil, además de complejas, las alternativas que pudieran plantearse.

Se van alineando razones y argumentos coincidentes, cuales son que  el índice de natalidad en las zonas con mejores condiciones de vida decrece, que las ciudades medias y grandes  resultan ser más atractivas para todas las personas, especialmente para los jóvenes, bien sea por las oportunidades de todo orden que ofrecen, o bien porque las mismas no se ofrecen fácilmente  en el mundo rural, en los pequeños municipios, además de la difícil adaptación que  soportamos a nuevas formas de vida de las personas, de las familias, y de los movimientos de las personas de unos territorios a otros en busca de unas mejores condiciones de vida para sí o para sus familias. La búsqueda de rentabilidad lucrativa incluso en los servicios públicos favorece negativamente su prestación o eliminación, conllevando pérdida de oportunidades, de empleo, y de actividad económica. La aparición de nuevas fórmulas de comercio, sean medianas o grandes superficies, sea electrónico. La oferta de productos procedentes de otras latitudes en ventaja de costes, extremo que contribuye a la disminución económica de producción y comercialización de distinto tenor, siempre en detrimento del sector más vulnerable, el negocio del pequeño productor o comerciante. Los déficits en infraestructuras y comunicaciones, muchas veces, frente a otros espacios más competitivos en zonas de desarrollo.

Todo lo anterior, junto con otros planteamientos, se convierte en terreno abonado para que el declive del mundo rural vaya tomando tintes que han de pasar de la preocupación a la ocupación en dicha tarea, de forma inmediata, al igual que con el cambio climático. No debemos permanecer como meros espectadores de la despoblación de nuestros pueblos, ni conformarnos con conocer si el municipio que habitamos tiene mayor o menor porcentaje de pérdida de población frente al resto. Pues sea cual fuere, en cualquier Comarca es un asunto que hemos de sentir todos como propio. No puede ser motivo de complacencia asistir  impasibles a la cruda realidad que obliga a ver tantas casas vacías, tantas calles con pocos vecinos, tantas personas y familias con futuro más que incierto, colegios con menos alumnos cada año.  Es un asunto de todos y no puede valer el “sálvese quien pueda”.

Dispone el mundo rural, como cada uno de sus pueblos, de servicios públicos básicos suficientes para vivir en condiciones dignas, si bien empieza a haber menos disposición de lo que es más básico aún, las personas que hagan uso de esos servicios.

Hay que descartar intervenciones de ayudas económicas puntuales procedentes del Estado o Comunidades Autónomas, por cuanto acaban constituyendo intervenciones puntuales que se convierten en problemas estructurales, y si establecer un marco temporal a medio y largo plazo, con herramientas que permitan evaluar el alcance y resultados del gasto o esfuerzo realizado. En una sociedad viva, cambiante y hasta imprevisible los nuevos métodos pueden quedar desfasados en breve tiempo. Programar, de forma consensuada con el mundo rural, con cautela, al tiempo que con ambición, podría ayudar a encontrar el objetivo fijado.

Los Poderes Legislativo, Ejecutivo y Judicial no se han protegido suficientemente, hasta el punto  de que con el paso de los años el “ poder de los medios de comunicación” ha marcado demasiadas y erróneas directrices, influyendo en exceso sobre los Poderes establecidos; si bien, ha sido ,y pretenderá serlo en lo sucesivo, el “Poder Económico” el mayor causante de  tanta distorsión, de tanta desviación, por su apetito insaciable de hacer más y más rentable su capital, a costa de eliminar servicios públicos básicos, pasando por encima de  cualquier  premisa, si bien con la permisiva regulación legal que lo ha ido favoreciendo. En suma muchos “poderes”, y menos “quereres” en la cuestión de la economía equilibrada entre territorios y personas.

Partiendo de lo anterior, siempre he apostado por valorar los estudios, los análisis y las reflexiones de todo origen, aunque me he inclinado por dar el paso a las propuestas, a las acciones de menor o mayor entidad, a actuar como mejor método de cambiar desde el momento actual lo posible para que el día después sea mejor, y que un futuro más armónico sea posible. La crudeza de la despoblación radica en ese comportamiento, respetable, de declaraciones que no van más allá de su expresión, si bien hay que darle su justo valor. Basta consultar cualquier noticia para ver índices o porcentajes, incluso palabras de testigos del mundo rural, aunque pocas o ningunas veces se aporten propuestas o soluciones, para hacer de la despoblación y la debilidad que representa, una fortaleza que nos permita recuperar o mantener población, con todo lo que ello significa.

En esa línea entiendo que no se ha de tener miedo a valorar la incorporación de personas procedentes de otros territorios, sean inmigrantes o refugiados, sean de una u otra raza, siempre procurando la regulación e incorporación en términos y cuantías razonadas, y que existan posibilidades de integración en todos los sentidos. No será suficiente con bajadas de impuestos o practicar políticas de repoblación si no son sostenibles. No siempre serán exitosas las experiencias importadas, pues cada municipio tiene sus particularidades. Tal vez la oferta medida y ordenada, valorando los aspectos económicos, sociales y la demanda de empleo y desarrollo o recuperación en determinados sectores, contribuya en alguna medida a ese freno a la despoblación. También el mayor nivel de actividad en sectores como el turismo rural, el agroturismo, el sector artesanal, las nuevas oportunidades de las tecnologías, industria principal y auxiliar derivada del sector agroganadero. Incluso ejercer presión sobre las empresas medias o grandes para aplicar esfuerzos en el ejercicio de su responsabilidad social frente al ámbito territorial que les fortalece día a día.  Acaso no se deba obviar que el más ambicioso, calculado, aprovechamiento de cada uno de los recursos autóctonos de cada territorio sea parte del motor que haría posible, además de un mayor desarrollo, un vehículo para dar respuesta a las aspiraciones de las personas de los pequeños municipios. Así como a las Comarcas que conforman, haciendo posible la recuperación de población, al tiempo que se haría lo verdaderamente interesante, que, a mi juicio, es que quienes quieran y puedan vivir en los pequeños municipios tengan oportunidades y condiciones ciertas para hacerlo, y puedan sentir satisfacción por ello. Con ilusiones, ambiciones, y acciones acertadas conquistaremos un futuro mejor para las personas y los municipios.

Luciano Cabrera Gil

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‘La moral de las naranjas’, por Juan Ferrero

“Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende”

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Naranjo, naranja

El pueblo es pequeño, pero tiene una plaza cuadrangular, amplia, rodeada en su interior por alegres naranjos, así como en todas las calles que a ella afluyen. Anualmente, el Ayuntamiento recolecta la dulce fruta y las invierte en algún objetivo municipal. Esta temporada, tras un referendo entre sus vecinos, se ha acordado por unanimidad, y así se ha recogido en un decreto de la Alcaldía, que el dinero conseguido con la venta de las naranjas irá a amortizar todo o parte de la colocación en el centro de la plaza de una fuente que la embellezca aún más.

El decreto se toma como ley y quien la incumpla será multado.

El hombre que atiende el quiosco de la plaza es persona honrada, de principios cívicos, y ve acertado el proyecto al que los vecinos se han comprometido.

Mas pasando el tiempo, observa que algunos vecinos, incumpliendo el compromiso contraído, van cogiendo naranjas para su beneficio particular.

La cogida de naranjas, poco a poco se va haciendo generalizada.

El hombre del quiosco comprueba, primero sorprendido y después indignado, cómo las naranjas van desapareciendo sin que ninguna autoridad haga algo para evitarlo. Es cierto que la policía municipal ha tomado algunos nombres para justificarse y enviado las correspondientes denuncias; pero luego el Alcalde no las tramita ni les da curso, porque cada vecino multado supondría la pérdida de votos de una familia en las próximas elecciones locales.

El quiosquero, sentado en el interior de su habitáculo, mira a la plaza y reflexiona:

Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende de las circunstancias y las circunstancias son que de forma democrática y por unanimidad los vecinos se comprometieron a no coger naranjas para provecho propio y particular. El Alcalde este acuerdo lo hizo ley y la ley es necesario cumplirla y quien así no lo haga deberá recibir una sanción por el perjuicio producido a la colectividad.

Pero si los vecinos se sirven naranjas cada cual a su aire y el Alcalde no vigila ni sanciona, ¿cómo proceder?

Él es un hombre cumplidor de los acuerdos, que respeta la ley; una persona honrada, y aunque todos obren de modo contrario, tiene que mantenerse fiel a sus principios.

Sin embargo, por otra parte, ¿a quién perjudicaría si él también tomara algunas de las pocas naranjas que aún quedan…?

Pero no.

El quiosquero se entristece al constatar una vez más que en nuestra sociedad las personas decentes siempre salen perdiendo y los que no respetan nada y actúan saltándose las leyes y actuando de modo egoísta en beneficio propio con perjuicio para los demás, son lo que, a la larga, suelen quedar beneficiados.

Y ocurrió que el hombre del quiosco, honrado y cumplidor de las leyes democráticas se quedó sin naranjas y el pueblo se quedó sin fuente en la plaza.

Juan Ferrero

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‘Suben las gasolineras y baja el servicio’, por Juan Ferrero

“Los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente”

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'Suben las gasolineras y baja el servicio', por Juan Ferrero

A veces, puede comprobarse lo fácil que le resulta a las clases dominantes conducir a la masa popular sin que esta proteste lo más mínimo.

Estamos quejándonos constantemente de la carestía de la vida por todas partes y luego llegamos a la gasolinera y le decimos a los empleados que sirven en los surtidores que se quiten de allí y se vayan al paro, que ese trabajo lo vamos a realizar nosotros de modo gratuito.

El asalariado, al que le habrán exigido al menos un cursillo o jornadas para que lleve en cuenta las más elementales normas a la hora de manipular sustancias inflamables y, por lo tanto, peligrosas, se marchará a engrosar la lista del paro, mientras nosotros nos bajamos del vehículo y, “generosamente”, tomamos el surtidor sin tener en cuenta los perjuicios que eso puede acarrearnos. Unas manchas en la indumentaria, por ejemplo, inutilizarían nuestras prendas de vestir. ¿Y quién pagaría eso?  En ocasiones, ni el dinero solucionaría el problema, como el caso en que las circunstancias y el tiempo, en pleno viaje, no permitiera el cambio de indumentaria; por no citar descuidos propios o con elementos y personas de acompañamiento o ajenas que se hallen junto a los mismos surtidores.

Resumiendo: los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente. Porque, que nos conste, ni sindicatos, ni partidos, ni Ministerio de Consumo, ni el público en general dicen o hacen algo al respecto.

En  la vida cotidiana pueden darse abusos frente a los cuales poco puede hacer el individuo solo. Pero no es este el caso porque, por fortuna, aún existen gasolineras atendidas por sus empleados, y yo, mientras  sea posible, únicamente acudiré a estas (subrayo lo de “sea posible” ya que tampoco es caso de quedarse en la carretera sin carburante por no pararse en la gasolinera de autoservicio). Pero una cosa no quita la otra; todo es cuestión de prever y calcular.

Juan Ferrero

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‘Nuevos bandoleros de caminos’, por Juan Ferrero

“Los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino”. Juan Ferrero nos da su opinión

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camino

La palabra bandolero la relacionamos enseguida con otras como camino y diligencia, asociadas a la época romántica del siglo XVIII y XIX.

Modernamente han aparecido otro tipo de bandoleros de caminos, pero en estos se da un aspecto nuevo. Los bandoleros antiguos iban a un camino y se quedaban con lo que pasaba por él; pero los nuevos bandoleros no, los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino. Y otra diferencia: los gobernantes de la época mandaban perseguir a los bandoleros, pero a los nuevos bandoleros no los persigue nadie.

Ya, cuando los propietarios de fincas construyeron los típicos cercados de piedra, muchos de ellos no respetaron las anchuras que por ley correspondía a los distintos tipos de caminos públicos, quedando estos mermados en su viabilidad.

Desde hace algunas décadas, ha surgido un ansia generalizada, por parte de ciertos propietarios, de cortar y apoderarse de todo camino público colindante con sus fincas; o también, de juntar con su terreno cualquier ensanche o abrevadero de camino. Los hay que sin ser propietarios, se adueñan e instalan con descaro en aquellos espacios sobrantes después de que Obras Públicas rectifique un camino o carretera.

En general, ni los gobernantes de turno en el Estado, en las Comunidades, Diputaciones o Ayuntamientos toman iniciativa alguna para hacer que los nuevos bandoleros devuelvan lo robado. Es más, en ocasiones, cuando algún grupo de ciudadanos se ha presentado en uno de estos caminos a reivindicar su apertura, con la cartografía oficial correspondiente que certificaba su *titularidad pública, alguien ha echado a los agentes de la Guardia Civil sobre ellos, pidiendo carnet y exigiendo su disolución. (Y lo que escribo lo he vivido directamente junto con otras personas).

Como excepción, algún municipio ha firmado convenio con la Junta  para catalogar sus caminos municipales, pero sólo conozco un pueblo en la comarca (Cardeña) donde su alcaldesa, Cati Barragán, obligó a los propietarios a abrir y devolver aquellos caminos públicos que habían cortado.

Pero en fin, no nos escandalicemos. Si es verdad lo que mantienen las nuevas corriente, es decir, que lo moralmente bueno es aquello que así lo decide la mayoría, robar un camino o parte de él no es inmoral, porque la mayoría de la población no protesta, se calla; y ya se sabe que quien calla otorga.

Así pues, por decisión de esa mayoría de ciudadanos, robar un camino es una acción buena, correcta desde el punto de vista de la moral. De este modo, se comprende la postura o actitud de los gobernantes ante los nuevos bandoleros de caminos.

Lo que ocurre es que esta actitud de los gobernantes no encaja con las declaraciones que luego se hacen, prometiendo trabajar por la promoción del turismo rural y contra la España vaciada.

Juan Ferrero

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