El lince ibérico (Lynx pardinus) es una especie única que solo habita en partes muy concretas de la Península ibérica. Actualmente se reconocen dos poblaciones estables que nada tienen que ver una con la otra; una se encuentra en el P.N. de Doñana y, la otra en el P.N. Sierra de Andújar-Cardeña o lo que es lo mismo parte de Sierra Morena.

Nuestro lince, el que debería ser parte de un emblema nacional en algún escudo o bandera patria, lleva desde hace mucho tiempo siendo protegido de la inminente extinción en la que se encontraba al ser un animal considerado alimaña como el zorro, que formaba parte de las especies cinegéticas como el ciervo y el jabalí, y que tanto las administraciones públicas como los cotos privados de caza y fincas ganaderas despreciaban como al lobo ibérico, el cual fue retrocediendo hasta ya no ser visto por debajo de Despeñaperros. Para lo cual se crea el Programa de conservación  exsitu del lince ibérico en el que participan el Gobierno de España, La Junta de Andalucía, el Instituto de Conservaçao da Natureza e das Forestas, el Gobierno de Extremadura y  Castilla La Mancha en el que han conseguido en 2017 sacar adelante a 37 cachorros criados en cautividad; a los que se suma otro sacado del campo.

El objetivo de la protección del lince ibérico es formar nuevas poblaciones y sacarlas de Andalucía; de esta forma se sueltan ejemplares en Castilla La Mancha y se crean nuevos centros de cría en Extremadura y Portugal para empezar a reintroducirlos por zonas donde habían sido extinguidos. Mucho esfuerzo de dinero público y de personal muy cualificado que algunos consideran un atentado contra la especie humana y hasta blasfemia.

Según la información que nos dan en la página web del proyecto www.lynxexsitu.es, los ejemplares que han sido criados en cautividad y son soltados en la naturaleza tienen menor esperanza de vida que los nacidos en el campo. No deja de ser una incongruencia que se haya pedido colaboración a las Federaciones de Caza, las cuales solo informan a sus socios de la prohibición de cazar linces, haciendo luego el paripé en las exposiciones de Intercaza y otras llevando el emblema de protectores de la especie, cuando los últimos linces aparecidos muertos procedentes de la cría en cautividad llevan el sello de los cazadores: muertos a perdigonadas.

Los técnicos, veterinarios, biólogos, administraciones públicas que confían en los cazadores deberían revisar la forma de ayuda que estos prestan al proyecto y dejar de someterse a las presiones de un lobby, ya sea por dinero o por otro tipo de prebendas, para que se endurezcan las sanciones a los cotos y a sus responsables;  así como a los dirigentes de las federaciones incapaces de poner freno a las conductas extraviadas de los que forman parte de su colectivos de ocio. Esto es una cuestión de interés general, es una cuestión de Estado y de Derecho Legal, en la que la Sociedad civil debe sentir repulsa y repugnancia y las Administraciones Públicas parar con contundencia.

Rafael A. Luna Murillo, veterinario, etólogo y simpatizante de EQUO