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‘Confinamiento: Yoismo’, por un confinado

Un artículo de opinión de un confinado sobre el yoismo en estos días de confinamiento.

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Llevo varios días pensando en llevar un diario del confinamiento, por aquello de que tengo memoria de pez y no deberíamos olvidar lo que en estos días acontece. Pero siempre desecho la idea.

Leo por todos lados a otras personas, más duchas que yo en este arte de escribir. Pero hoy ya no he podido aguantar más. Y todo es por culpa del yoísmo.

No voy a ponerme a explicar lo que es, todos lo sabemos, el yo, yo, yo… y solo yo, sin mirar a nuestro alrededor. Pues ahora ese yoismo está mutando, como el mal virus que nos visita. Desgraciadamente no es para bien este cambio de yoismo. Hemos pasado del “y tú más” como insulto al “y yo más”, igualmente como insulto.

Se pueden leer por ahí muchos ejemplos, sobre todo en redes sociales, que cada vez visito menos.

“Yo he hecho cien mascarillas al día”, ¿cuántas has hecho tú?

“He fabricado con la 3D 16 viseras al día”, ¿cuántas has hecho tú?

“He donado tanto dinero para comprar material”, ¿cuánto has hecho tú?

Parece ser que si no estás en este momento diciendo que estás haciendo algo para ayudar, no eres nada.

Pues, ahora que están de moda los aplausos, mi aplauso de hoy va por todas aquellas personas que anónimamente están haciendo cosas para ayudar a los demás, en silencio, sin rimbombancias.

Va para todas aquellas personas que desde el día uno se han quedado en su casa sin salir, para los niños y adolescentes, que son los únicos que creo sacarán algo bueno de esta situación, porque están aprendiendo que no pasa nada por no salir si eso es para el bien común.

Y el deseo de hoy, todos los días hago una petición, es que se alejen de nuestra vida todos los que restan y tantos fariseos, que debe ser como en la biblia llamaban a los yoistas.

Un confinado.

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‘El pueblo de los dedos secos’, por Juan Ferrero

A veces, nos cuentan hechos y sucesos extraordinarios que nos parecen imposibles.

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El pueblo de los dedos secos

A veces, nos cuentan hechos y sucesos extraordinarios que nos parecen imposibles. Pero si esos hechos los vivimos y presenciamos, no podemos negarlos, aunque nos resulten inexplicables.

Hace unos cuantos años, un grupo de docentes fuimos liberados de dar clases por la Administración durante un curso, con el fin de dedicarnos al estudio lingüístico de ciertos pueblos y zonas: vocabulario, peculiaridades, estructuras gramaticales, giros fonéticos, afinidades con otras zonas, etc.  Nuestro equipo fue destinado a Villacalabaza, un pueblo pequeño y algo aislado, aunque este último aspecto se iba a paliar con la construcción de una carretera de carácter nacional que transcurriría por las cercanías.

La corporación municipal tenía puestas muchas esperanzas en esta vía de comunicación, ya que permitiría la explotación turística de un conjunto de monasterios de siglos pasados y el trazado de varias rutas de senderismo para disfrutar de una naturaleza bastante bien conservada.

El alcalde, no obstante, le traía sin sueño un asunto: la falta de civismo de una parte de sus convecinos respecto a la limpieza callejera. Por más bandos y ordenanzas sancionadoras para intentar que la gente no tirara desperdicios en las calles y en el entorno del pueblo, no conseguía que los habitantes de Villacalabaza se concienciaran de la necesidad de mantenerla limpia, sobre todo al acercarse la previsible llegada  de forasteros. En sus charlas de cada día con unos y otros mostraba su preocupación; pero nada, todo inútil. Se continuaba tirando en la calle plásticos, botellas, latas, papeles…Y en las orillas de carreteras y caminos yacían los más variados restos de muebles, electrodomésticos y toda clase de deshechos e inmundicias, a pesar de la existencia de papeleras y contenedores específicos.

El alcalde, para solucionar el problema, se presentó en la Diputación y expuso su preocupación. Los técnicos del organismo provincial se tomaron en serio este asunto y planificaron todo un programa de concienciación ciudadana que bajo la expresión “La limpieza de mi pueblo es mi limpieza” decidieron aplicar en Villacalabaza, a modo de experimento piloto. Como consecuencia de ello, aparecieron en el pueblo, de la noche a la mañana toda una pléyade de psicólogos, pedagogos, especialista en modificación de conducta, orientadores sociales, integradores, monitores, sociólogos, así como los correspondientes colaboradores y técnicos de los aparatos audiovisuales a utilizar. Se organizaron sesiones en horario lectivo para niños y, por la tarde, para  adultos. Previamente el Ayuntamiento había contratado personal para limpiar el pueblo y sus alrededores.

Pronto apareció el primer problema: los adultos no acudían a la convocatoria. A alguien se le ocurrió ofrece vino y sardinas asadas al final de la sesiones. Y, efectivamente, la asistencia se hizo entonces masiva. Sin embargo, transcurridos tres meses de actuación de estos equipos especializados, la suciedad volvió a imperar por doquier.

El alcalde, totalmente desanimado y  a punto de tirar la toalla, convocó a los responsables de cada grupo de especialistas y les pidió una valoración. Tras la puesta en común se llegó a la conclusión de que eran varias las causas que condicionaban la irresponsable conducta de una buena parte de los vecinos:

  • traumas habidos en sus infancias
  • destructuración familiar
  • marginación social
  • frustraciones motivadas al comparar sus vidas con los modelos que triunfan popularmente
  • autoestima de bajísimo grado.
  • rechazo patológico a cualquier norma social establecida con sentido común
  • el fracaso en la liga de su equipo de fútbol favorito

Y así una larga lista.

Luego, los expertos se metieron en un debate de altos vuelos hasta que el alcalde, viendo que aquello no tenía arreglo, levantó la sesión.

Al día siguiente, cuando más desanimado se encontraba en su despacho del Ayuntamiento, le visitó un inmigrante de origen africano y le propuso un sorprendente pacto: Le comentó que, como chamán que era allá en su tierra, África, poseía poderes ocultos con los que solucionar el problema, logrando así el comportamiento correcto de los vecinos; el alcalde, a cambio, tenía que prometerle que le arreglaría los papeles  a su cuñado, inmigrante también, y colocarlo en el Ayuntamiento.  El alcalde pensó que aquel individuo era un simple charlatán; pero le preguntó cómo lograría que el pueblo se mantuviera limpio. La contestación fue todavía más sorprendente: Se trataba de repartir por las casas una hoja en la que anunciara que  cada vez que alguien tirara indebidamente un desperdicio fuera de su vivienda, se le secaría un dedo de las manos. Tras la propuesta, el alcalde rectificó su opinión, pensando que más que charlatán era un completo chiflado, y lo despidió con cierto malhumor.

En la reunión del Pleno siguiente se le ocurrió al alcalde comentar entre los concejales el encuentro con el inmigrante, provocando enseguida todo tipo de comentarios y guasas. El jolgorio se cortó en seco cuando el citado inmigrante se presentó en la sala de Plenos y, después de pedir la palabra, propuso a todos su pacto. Nueva algarabía; y ante la pregunta acerca de cómo conseguiría su objetivo, sólo dijo que era secreto. Finalmente, el alcalde afirmó tajante que nada arriesgaba el Ayuntamiento, aceptando el pacto.

Al día siguiente, alguien repartió las hojas por todas las casas las hojas  en las que se advertía a los vecinos a lo que se exponían si no cumplían con las normas de limpieza urbanística. La nota originó un general revuelo, dando lugar a las más variadas críticas y comentarios, sin que nadie, en definitiva, hiciera caso a la amenaza.

Mas al cabo de unos días, empezaron a acudir al centro de salud pacientes que se quejaban de no tener sensibilidad en algún dedo y de haber perdido su movilidad, sin que los tratamiento de posteriores especialistas médicos pudieran recuperarlos.

El caso saltó a los medios de todo el mundo y Villacalabaza fue noticia durante un  tiempo, conociéndosele en adelante como “el pueblo de los dedos secos”. Eso sí, a partir de entonces se convirtió en el pueblo más limpio sobre la faz de la Tierra. La actuación de aquel brujo o mago, secando los dedos de los que no tenían un comportamiento justo con sus vecinos, curó de raíz todas las patologías psicosociales que antes habían desbordado, sin resultados positivos, a la  insostenible e inmensa colección de expertos, llegados al pueblo para estudiar y modificar la conducta de esa parte de vecinos que causaban injustamente un problema de convivencia. El africano, de la noche a la mañana, había resuelto el problema en el que los especialistas habían fracasado.

Ni que decir tiene que el cuñado del misterioso personaje se acabó jubilando desde un puesto de trabajo en el Ayuntamiento de “los dedos secos”; bueno, de Villacalabaza.

Juan Ferrero

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‘El idioma: jodidos y huevos, por ejemplo’, por Juan Ferrero

Quienes tienen un tesoro y no saben apreciar su valor acaban perdiéndolo. Es lo que puede ocurrir con la lengua española en España.

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Quienes tienen un tesoro y no saben apreciar su valor acaban perdiéndolo. Es lo que puede ocurrir con la lengua española en España.

Cada idioma tiene un recorrido histórico en el que se va formando con las distintas influencias, aportaciones y circunstancias hasta que alcanza una categoría con la  que se puede considerar idioma o lengua con identidad propia, llegando a un grado de perfección más o menos alto, según los casos. Y esa perfección se mide por las posibilidades de comunicación y la brillantez de la misma.

El español, procedente del latín, alcanzó hace ya mucho tiempo el nivel que le permite se clasificado uno de los idiomas más ricos en esas posibilidades de entenderse entre los humanos. Y a eso hay que añadirle otro valor: el número de personas que lo utilizan. (Segunda en el mundo por el  número de hablantes nativos y tercera por el número de hablantes en general)

Es cierto que hasta entrado el siglo XX solo una minoría ilustrada aprovechaba las excelencias del español, mientras que el resto de la población usaba un nivel coloquial o vulgar. Gracias a esa minoría ilustrada se mantuvo el español en todo su esplendor, ya que el uso de la lengua vulgar tendía a localizarse, a deformarse de distinto modo en cada pueblo, en cada provincia y en cada región; porque el  “pueblo llano”  —“inculto¨ por tradición en España- , no hace la legua, como afirman algunos, sino que la destruye.

Sin embargo, en el último cuarto del siglo pasado tuvo lugar una convulsión cultural en España que creó ilusionantes expectativas.

Mas al final, todo se desinfló como un globo.

El españolito medio, en general, excepciones aparte y sálvese quien pueda, con un mínimo de 14 o 16 años obligatorios de escolarización, a los que se sumaron la popularización de bachilleres y carreras universitarias, continuó hasta nuestros días empleando una lengua pobre, limitada en la expresión, de mal gusto e incorrecta en sus significados y sin el aprecio por la lengua como un tesoro a conservar.

Por otra parte, la persona no nace sabiendo un idioma, sino que se lo impone la familia, la escuela y la sociedad. Siempre será algo impuesto, necesario y positivo, pero impuesto. Los adultos, igual que los niños, hablan copiando de lo que oyen y leen (los de la lectura son más  escasos).

Por lo tanto, corresponde a los gobernantes obligar a un uso correcto y de buen gusto del idioma a las personas que en los distintos medios (radio, televisión, música, cine, prensa, etc.) van a ser copiados en su expresión lingüística por la población. Así pues, el gobierno de cada nación es responsable de mantener la buena salud de su idioma.

Ahora bien, ¿se imaginan a un candidato en un mitin político prometiendo que su partido obligará a todos los medios de difusión a  que empleen el idioma de modo correcto y sin chabacanerías ni groserías?

Se imaginan también la reacción de los asistentes al supuesto mitin, ¿verdad?…  Pues eso nos marca el nivel intelectual de nuestra sociedad.

Hay expertos y especialistas del tema que mantienen que la pobreza y limitación del idioma conlleva cierto freno en el desarrollo de la mente. Observemos, por ejemplo, que cuando pensamos, aunque nos mantengamos callados, lo hacemos con palabras. No es de extrañar que exista una relación entre la capacidad de expresión y comprensión y el cerebro.

Lo negativo del lenguaje vulgar, chabacano, grosero, tosco, etc. es su mal gusto y, sobre todo, su incorrección. Cada vez que cargamos erróneamente una palabra de varios significados estamos empobreciendo el idioma.

Pongamos un ejemplo: observemos cómo un gran porcentaje de las expresiones o palabras utilizadas en el hablar cotidiano se refieren constantemente a la zona anogenital y sus derivados. Eso, aparte de indicar una limitación idiomática, señala un uso incorrecto de nuestra lengua, porque no se les llama a los objetos y acciones por sus nombres. Hoy se dice ya en todos los ambientes “huevos” en lugar de testículos y “jodido” en vez de fastidiado, molesto, indispuesto, dañado, perjudicado, y un largo etcétera. Y esto es solo un ejemplo.

 Este es el tipo de idioma que se le está imponiendo a la sociedad española desde los distintos medios.

Si a ello añadimos la estúpida aceptación de palabras inglesas que nos invaden y la eliminación del español por parte de las camarillas independentistas en sus territorios, podemos augurar que nuestro idioma va a quedar muy mermado en España a corto plazo. Y una parte de culpa la tendrán los intereses particulares de los gobiernos de turno y, otra parte, el papanatismo de la sociedad española que lo permite.

Juan Ferrero

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‘Los depredadores y la idiotez invisible’, por Juan Ferrero

“Imaginemos un río. En una orilla se encuentra el nacimiento de los seres humanos y en la otra orilla, la muerte…”. Un artículo de opinión de Juan Ferrero

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Imaginemos un río.  En una orilla se encuentra el nacimiento de los seres humanos y en la otra orilla, la muerte. En medio, atravesando el río, la persona que, como un puente, se sustenta sobre dos pilares: uno formado por la maldad y la bondad, y otro, constituido por el sentido común (o lógica natural) y la idiotez.

Los estudiosos del ser humano mantienen que los atributos individuales de ambos pilares dependen de las condiciones culturales en las que se haya criado cada persona. Lo que decía Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”

Si bien esto puede ser cierto en ese primer pilar (bondad-maldad) que sujeta el paso por el puente de la vida, en el otro pilar (sentido común-idiotez) no depende siempre de la circunstancia en la que se vive.

Es verdad que desde cualquier pedestal o foro se puede llegar a idiotizar a la gente, pero es también verdad que nacen muchas personas que ya vienen a este mundo con defecto de fabricación, y no solo nos referimos a esos individuos que nacen con carencias físico-psíquicas claramente visibles, sino a esos otros que,  padeciendo un alto grado de idiotez se incorporan a la sociedad como si no adolecieran de tales deficiencias.

Por otra parte y continuando con el símil del puente, el objetivo ideal del ser humano, como individuo y como colectivo, es conseguir el placer y evitar el sufrimiento.

Pues bien, gran parte de la culpa de que estos dos objetivos no se consigan la tienen los idiotas invisibles.

En este sentido, la especie humana se encuentra en desventaja, comparada con otras especies. En las demás especies, los idiotas son las primeras presas de los depredadores, de tal modo que la vida no les da la oportunidad de reproducirse, mientras que en la especie humana (al ser algo genético y no tener depredadores de otras especies), los idiotas se reproducen una y otra vez sin nadie que pare la “epidemia”, extendiéndose el número de afectado como las estrellas del firmamento y las arenas del desierto, que dirían en la antigüedad.

La idiotez invisible tiene dos aspectos negativos:

1.- Gran parte del sufrimiento de los seres vivos lo producen los idiotas. Por eso debiera haber alguien que evitase su reproducción; un organismo o comisión que creara el título de “idiota” y luego concedérselo a quien, tras un exhaustivo examen genético y social, se le detectara tal deficiencia. Claro que a ver quién era el guapo encargado de entregarle dicho título al afectado: “Aquí tiene usted, su título de idiota. Prohibido tener descendencia”.

2.- El otro aspecto negativo consiste en que el idiota no sabe que lo es. Tanto es así que, el autor de este artículo pudiera padecerlo y no haberse enterado; de ahí estas cosas que escribe.

Nunca se debe descartar nada.

Pero bueno, este escrito, aparte del espacio que ocupa, no causa mal a nadie, digo yo.

Juan Ferrero

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