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El desván de las historias

El décimo trabajo de Hércules [2ª parte]

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Hércules

[Continuación de “El décimo trabajo de Hércules“]

La tradición oral narraba el devenir de los días en los que los ancestros se refugiaban en las cuevas de todo el levante, decorando techos y paredes de las grutas con escenas rituales de caza y pesca, de la vida misma, de la gratitud de las gentes hacia la Diosa Madre y el Recolector de Miel. Hacía mucho que su pueblo dominaba el arte de transmitir ideas y plasmarlas en soportes materiales, pues lo escrito en la piedra perduraba más que lo hablado en el aire. No podría decir cuánto tiempo hacía desde que sus antepasados abandonaron las cuevas del levante y pasaron a seguir el curso del gran río hasta llegar a las orillas del inmenso océano, pero estaba seguro de que ocurrió cientos de años antes. Como vestigio de aquella transición del levante al poniente, había erigido el santuario de Cancho Ruano, también como punto de enlace en los caminos de ida y vuelta. Y como recuerdo de aquellos lejanos días de grutas, fuego y pinturas de cenabrio a la luz de las antorchas, quedaba también esa forma de hacer, ese legado ancestral que sin duda transmitirían también a sus descendientes, pues en aquella tierra fértil llevaban asentados más miles de años de lo que la mente humana y la tradición oral o escrita, eran capaces de recordar.

Hacía ya algunas décadas que llegaron del mar los navegantes interiores, con sus ojos rayados con khol, su piel aceitunada, y sus incómodos ropajes. Llegaron atraídos por la fama del reino y de sus riquezas, y montaron sus tiendas y centros de comercio cerca de los principales pueblos costeros del reino. Traían productos extraños y su gente los valoraba y apreciaba, dejándolos a cambio de la plata y los minerales a los que los extranjeros daban tanto valor. En realidad, éstos sólo eran un conglomerado de tribus de estafadores y traficantes de baratijas, acostumbrados sin duda a engañar a quienes hallaban en sus viajes. Pero el pueblo de la Diosa y del Recolector de Miel era un pueblo pacífico, hábil, civilizado, que no era amigo de la guerra ni mostraba ambición por aquellos minerales. Por eso la tierra se los entregaba tan generosamente, y por eso ellos lo compartían. Aunque aquellos timadores llegados desde Fenicia creyeran que los engañaban, y más tarde contaran falsas historias sobre las relaciones entre ambos pueblos, y sobre qué pueblo influyó al otro. Pero él sabía la verdad. Sabía cómo aquellos extranjeros aprendieron cosas acerca del metal y la orfebrería allí, a orillas del gran río. Sabía cómo aprendieron técnicas de navegación en el gran océano, más allá del mar interior que ellos surcaban. Sabía cómo aprendieron cosas sobre lengua y escritura. Sabía cómo civilizaron a su ruda Tanit, tomando atributos de la Diosa del Cielo y de la Tierra, dueña de aquellas tierras. Igual que sabía que adornaron a su Melkart con atributos propios del Recolector de Miel. A fin de cuentas, el pueblo del gran río era miles de años más antiguo que aquellos fenicios; era normal que el pueblo más joven se dejara influenciar por el más vetusto y sabio. Aunque también sabía que aquellos embaucadores vestidos de comerciantes disfrazarían la verdad y la presentarían de forma distinta a como era en realidad.

Con todo, eran tiempos difíciles. El reino estaba dividido en tres regiones desde tiempo inmemorial. Un joven elegido por la asamblea de ancianos se encargaba de cada una de las regiones, habiéndole correspondido a él Gerión, el gobierno de la región central. Gárgoris se encargaba de la región oriental mientras Habis gobernaba la occidental. No lo había deseado, no le gustaba tener que hacerlo… pero el deber es el deber, y hacía ya casi tres años que la responsabilidad recaía sobre sus hombros. El problema que llegaba ahora era mayor que el representaban los fenicios con sus artes del timo y el engaño, y Gerión vislumbraba que podría acabar en tragedia en algún momento del futuro. Los farsantes fenicio podrían ocasionar, como mucho, una pérdida material en caso de que fuesen capaces de engañar a alguien de allí. Pero el nuevo problema…

– Mi señor, ¿me oyes?

Gerión miró a su interlocutor, un hombre de su misma edad aproximada, piel curtida, pelo largo y enmarañado, y poblada barba. Se habían cubierto el cuerpo con una piel de león al llegar, cuya pestilencia anunciaba su llegada desde bastante distancia.

– Sí, sí. Discúlpame.

No era un prodigio de la sabiduría, nada más lejos de la realidad. Su aspecto era el de un bárbaro, su grado de civilización casi inexistente, y Gerión tenía la certeza de que aquel extranjero proveniente de la Hélade, sería capaz de matarlo sin un solo pestañeo. Los fenicios robaban; los helenos destruirían, saquearían y mataría.

– Te decía que cómo podríamos arreglar todo esto de alguna forma satisfactoria.

Decía ser hijo de un dios y una mortal, hallarse al servicio de un rey, y tener por delante una pesada labor cumpliendo las imposibles tareas que éste le encomendaba. Una de esas tareas, la décima en concreto, había sido llegar hasta allí; hasta aquel legendario reino de Tharsis y robar los rebaños del poderoso rey Gerión.

– Creo que algo puede ocurrírseme. ¿Dices que nadie en aquel reino del que procedes ha estado nunca aquí?
– No, mi señor. Sólo sabíamos de su existencia a través de algún contacto con marinos fenicios.
– Bien…

¿Así que aquellos bárbaros creían que llegar hasta allí y robar un simple rebaño era una de las tres tareas más complicadas que encomendar al hijo de un dios? Verdaderamente, debían de hallarse poco menos que entre tinieblas.

– Naturalmente, no podrías llevarte uno de nuestros rebaños por la fuerza.
– Naturalmente que no. No es esa mi intención tampoco.

Gerión pensó que no era su intención… porque había sido descubierto por Ortro y Cerbero, cuyos ladridos hicieron acudir a Euritión, el encargado de los rebaños, quien redujo y atrapo al extranjero ladrón.

– Aún así… es mucho más fácil pedir las cosas que robarlas. Por no hablar de honradez… Y compartirlas es más fácil que protegerlas. Por no hablar de utilidad.

El extranjero extravió su mirada. Parecía hallarse perdido, lejos de las espadas, los gritos y la sangre. Triste civilización cuyo dios envía a su hijo al saqueo y al asesinato.

– Sí, tienes razón, mi señor. Creo que no supieron darle a este encargo la dimensión apropiada.
– Verdaderamente no. Tharsis es un reino hospitalario desde los albores de la humanidad. Esta tierra ha sido habitada por gentes abiertas y pacíficas desde siempre. La vida, la paz y la armonía son los más bellos regalos divinos. No entendemos por qué hay hombres que se afanan en el conflicto, la guerra y la muerte.

Caminó llevando del brazo al extranjero hasta el ventanal que asomaba al verde prado en el que pastaba un numeroso rebaño guardado por Ortro, el enorme can del que el extranjero guardara un ingrato recuerdo. No había rastro de Cerbero, su hermano.

– Mira estas tierras, este rebaño. No necesitamos cercados, ni guardias; no somos ladrones. Llévate ese rebaño. Vuelve a tu hogar, si es que lo tienes, y cuenta allí que los tres reyes de Tharsis son generosos. Cuenta cómo te hemos acogido, y cómo hemos compartido contigo aquello que teníamos y que tú necesitabas.

El extranjero miró a Gerión con mirada inquisitiva, sin comprender muy bien lo que se le estaba diciendo.

– ¿Quieres decir que soy libre de marcharme?
– Siempre lo has sido. Tampoco somos carceleros. No soy un monstruo; Tharsis no necesita gigantes de tres cuerpos que la gobiernen. Es inmensa por sí misma y tiene tres reyes humanos con un cuerpo humano, uno para cada una de sus regiones. No tienes que luchar conmigo ni con los otros dos reyes. No tienes por qué robar el rebaño.

Gerión hizo un gesto con su brazo.

– Ahí lo tienes, puedes llevártelo sin lucha… Aunque no te confundas; no es cobardía. Es la generosidad de quien sabe que la lucha no forma parte de las cosas bellas de la vida.
– Muchas gracias, mi señor.

El rey miró de nuevo al extranjero.

– No olvides contar que has sido mi huésped, no mi prisionero. No olvides contar que has encontrado acogimiento, y no rencor. No olvides contar que has encontrado regalos, y no conflictos. Y no olvides contar que no has tenido que robar ni matar a nadie aquí.
– No, mi señor. No lo olvidaré.

Gerión volvió la mirada al exterior, dando por terminado el encuentro.

– Ahora, Heracles, amigo mío, es hora de que retornes a la Hélade y le hables a sus gentes del reino de Tharsis y de sus tres reyes.
– Así lo haré. Gracias una vez más.

Tras oír los pasos de Heracles abandonando la estancia, el rey se volvió y paseó por la galería de su palacio. Fuera se escuchaban los primeros rumores de los pastores reuniendo el rebaño e iniciando su traslado a la nave que lo transportaría junto a Heracles, a la Hélade.

– Volverán. Puede que no en esta generación, pero volverán. Ese salvaje llegará a su tierra y contará una sarta de mentiras de la que gustan allí. Contará que luchó, mató, robó y venció, pues de esa pasta están hecho los héroes de su país. Tal vez cuente que Tharsis tiene tres reyes en uno, ¿quién sabe?. Igual se le ocurre que nuestros rebaños los guarda un perro con dos cabezas. Sea como fuere, no se conformará con decir me descubrieron dos perros mientras trataba de robar una oveja, me redujo un solo hombre de un capón, y el rey me puso en libertad tras regalarme un rebaño entero. No…así no se construye la fama del hijo de un dios.

Gerión entró en la sala del trono, sede del poder real desde donde dirigía la región central del reino. Ídolos en piedra, hueso y metal adornaban la sala. Distintos tamaños, distintas épocas, representado a la Diosa desde tiempo inmemorial hasta el pequeño bronce hecho por los fenicio en el que su Tanit tomaba los atributos de la Diosa como reina de las marismas y de los cielos; un inútil gesto de congratulación, pues Tanit siempre sería una diosa nueva y joven al lado de la Diosa del Cielo, por mucho que los fenicios se afanasen en tartesizarla. Igual que ellos mismos serían por siempre un pueblo de timadores, por mucho que tratasen de disfrazarse de mercaderes. Igual que sus supuestas colonias no eran más que un puñado de chozas levantadas junto a viejos y ricos asentamientos de las gentes de Tharsis.

– Volverán. Cuando se les olvide el miedo al relato de Heracles, o cuando la necesidad o la ambición les empuje, o cuando quieran saquear las riquezas de Tharsis que Heracles convertirá en míticas. Pasarán una o cinco generaciones, ¿quién sabe? Pero cuando llegué el momento, volverán; y traerán la sangre, la guerra y el dolor.

Caminó hasta sentarse en su trono de madera, símbolo de la futilidad del poder terrenal, de su temporalidad. Un trono que ardería con el rey en su pira funeraria, como ocurría desde siempre. Como ocurriría para siempre.

– Volverán y nos someterán. Expulsarán a los fenicios. Se harán con sus ciudades, con sus riquezas. Saquearán nuestras minas, harán suya nuestra civilización, del mismo modo en que ya lo han hecho los fenicios.

Se sentó en su trono áspero y duro, recordatorio también del carácter temporal de las comodidades del poder.

– Los fenicios los falsearan todo para darse a valer ellos. Dirán que nos civilizaron, que nos influyeron, que fundaron nuestras ciudades… Pero son cobardes, no osarán enfrentarse a nosotros.

El rey se despojó de su corona de vegetales y de su cinto real, colgándolos del brazo del trono.

– Los helenos también lo falsearán, pero justo al revés. Nos convertirán en un reino mítico al que conquistar. De ese modo, al conquistarnos a nosotros, se situarán a ellos mismos por encima de la leyenda de Tharsis.

Una solitaria lágrima resbaló por la mejilla del poderoso Gerión, rey de la región central de Tharsis; hermano en el trono de Gárgoris, en el Este, guardián de los secretos del Recolector de Miel; hermano en el trono de Habis, en el Oeste, guardián de los secretos de la Diosa del Cielo, que permitían cultivar la tierra.

– Vendrán los siglos y enterrarán la gloria de Tharsis, cuyas gentes decoraron las grutas por miles de años, escribieron sus historias cientos de años, adoraron a la Diosa antes de nacer Tanit, y florecieron en su cultura ante de los helenos fueran siquiera un puñado de tribus. Y ellos, con su Tanit prestada, con su Heracles de mentira… ellos gobernarán la historia y hablarán de Tharsis a los hombres del futuro… Pero sólo les hablarán de aquello que convenga a sus intereses, de la verdad de la historia de Tharsis, el primer pueblo, la primera civilización del continente donde se acaba la tierra, no se hablará jamás. Al menos, no hasta que alguien recuerde que nosotros ya estábamos aquí mucho antes de que la primera civilización naciera…

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El final de la eternidad

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Capitel de los evangelistas

La ciudad eterna se muere. Son muchas las causas, y muy prolongada en el tiempo la enfermedad que acabó con la civilización más esplendorosa de toda la historia en muchos aspectos. Esa misma historia fija el último suspiro de la capital en el año 476 de nuestra era, aunque en el mundo del arte, la muerte cerebral había llegado tiempo atrás. Son pocos los restos de los primeros siglos del cristianismo. La crisis económica y los enfrentamientos cívico-religiosos impidieron una mayor proliferación de obras artísticas. El caso de las idolatradas Justa y Rufina en Sevilla puede ilustrar a la perfección el ambiente de intolerancia y radicalidad existente, más allá del mito o de la fe. Asolada y desangrada por varios frentes, Roma acude a los visigodos del este de Europa para solicitar su ayuda frente a la rebelión de los suevos afincados en Hispania. De este modo, tras el fatídico año 476, los visigodos heredan la península, extendiendo sus fronteras hasta Burdeos, donde fueron rechazados por los francos para retirarse definitivamente tras los Pirineos.

Como ya sucedía desde los primeros días tras su muerte en la cruz, los seguidores de Jesús se empleaban a fondo en la muy poco cristiana tarea de matarse unos a otros por el poder terrenal con el motivo religioso como excusa. Los visigodos dieron varias y variadas muestras de ello, siendo el más visible el caso del rey Leovigildo, quien mandó ejecutar a su hijo Hermenegildo por haber abandonado el arrianismo para pasarse al catolicismo tras su encuentro con la gran figura de la época visigoda: Isidoro de Sevilla. Si se excusa el burdo ejemplo, el fútbol es un deporte donde juegan dos equipos y al final gana Alemania. En historia, la religión es una guerra donde luchan dos verdades, y al final gana el catolicismo. Finalmente, Recaredo sucede en el trono a su hermano Leovigildo, oficializando el catolicismo como religión del reino en el año 689.

Desde la instauración del cristianismo como religión oficial del imperio, los primeros cristianos abandonaron las catacumbas y adoptaron la estructura de las basílicas romanas para sus ritos religiosos de la incipiente iglesia. Eso mismo ocurrió en la Bética, donde desde finales del siglo IV e inicios del V, comenzaron a levantarse estos edificios. Ejemplos ilustrativos pueden ser los restos de la basílica de Vega del Mar, en San Pedro de Alcántara (Málaga), y los de Gerena y el Patio de Banderas de los Reales Alcázares (ambos casos en Sevilla). Entrada ya la etapa visigoda, los restos arquitectónicos desaparecen, conservándose sólo un puñado de piezas como pueden ser altares, capiteles, etc. La mayoría de ellos provienen de Córdoba, debido a que los musulmanes reutilizaron los restos de la basílica de San Vicente en la construcción de su mezquita-aljama. En Sevilla hay también algunos ejemplos de capiteles visigodos reutilizados por el mundo musulmán en la Giralda y en los Jardines de Murillo.

Más importancia tienen en esta época los sarcófagos, derivados de la costumbre de inhumar a los muertos ya presente en el mundo romano. Al final del imperio, en época cristiana, la costumbre se mantiene, cambiando únicamente la temática figurativa exterior, para adaptar las figuras clásicas a la nueva fe. Son los casos de Carteia (San Roque, Cádiz) y el Prado de San Sebastián (Sevilla). También han llegado ejemplos de sarcófagos con temática puramente cristiana, como los de Berja (Almería), Córdoba, Martos (Jaén) y Écija (Sevilla).

La escultura del momento tiene poco que ver con el pasado esplendor del mundo romano. Del mundo paleocristiano sólo se conservan tres en toda Andalucía, representando el tema del Buen Pastor. Son los casos de la escultura de la Casa de Pilatos (Sevilla) y los dos ejemplos conservados en Almería. Lo más destacado del momento visigodo es el Capitel de los Evangelistas, conservado en Córdoba.

El ejemplo más brillante del mundo visigodo lo encontramos en una de las llamadas artes suntuarias. No es otro que el Tesoro de Torredonjimeno, aparecido en un removimiento de tierras. En un primer momento fue entregado a unos niños para que jugasen con él, creyendo que era falso. En la actualidad se haya repartido por varios museos. Se trata de un tesoro litúrgico que posiblemente adornara el altar de alguna iglesia.

Con la llegada del mundo islámico, muchas de las obras desaparecen, debido por la costumbre de los nuevos amos de reutilizar todo lo que encuentran a su paso -justo es decir que no son los primeros de la historia en hacerlo-. Se abrirá así un período de esplendor artístico que, con altos y bajos propios de su longevidad, se extendería durante ocho siglos.

 

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La sinuosidad del gusano

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Mosaico romano

Cuando los soldados de la república pusieron el pie en Grecia y Asia Menor, allá por el siglo II antes de nuestra era, el mosaico era ya común en el mundo griego. Como tantas otras realidades, pasó con facilidad a formar parte del ecléctico mundo romano. Si es justo comenzar con esta realidad, es igualmente justo decir que fue a partir de esa “romanización” del mosaico cuando comenzó un auténtico género artístico-industrial, del que acabaron por convertirse en inigualables especialistas. El gusto por la musivaria se extendió de tal forma que puede decirse con escaso temor a equivocarse que no hubo casa o villa donde no hubiera mosaicos de distintos tipos.

En el mundo romano se distinguían entre la obra de musivum -mosaico- y la de lithostrotum -literalmente “pavimento de piedra” en sentido general-. Se daba a la obra este nombre de lithostrotum cuando el material consistía en piedras naturales de formación volcánica y mármoles de diferentes colores. Los bloques para la construcción eran poligonales. En cambio, el musivum, la musivaria, aludía a pequeñas construcciones realizadas con argamasa y pequeñas piezas de distinto tamaño y color, llamadas teselas, de las que toma el nombre la especialidad –opus tessellatum-. La labor era realizada por auténticos artistas, quienes disponían las piezas sobre superficie aplanada y nivelada, distribuyéndolas por color y  forma hasta alcanzar el aspecto deseado, y aglomerándolas con una masa de cemento. Los mosaicos acabaron por convertirse en un imprescindible elemento decorativo para los espacios arquitectónicos, e incluso posteriormente, ha en época bizantina, el arte del mosaico se unió con la tradición oriental y dio lugar a una evolución que se distinguió sobre todo por el uso muy generalizado de grandes cantidades de oro.

Contrariamente a lo que pueda parecer en nuestros días, el arte del mosaico empezó a desarrollarse en sus inicios sobre todo para decorar los techos o las paredes; pocas veces para los suelos, debido al miedo que se tenía de que no ofreciera suficiente resistencia a las pisadas. Cuando este arte llegó a la perfección, acabó por llegarse al convencimiento de la posibilidad de ser pisado sin riesgo, y fue entonces cuando comenzó la moda de hacer pavimentos de lujo. Salvando las distancias, como pavimentos podían ser considerados de la misma forma en que una alfombra de alta calidad pudiera serlo en los tiempos modernos.

Para fabricar un pavimento hecho de mosaico seguían una serie de pasos que con el tiempo se fueron perfeccionando. El lugar de fabricación era un taller especial. Allí lo primero que se hacía era diseñar el cuadro y este trabajo tomaba el nombre de emblema. Después de haber diseñado el cuadro se hacía una división de acuerdo con el colorido, y se sacaba a continuación una plantilla en papiro o en tela de cada una de esas parcelas divididas. Sobre dicha plantilla se iban colocando las teselas siguiendo el modelo escogido con anterioridad. Las teselas se colocaban invertidas, es decir la cara buena que luego se vería tenía que estar pegada a la plantilla. Cuando este trabajo estaba terminado, los expertos lo transportaban al lugar para que el artista concluyera allí su obra.

Antes de colocar las teselas había que preparar bien el suelo para recibirlas. Esta era una labor muy importante que requería experiencia y habilidad. En primer lugar se allanaba hasta conseguir que fuera horizontal pero con una inclinación suave y calculada que facilitase el deslizamiento del agua hacia los sumideros. El suelo tenía que ser firme y estable pues una leve rotura de una sola tesela podía conducir a la degradación de toda la obra. El firme para recibir finalmente las teselas estaba así ordenado de abajo a arriba: suelo natural acondicionado, mortero mezclado con polvo de teja y carbones, polvo de teja, capa de mortero, y finalmente las teselas del mosaico

El arte de la musivaria presenta cuatro especialidades diferentes, dependiendo del tamaño de las teselas, de los dibujos y del lugar de destino del mosaico. En primer lugar podemos hablar del Opus Vermiculatum, de origen egipcio, elaborado con unas piedras muy pequeñitas con las que el artista podía dibujar con bastante facilidad objetos que pudieran requerir más precisión; debe su nombre a que las líneas del dibujo recordaban las sinuosidades del gusano. A continuación podemos encontrar el Opus Musivum, que se hacía principalmente para la decoración de los muros. Este término empezó a emplearse a finales del siglo III. El Opus Sectile está formado por piedras más grandes y de diferentes tamaños; principalmente placas de mármol de diversos colores para componer las figuras geométricas, de animales o humanas. Finalmente podemos citar el Opus Signinum como una variante más, cuyo nombre proviene de Signia; en este lugar había fábricas de tejas y en ellas se obtenía con los desechos un polvo coloreado que al mezclarlo con la cal daba un cemento rojizo muy duro e impermeable.

A modo de corolario, puede afirmarse que en la actualidad es considerado como una pintura hecha de piedra, una disciplina artística más, que vive de la pintura en cuanto a temas se refiere, pues la temática de un mosaico no tiene identidad propia, es la misma que puede encontrarse en la pintura. La diferencia radica principalmente en la perspectiva, más falsa y forzada en la musivaria que en la pintura.

Hay excelentes muestras de mosaicos en los yacimientos del Alcázar de los Reyes Cristianos en Córdoba, en Cástulo (cerca de Linares), Ciavieja (Almería), Los Mondragones (Granada) Bobadilla y Rio Verde (ambos en la provincia de Málaga), Niebla (Huelva), Monasterio de Santa María, Puerto Real y  Puente Melchor (los tres en la provincia de Cádiz), y en Ecija, Casariche y Alcalá del Río (en la provincia de Sevilla), junto a los más conocidos hallados en Itálica.

 

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El desván de las historias

La diosa del cielo

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Itálica

Uno de los secretos del éxito de la cultura romana, quizá el más relevante y el que la hizo prevalecer sobre otras culturas de su tiempo, y prolongarse durante más de siete siglos, no tuvo nada que ver con el poderío militar. En efecto, y aun aceptando que su concepto de ejército y de tácticas de guerra les daba una importante ventaja inicial, lo que hizo prevalecer al mundo romano no fue la fuerza de la conquista por las armas, sino la capacidad de aportar y de absorber elementos culturales; esto es, el intercambio mutuo con los pueblos que dominaba.

Por supuesto, la influencia de la cultura griega fue la más importante fuente de la que bebieron los artistas romanos, principalmente los escultores. Para ello basta con echar un vistazo a la escultura neo ática, de la que no mencionaremos más, por ser materia ajena a la intención de este desván de las historias. Roma conquistó Grecia… pero no sólo hizo eso. Participó del mundo griego, e hizo a su vez que los griegos participaran del mundo romano. Esta pauta se extendió por el tiempo y por los territorios, y hay multitud de asentamientos fuera del Lacio que alcanzaron el grado de colonia, así como la ciudadanía romana para sus habitantes; proceso culminado con el Edicto de Caracalla en el año 212 de nuestra era.

Por centrar la cuestión, no es de extrañar que ello acabara ocurriendo también en Hispania, una de las más importantes provincias del imperio –tres emperadores nacieron en ella-, y más concretamente en la Bética, donde vieron la luz Trajano y Adriano. Por usar una expresión contemporánea, la metodología romana era bastante clara. Conquista militar, asentamientos en el territorio, construcción de infraestructuras, desarrollo urbanístico, introducción de instituciones, administraciones, idioma y costumbres… y asimilación de elementos autóctonos, de forma que la población nativa acabara identificándose con patrones romanos, adaptados a su vez de patrones locales.

En la Bética hay varias e importantes ciudades diseminadas por todo el territorio. Debido a su estado de conservación y a la importancia de sus hallazgos, Itálica es quizá donde mejor pueden apreciarse muchos de los elementos característicos de la cultura romana en general, y de los relacionados con el mundo del arte en particular. Las tres artes plásticas por excelencia –arquitectura, escultura y pintura- pueden estudiarse con profundidad en esta cuna de emperadores, si bien es cierto que al igual que ocurre en casi todo el mundo romano, la pintura es inexistente, teniendo que acudir a la musivaria.

La arquitectura romana puede apreciarse en gran medida en la ciudad, así como el urbanismo. La perfecta disposición en cardos y decumenos, la orientación de las villas -estructuras y tipologías-, las aceras porticadas, los edificios públicos -termas, templos y exedra-, y las obras más emblemáticas -teatro y anfiteatro-, donde además de los cimientos, pueden verse el alzado de los edificios -en las viviendas sólo se conservan las plantas-. Sillares de piedra, ladrillo, arco, bóveda, y el magnífico invento romano, verdadera argamasa de su arquitectura: el opus caementicium, mezcla de cal, piedra y agua, el primer ejemplo de “hormigón armado”. La red urbanística inferior consistía en un complejo sistema de cloacas que complementaba y completaba la gran instalación de la superficie, que suministraba agua potable proveniente de diversos acueductos, almacenada en varios depósitos por toda la ciudad.

La escultura también está ampliamente representada, y cuenta con numerosos ejemplos de las distintas épocas y tipologías. En ellas puede apreciarse el gusto por la representación naturalista, heredado de la tradición griega, más allá del realismo o el idealismo de la moda imperante en cada momento. Hallamos muestras de retratos privados, de esculturas funerarias o religiosas, estatuas imperiales y divinas en todas las vertientes posibles… Las estatuas de Venus, Diana,  Hermes, y Trajano divinizado son bellas muestras de esculturas de cuerpo entero.  Los bustos de la diosa Fortuna, Adriano e incluso Alejandro Magno, son ejemplos destacables de esta tipología.

En cuanto a la musivaria, es también destacable la calidad de muchos de los mosaicos recuperados en Itálica, que pueden disfrutarse en su ubicación original. Es posible contemplar ejemplos de opus tessellatum, opus sectile y opus vermiculatum, según la forma, el tamaño y la disposición de las teselas empleadas en la elaboración. Son numerosos los ejemplos de mosaicos inigualables, como los del Rapto de Hylas, el del Planetario, o el de la Casa de los Pájaros.

Por último, no conviene olvidar una de las principales muestras de la asimilación mutua existente entre el mundo romano y los pequeños submundos que se incorporaban al imperio. La asimilación mutua de divinidades y costumbres puede contemplarse a través de las lápidas votivas dedicadas por individuos a aquellas deidades que les favorecieron en cualquier empresa que lo necesitaran. Itálica cuenta con una curiosa muestra en la que Cayo Sentio agradece su protección a la ancestral Dea Caelestis local, asimilada a la Némesis romana, por medio de una placa hallada en el nemesium del propio anfiteatro. Un esclavo liberto local agradeciendo algo a una diosa local asimilada a una diosa romana, en un lugar de culto propiamente romano como es un templo de la misma diosa, dentro de uno de los símbolos romanos por excelencia, como es el anfiteatro. Demos gracias a la Diosa del Cielo.

 

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