Cuando un pueblo alcanza cierto grado de madurez y de conciencia colectiva, y su supervivencia diaria deja de ser una prioridad vital, comienza a reflexionar sobre otras cuestiones de índole menos material, de esencia más intelectual o espiritual. Es en ese momento cuando la mirada se vuelve a los grandes interrogantes sin respuesta, y es en ese momento también, cuando surgen las leyendas, las historias que de una forma y otra ayudan a explicar unas cosas y a forjar otras. Es en ese momento cuando los pueblos construyen sus fábulas, sus enseñanzas, sus ritos, sus moralejas… en una palabra, su mitología. ¿Cómo debe ser la intensidad de cualquier fenómeno para dejar una huella tal en la memoria colectiva, de manera que ese fenómeno acabe por formar parte de la mitología de un pueblo? El sol, el rayo, la tempestad, la primavera, el día, la noche, el tiempo, la belleza, el amor, el volcán, la muerte… poderosos conceptos; los más poderosos de la naturaleza. Los que marcan a un pueblo a través del éxtasis o del trauma, para acabar fundidos en su mitología. Hasta aquí todo normal… ¿Pero qué ocurre cuando ese fenómeno que acaba por ser mitología, no es un fenómeno, sino otro pueblo? ¿Qué ocurre cuando un pueblo es admirado por las demás civilizaciones, cuando éstas cruzan el mar en su busca? ¿Cómo debería ser percibido cuando los más grandes creadores de mitología se inspiraron en él y le adjudicaron uno de los tres trabajos más difíciles del más grande de sus héroes? ¿Cómo serían los días de esplendor de un pueblo que acaba inspirando las historias de otros pueblos? Sin duda, estos otros pueblos deberían de percibir a aquél como algo enorme, inalcanzable, maravilloso, gobernado por reyes sobrehumanos… Así es como estos pueblos debieron percibir la grandeza de Tharsis.

La luna brillaba en lo alto, iluminando con nitidez el prado suave donde el rebaño pastaba a su antojo. No había cercas ni vallado; sólo dos perros pastores, enormes y únicos hermanos de la misma camada, guardaban el ganado. Más como seguro ante la dispersión del mismo que como guardianes ante imprevistos ladrones. No muy lejos, tumbado en la hierba con su manto como reposo para la cabeza y su zurrón y el odre al alcance de la mano, el pastor se dedicaba a comer y beber con parsimonia; los ojos soñadores fijos en la luna, la mente volando por el infinito, y el cuerpo confortado por la bondad de la temperatura. Era un hombre joven, apenas poco más que un muchacho; y aunque podría dedicarse a otras labores distintas al pastoreo, amaba la paz y la libertad de aquellas noches a la luz de la luna, con el rumor del rebaño cercano, y la presencia amable y cariñosa de los perros, que pasaban de uno en uno a echarle un vistazo cada cierto tiempo, a la búsqueda también de algún trozo de vianda del zurrón que siempre les caía en sus fauces cual regalo de la diosa. Aquella noche se sentía inspirado. Los animales dormitaban, la luna soñaba, y el joven pastor imaginaba versos y melodías. De repente creyó oír un sonido a la izquierda de donde se encontraba. El viento soplaba hacia aquel mismo lugar. Miró a uno de los perros, a su derecha, separado de él pero al alcance de su vista. El can había levantado la cabeza, las orejas tiesas, el hocico husmeando el aire. El perro acabó por volver a enroscarse sobre sí mismo y a esconder la cabeza entre las patas, por lo que el joven pastor volvió a sus ensoñaciones y a sus melodías.

No demasiado tiempo después, los ladridos del otro perro sonaron recios en la distancia. El que estaba más cerca del joven saltó como impulsado por un resorte y en seguida se perdió a través del rebaño en dirección al lugar en el que sonaban los ladridos de su hermano. El pastor se incorporó, tomó un silbato de su zurrón y lo hizo sonar con fuerza llevándoselo a los labios, cogió la honda con la que practicaba puntería en las numerosas horas muertas del pastoreo, y corrió siguiendo el rastro que el perro iba abriendo en el rebaño ante él. La sangre retumbaba en sus oídos, al ritmo que su corazón comenzaba a marcar para acompasarse a la carrera. Los aromas de la noche se mezclaban en su nariz con los provenientes del rebaño, inundando todo su sentido del olfato. ¿Qué clase de bestia podría alterar la quietud de una noche tan bella?

Al rebasar la última línea del ganado descubrió un buey muerto con una flecha en el cuello. Los ladridos de los dos perros sonaban un poco más lejos, perdidos en la espesura. El joven apretó más aún en su carrera. La bestia era una de dos piernas y dos brazos, pues aquella flecha era prueba de ello. La indignación y el enfado se iban apoderando de él conforme avanzaba en su camino. El sonido de los canes se hallaba ya próximo cuando descubrió una maza de madera de olivo tirada de cualquier forma. Sin duda el ladrón la había perdido en su huida; muy valiente para matar a distancia a un buey con una flecha, pero no tanto como para enfrentar a un perro cara a cara, ni siquiera con una maza en la mano. Continuó en su carrera hasta que vio a los dos perros ladrando furiosos en torno a un árbol de tronco regular. A mitad de camino hacia la copa había un hombre encaramado. Llevaba un carcaj en bandolera, y en el suelo se hallaba un arco que sin duda habría perdido en su poco honrosa y heroica escalada por el tronco.

– ¡Eh! ¡Aquí!

A la voz del joven, ambos perros cesaron en su actitud y caminaron dócilmente hasta él, sentándose a su lado. Se quedaron mirando al ladrón, mostrando los dientes de vez en cuando en señal de advertencia.

– ¿Quién eres? ¿Por qué has matado uno de nuestros bueyes? ¿Qué es lo que buscas aquí?

El fugitivo estaba ataviado de una forma extraña, y hasta allí abajo llegaba el olor que desprendía. No era raro que hubiera sido descubierto por uno de los perros, aunque hubiera tenido la precaución de colocarse en contra del viento frente al otro.

– ¡Responde a mis preguntas! ¡No haciéndolo sólo estás empeorando tu situación!

El ladrón permaneció en silencio, moviendo la cabeza de un lado a otro como en busca de una posible vía de escape.

– Muy bien, tú lo has querido.

El pastor tomó una piedra de mediano tamaño. No sería un impacto mortal, pero sí acabaría con la resistencia hipotética del asaltante nocturno. Éste, al ver lo que estaba a punto de pasar, trató de ponerse a cubierto tras el tronco del árbol. Pero su peso, el precario equilibrio, y una rama demasiado endeble para él, propiciaron su caída. El joven corrió hacia el ladrón, que se removía aturdido en el suelo. Usó las tiras de su honda para inmovilizarle las manos; la presencia intimidadora de los perros hizo el resto. En ese momento, Menetes llegaba a la carrera. Había acudido al oír la llamada del silbato del joven, dejando su propio rebaño pastando en una colina cercana.

– ¡ Euritión! ¿Qué es lo que ocurre aquí? ¿Todo bien? ¡Euritión!
– No te preocupes, todo está bajo control. Parece que hemos atrapado un ladrón.
– ¡Apesta!

Menetes arrugó la nariz mirando con desagrado al prisionero.

– Sí, no es muy grato estar a su lado.
– ¿Qué vas a hacer con él?
– Corre a la ciudad. Avisa a la guardia. El rey debe saber que tenemos ladrones extranjeros en nuestros dominios.
– ¿Extranjeros?
– O extranjero, o mudo. No ha dicho ni una palabra. Corre, muchacho, no te entretengas por el camino.
– De acuerdo, voy volando.

Euritión vio cómo Menetes se perdía camino de la ciudad. Luego volvió la mirada al extranjero que permanecía sentado apoyando al espalda contra el tronco del árbol del que había caído. Miraba con recelo a los dos perros que lo custodiaban vigilantes.

– Bueno, mi estúpido amigo. A ver qué es lo que hacemos contigo ahora. Mucho me temo que al rey no va a gustarle nada tu hazaña.

El extranjero miró su arco y las flechas, desparramadas tras la caída. Un brillo homicida pasó fugaz por sus ojos.

– Ya, ya…. Si las tuvieras en las manos, a la distancia suficiente… no tardarías en matarnos a los tres, ¿verdad?

Eritrión dio un suave capón en la coronilla del hombre, apenas un revoloteo en el largo y sucio cabello.

– No te enfades, hombre. El rey es un soberano magnánino. No te irá muy mal después de todo…

[continuará…]