Desde décadas atrás el progreso tecnológico viene no solo sustituyendo, también anulando la mano de obra, el trabajo y empleo de multitud de personas empleadas, sin que dicha deriva haya representado excesivo rédito a la clase obrera, trabajadora, empleada, más bien al contrario, por cuanto impide al acceso a la prestación de trabajo personal a cambio de una retribución para satisfacer las necesidades de la vida diaria, personal y/o familiar, además concentra el resultado, casi siempre en términos de beneficios, en favor de empresas y personas con más recursos.

La sociedad expuesta al devenir de las políticas económicas, junto al desarrollismo desaforado, y consumismo que hace rehén a la sociedad globalizada, no ha previsto la forma en que se pueda garantizar el reparto justo y acceso a los recursos básicos por toda la población, sin distinción de municipio, ciudad de cualquier zona del planeta. Tampoco lo ha hecho para solventar de modo digno el reparto o acceso al mercado laboral de las personas que están en posibilidad y necesidad de acceder a una ocupación.

Existiendo países, como EE UU entre otros, que alcanzan el nivel de “pleno empleo”, aunque no siempre, también existen otros territorios en los cuales resulta utópico hablar en los mismos términos. Si bien la práctica o experimentación de nuevas políticas, arriesgadas a veces, puede dirigirse a la evaluación, análisis y propuestas de nuevas acciones, que entre otras medidas contemplen el reparto de empleo, como factor de equilibrio de una sociedad cimentada sobre carencias estructurales, que está obligada a ofrecerse a sí misma nuevas soluciones a problemas viejos, nuevas iniciativas con el objetivo final de hacer posibles todos los sistemas públicos y privados de gestión. Cualquier resultado, brillante o no, viene precedido de una acción o realización, que siempre entrañó riesgo.

La reducción porcentual, limitada, en márgenes razonables, de la jornada de trabajo al conjunto de empleados, y lo que pudiera significar dicha medida, puede favorecer la creación de empleo en unas proporciones que nos situarían en términos de empleo en una nueva dimensión. Siendo cierto que sólo desde apuestas serias, no ocurrencias, se obtienen resultados y no hipótesis.

Mantener y mejorar, como principio, derechos es la aspiración de cualquier persona empleada, como lo es que esos derechos se vean apuntalados por  un reparto que entrañe, empleo, cotización, recursos, vida digna, oportunidades, prestaciones, pensiones, sanidad, educación… y por qué no,  la felicidad de ser parte de una sociedad civilizada y comprometida con el bienestar común.

Luciano Cabrera Gil