Tenemos suerte de vivir en el país donde la responsabilidad y la culpa de todo lo menos bueno, incluso de lo malo, siempre es de otros.

Que el sistema de salud no es óptimo, pues nada más alentador que ver declaraciones de profesionales culpabilizando a la Administración de turno.

Que la Educación no pasa por su mejor momento, fácil de comprender pues a juicio de los Profesionales de la Enseñanza es culpa del sistema educativo y de los padres.

Que la Dependencia o Servicios Sociales no llegan hasta el infinito, nada más sencillo que por parte de los Profesionales del Sector señalen a la Autoridad Autonómica o Gobierno Central, según interese.

Que el tráfico arroja estadísticas vergonzantes, nada más entretenido que escuchar a los Cuerpos de Seguridad reclamar más efectivos.

Que la tasa de desempleo no disminuye, como sería deseo de todos, pues responsabilizamos a quien convenga. Bueno, corrijo, siempre y de todo a los políticos, que bastante tenemos, aún habiendo más implicados.

Estamos en el tiempo de las nuevas tecnologías, que deben servir para el progreso, sin pasar por alto la solidaridad y la humanidad, en todas las esferas de la vida.

En algún momento tocará examinar y valorar de forma nítida y objetiva el grado de responsabilidad de cada colectivo en el buen o regular funcionamiento y resultados de cada uno de los servicios.

Así con todo. Hasta que empecemos a practicar la difícil tarea de poner siempre y todos lo posible de nuestra parte para hacer una sociedad mejor, unos servicios públicos envidiables, unos sistemas económicos y de gestión sostenibles. Todos somos responsables, aunque en distinto grado, de que el conjunto de servicios, derechos, obligaciones, y la vida en cada uno de los pueblos y ciudades, no alcance el mayor grado de satisfacción general. Así pues, como tenemos tiempo, a partir de este momento, ya podríamos empezar, pero, eso sí, partiendo del respeto y la ambición como principios.

Luciano Cabrera Gil
Septiembre 2018