Si un ataque de “sentido común” no lo remedia en el último momento, todo parece indicar que los concejales de Pozoblanco tendrán que votar en los próximos días si aceptan que se cambie el uso establecido por la normativa urbanística local para determinadas parcelas próximas a La Salchi. Todo ello para permitir la edificación de un supermercado Mercadona y, parece ser, una serie de locales anexos. Un centro comercial, para que nos entendamos. Parece claro que se trata de decidir si se admite la petición de una empresa privada para que unos terrenos que están clasificados como de uso residencial pasen a admitir un uso comercial.

Hasta aquí, todo parece bastante claro. Está claro el legítimo interés empresarial, y parece claro que es el Pleno quien tiene que decidir si ese interés particular puede compaginarse con los intereses generales de Pozoblanco. ¿Por qué, entonces, tanta polémica? ¿Por qué desde el Ayuntamiento se plantea como legalmente inevitable acceder a esta petición? ¿Significa eso que si un hostelero solicita que se cambie la norma para poder utilizar como terraza los sábados toda la vía pública estamos obligados a aprobarlo? ¿Si una empresa constructora pide que se cambie la norma para poder edificar cuatro alturas donde sólo se permiten dos deberá el Ayuntamiento cambiar la norma? Vamos a dejarnos de enmarañar y de decir tonterías, que este tema es demasiado importante. Son los 17 concejales electos que forman el Ayuntamiento de Pozoblanco quienes tienen que decidir, libremente y después de contar con la información necesaria y de haber escuchado todas las opiniones, si aceptan o no el cambio de la norma. Y su decisión, sea la que sea, será totalmente legítima, completamente legal.

A pesar de que hace algún tiempo los entonces representantes del PA en el Ayuntamiento de Pozoblanco respondieran a unas declaraciones mías negando la existencia de modelos urbanísticos derivados de la actividad comercial, indudablemente existen. Porque la actividad económica influye de forma muy directa en la conformación de la ciudad moderna.

En las ciudades tradicionales, las actividades económicas podían estar mezcladas en un mismo entorno urbano. No era extraño encontrar en un mismo barrio, incluso en una misma calle, espacios comerciales, artesanales y residenciales. La Revolución Industrial marcó importantes cambios sociales que tuvieron un gran impacto en el urbanismo, en el modelo de ciudad. Las necesidades de los nuevos modelos de producción, con grandes fábricas que atraían a un gran número de trabajadores, dieron lugar a la implantación de industrias en la periferia, ligadas a la antigua ciudad a través de extensos barrios obreros. Comunicaciones, servicios y estructuras viarias fueron lentamente adaptándose a esta nueva realidad. El cambio de modelo económico trajo consigo un cambio en el modelo de ciudad.

Pero ¿qué sucede con el comercio? ¿También el cambio de modelo comercial puede suponer una transformación en nuestro modelo urbanístico? Este es un problema que ha preocupado a los urbanistas fundamentalmente desde la segunda mitad del siglo XX. Resumiendo mucho, podemos decir que en esos momentos la estructura de las ciudades mediterráneas podía dividirse en tres espacios bien definidos: un centro “histórico” en el que el uso residencial convivía con espacios comerciales y “de negocios” cada vez más pujantes; un área urbana de carácter fundamentalmente residencial, con menor concentración comercial; y, finalmente, un extrarradio en el que se localizaba esencialmente la actividad industrial (los polígonos industriales).

Frente a este modelo, en los países anglosajones (y fundamentalmente en los Estados Unidos) se imponían las grandes áreas residenciales en el extrarradio que tan bien conocemos a través del cine y la televisión, y los grandes centros comerciales más allá de la zona residencial. Este modelo, muy diferente al tradicional del área mediterránea, fue colándose en nuestras ciudades por eso de la globalización. Y la transformación de nuestro tradicional modelo urbanístico acarreó nuevos problemas. En primer lugar, la gran dificultad que supone dotar de servicios a estos barrios extensos, alejados y difíciles de comunicar con el centro. Ahí está el problema de las parcelaciones cordobesas, un ejemplo de corrupción en el planeamiento de este nuevo modelo. Pero además, la concentración de los nuevos focos de atracción comercial en el extrarradio comenzó a provocar la despoblación de unos centros históricos que perdían a pasos agigantados su función comercial y de negocios. Perdían, en definitiva, el que hasta entonces había sido su motor, su propia razón de ser.

Para hacer frente a este segundo problema, en nuestras ciudades se comenzaron a buscar soluciones imaginativas. Una de las más interesantes es, sin duda, la creación de los Centros Comerciales Abiertos. Se partía del reconocimiento de que los avances sociales han provocado unos cambios en los hábitos de consumo contra los que resulta inútil luchar: queremos encontrarlo todo concentrado en un mismo espacio. Por ello, se intenta reproducir en el centro histórico, en la zona comercial tradicional, el modelo de centro comercial con servicios comunes, espacios comerciales y de ocio en un entorno agradable y más acorde con nuestra cultura y nuestra climatología. Teniendo en cuenta la configuración general de nuestras ciudades históricas, con calles generalmente estrechas y retorcidas, esta recuperación del centro basada en el comercio suele acompañarse de la peatonalización de diferentes áreas. Volviendo al ejemplo cordobés, se comenzó con parte de la Avenida del Gran Capitán y el eje Gondomar – Concepción, para continuar más recientemente con el área de Las Tendillas y la calle Cruz Conde. De forma que hoy, a pesar de la existencia de grandes centros comerciales en el extrarradio, el centro comercial de Córdoba está mucho más vivo que hace un par de décadas, cuando se encontraba en franca decadencia.

Y ¿qué tiene esto que ver con el caso de Pozoblanco? En mi opinión, mucho. En Pozoblanco tenemos una normativa urbanística que, en líneas generales, defiende el modelo que podemos llamar “mediterráneo”. Las áreas comerciales están planificadas junto a las residenciales, y se pretende potenciar el Centro Comercial Abierto. Lo que ahora solicita una empresa privada es que nuestro Ayuntamiento modifique parte de nuestro planeamiento urbanístico para permitir el uso comercial de un espacio que la norma dice que debe ser residencial. Una pretensión totalmente legítima, a la que nuestros representantes en el Ayuntamiento deben responder. Porque lo que nos piden no es que concedamos una licencia conforme a derecho. Lo que nos piden, repito que legítimamente, es que cambiemos la norma para que ellos puedan establecer en la zona de La Salchi un centro comercial. Y eso supone un cambio en nuestro modelo no sólo comercial, sino también urbanístico. Algo que tenemos que pensar bien, informarnos de los pros (que los hay) y los contras (que también los hay) y adoptar una decisión que, en cualquiera de los casos, tendrá unas consecuencias muy importantes. Sobre todo en el caso de acceder a modificar la norma, porque provocará unos cambios irreversibles en nuestro pueblo. Sin posibilidad de vuelta atrás.

En Pozoblanco no tenemos capacidad para crear y mantener dos grandes focos de atracción comercial, como serían el nuevo centro comercial de La Salchi y el área Mercado – Calle Mayor. ¿O es que pensamos que podremos realizar en el centro, antes de que sea tarde y el comercio haya huido hacia el norte, una actuación de la envergadura de la puesta en marcha en el centro de Córdoba en los últimos 20 años? No es que sea una ilusión; es que es impensable. La implantación de un centro comercial en el norte de la población tendría unos efectos muy negativos en el centro para los que, en su caso, habría que ir buscando soluciones. Y es el Pleno del Ayuntamiento de Pozoblanco quien está capacitado para decidir. Es el Pleno quien debe decidir si acepta o no cambiar nuestra norma para permitir el uso comercial de esas parcelas. Intentar esconderse detrás de argumentos supuestamente legales no es más que engañar de forma muy poco transparente a la ciudadanía. Porque es tanto como admitir que los legítimos intereses de una empresa privada son los que gobiernan nuestro pueblo.

Personalmente, estoy en contra de esta modificación de uso del suelo que, además de todo lo dicho, volvería a impulsar el desarrollo de la parte de nuestro pueblo que siempre ha sido más favorecida, en detrimento de otros barrios casi siempre abandonados a su suerte y del propio centro histórico y comercial. Pero reconozco que si tuviera que votar en el próximo pleno necesitaría más información, escuchar más opiniones, pensarlo más. No sólo porque esta actuación podría crear puestos de trabajo, o afianzar la situación de Pozoblanco como centro comarcal, sino también porque creo que hay que responder de la mejor forma posible a las necesidades de una empresa afincada en nuestra localidad. Eso sí: hay que buscar la mejor forma… que muy posiblemente no sea esta. Y, sobre todo, dejándonos de engaños y olvidando esa frase de que tenemos que votarlo, y hacerlo afirmativamente, porque la ley lo permite. No es cierto que tengamos que justificar legalmente el posible cambio de la norma; lo que sí tendríamos que justificar con mucho cuidado es la decisión de cambiar los usos del suelo a instancias de un particular. Seamos serios y reflexionemos porque es mucho lo que nos jugamos todos.

 Juan Bautista Carpio Dueñas