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’17 naciones en España’, por Juan Ferrero

“Se ha presumido mucho de que España fue un modelo a seguir en su transición de la Dictadura a la Democracia…”. Una opinión de Juan Ferrero.

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Bandera de España

Se ha presumido mucho de que España fue un modelo a seguir en su transición de la Dictadura a la Democracia. Incluso se ha llegado a decir que ello se debió -en parte- a la madurez del pueblo español. Y todo porque se pasó de un modelo a otro sin repetir la guerra civil. Pero eso no fue así exactamente.

Tras la terminación de la guerra, el bando vencedor fue eliminando cualquier residuo o brote de ideología que se opusiera al régimen impuesto por el dictador.

Con el camino libre de obstáculos para Franco y para quienes lo sostuvieron, comienza el caminar de una España donde sus ciudadanos, durante casi  40 años, viven desde su nacimiento, adoctrinados, atemorizados, enmudecidos y, mentalmente, alienados.

Con estas mimbres, ¿qué cesta se podía hacer a la muerte del dictador?

Puede decirse que con esas brasas no había fuego suficiente para encender la llama de una revolución u otra guerra civil. Y no solo eso, sino que el pueblo aceptaría sin rechistar, cualquier constitución que se redactara. De hecho, habría que preguntarse de entre los millones que votaron la Constitución con un sí, cuántos se la habían leído.

Por otra parte, a la hora de redactar una constitución que sirviese de base al ineludible establecimiento de la democracia, los distintos sectores de los grandes poderes económicos (las burguesías independentistas, los terratenientes, el capitalismo, el mundo de las finanzas bancarias, etc.), exigieron que resultara una constitución ventajosa para sus respectivos intereses; añadiendo a esto, las prisas y los agobios por sacar adelante este proyecto.

Para no complicarse mucho la vida, los siete “padres” que confeccionaron ese listado de normas que regularía nuestra convivencia, fueron recogiendo todas las anteriores demandas. Una de esas exigencias fue que España tenía que dividirse en comunidades y con un tratamiento especial para Cataluña y Las Vascongadas, aludiendo para ello a una falsa o trasnochada diversidad histórica de estas dos regiones.

Y este es el origen de que España ahora se considere una nación de naciones.

Se argumentó en su día que esta división en autonomías serviría para evitar el centralismo y acortar la distancia entre gobernantes y gobernados, y conseguir la igualdad administrativa entre todos los españoles.

Pero los resultados han sido otros. En vez de un centralismo, tenemos 17 centralismos (las respectivas capitales de las autonomías); las desigualdades entre las regiones han aumentado y para qué contar los conflictos administrativos creados a los españoles entre las distintas autonomías. Para lo que sí ha servido esta división de España en comunidades autónomas ha sido para poner alas de largo alcance a las camarillas burguesas camino de sus aspiraciones separatistas.

Está en el sentir de muchos españoles la eliminación y cambio de las autonomía por el antiguo centralismo de Madrid, capital de España y sede del Gobierno y Administración de nuestra nación, porque, además de otros inconvenientes, un país como España, con una extensión de algo más de medio millón de kilómetros cuadrados, no puede soportar la existencia de 17 gobiernos con todo lo que ello supone. Cada consejero de esos gobiernos autónomos (equivalente a ministro) arrastra toda una incontrolable cadena de innumerables cargos y personal; cargos y servicios algunos de los cuales se duplican en las diputaciones provinciales y luego en las mancomunidades comarcales, produciendo de este modo una innecesaria y voluminosa sangría económica al estado español.

En cualquier caso, en lo que sí parece que hay coincidencia mayoritaria es en que, sin necesidad de tener que reformar la Constitución, el gobierno central tendría que recuperar con urgencia algunas competencias como enseñanza, sanidad, servicios sociales y cuerpo de seguridad dependientes ahora de ciertas autonomías.

Juan Ferrero

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Cultura

Hablando de presentaciones de libros, de Cultura y de Los Pedroches

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Hablando de presentaciones de libros, de Cultura y de Los Pedroches

Quizás, para la librería 17 Pueblos, todo empezara con aquel encuentro de escritores de Los Pedroches que tuvo lugar en abril de 2015 en Pedroche. Allí, una de las críticas más escuchada era el poco interés a nivel institucional y cultural en Los Pedroches para uno de los pilares fundamentales de la Cultura, los escritores y escritoras de esta tierra. Y tenían razón quienes lo decían, salvo contados casos.

Nueve años después, 17 Pueblos seguimos aportando nuestro granito de arena para evitar este desinterés.

Félix Ángel Moreno Ruiz, escritor de Pozoblanco, ha publicado una nueva novela, “Un crimen de barrio“. Estos días, la ha presentado en tres municipios de Los Pedroches, en Alcaracejos, en Torrecampo y en El Viso, y 17 Pueblos le ha acompañado. Hay que agradecer la disponibilidad de estos ayuntamientos para acoger este tipo de actividad.

Eso sí, de alguna forma habría que dar a entender que una presentación de un libro no es un “charlatán que te quiere vender algo“. Una presentación de un libro es una actividad cultural, donde gente “de la cultura” habla sobre un tema, intercambia impresiones con el público, donde el que va siempre aprende y comparte. No es obligatorio comprar un libro.

Quizás haya que cambiar el concepto, amoldar el continente, para darle más importancia al contenido. Es difícil entender cómo las personas que forman parte de un club de lectura no acuden a estos eventos, es difícil entender que una parte de la gran cantidad de lectores que existen no se interesen por estos momentos de charla literaria. Algo falla y algo debemos hacer todos por remediarlo.

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‘Caminata a la lucha y la reivindicación’, por Francisco Carrillo

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'Caminata a la lucha y la reivindicación', por Francisco Carrillo

Caminante, no hay camino, se hace camino al andar (Antonio Machado)

Aunque ya lleva un corto camino recorrido, el jueves noche, en claro acuerdo con la luna llena, la plataforma “Unidos por el Agua” escenificó su primer acto tras su legal constitución. Al atardecer de El Viso, aunando el sol poniente y la luna naciente, se congregaron un par cumplido de cientos de personas de toda edad, condición y procedencia en extramuros para una caminata. La aspiración era clara y sencilla: dar visibilidad a la plataforma, hacer ejercicio sano, comer un bocadillo en comunión reivindicativa y disfrutar de nuestro cielo con una luna espectacular.

Y el destino de ella, como todas las cosas importantes de la vida, sin nombrarlo, era la razón de nuestra procesión de zapatilla y mochila. Su nombre reverbera, una y otra vez, en las conversaciones de Los Pedroches y, supongo, el Guadiato: La Colada. El pantano olvidado, rescatado de ese pozo para intentar convertirlo en lugar emblemático de disfrute de la naturaleza y al que la realidad, que todos conocíamos y nadie quería reconocer, lo empujó a la sima del oprobio público: su agua está contaminada, incompatible en parte con la vida.

Pero aún así, anoche a su vera, en una orilla oscura como nuestro futuro, aún así, esa agua está salvando al norte de la provincia. Y de alguna forma a sus representantes, pues si la suerte de la Colada hubiera sido la misma que Sierra Boyera, se podría asegurar que los centenares de anoche serían miles muy cumplidos. Quizá coléricos. Quizá envalentonados con el arrojo del que nada más tiene para perder.

Ayer salía la noticia de que Andalucía aún tiene 4500 millones de euros de fondos europeos sin ejecutar. Si esto es así, se me ocurre de primeras un par de actuaciones imprescindibles, urgentes y justas en los Pedroches y Guadiato. Tenemos una ruina encima y, aunque el dinero no la pueda reparar en su totalidad, si puede ayudar a que sea, al menos, soportable.

Hago desde aquí un ruego a todos nuestros representantes políticos para reunirse ya, armarse de buena voluntad y hacer, de una buena vez, algo por una tierra secularmente olvidada y castigada.

Por favor.

Francisco Carrillo Regalón

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‘La moral de las naranjas’, por Juan Ferrero

“Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende”

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Naranjo, naranja

El pueblo es pequeño, pero tiene una plaza cuadrangular, amplia, rodeada en su interior por alegres naranjos, así como en todas las calles que a ella afluyen. Anualmente, el Ayuntamiento recolecta la dulce fruta y las invierte en algún objetivo municipal. Esta temporada, tras un referendo entre sus vecinos, se ha acordado por unanimidad, y así se ha recogido en un decreto de la Alcaldía, que el dinero conseguido con la venta de las naranjas irá a amortizar todo o parte de la colocación en el centro de la plaza de una fuente que la embellezca aún más.

El decreto se toma como ley y quien la incumpla será multado.

El hombre que atiende el quiosco de la plaza es persona honrada, de principios cívicos, y ve acertado el proyecto al que los vecinos se han comprometido.

Mas pasando el tiempo, observa que algunos vecinos, incumpliendo el compromiso contraído, van cogiendo naranjas para su beneficio particular.

La cogida de naranjas, poco a poco se va haciendo generalizada.

El hombre del quiosco comprueba, primero sorprendido y después indignado, cómo las naranjas van desapareciendo sin que ninguna autoridad haga algo para evitarlo. Es cierto que la policía municipal ha tomado algunos nombres para justificarse y enviado las correspondientes denuncias; pero luego el Alcalde no las tramita ni les da curso, porque cada vecino multado supondría la pérdida de votos de una familia en las próximas elecciones locales.

El quiosquero, sentado en el interior de su habitáculo, mira a la plaza y reflexiona:

Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende de las circunstancias y las circunstancias son que de forma democrática y por unanimidad los vecinos se comprometieron a no coger naranjas para provecho propio y particular. El Alcalde este acuerdo lo hizo ley y la ley es necesario cumplirla y quien así no lo haga deberá recibir una sanción por el perjuicio producido a la colectividad.

Pero si los vecinos se sirven naranjas cada cual a su aire y el Alcalde no vigila ni sanciona, ¿cómo proceder?

Él es un hombre cumplidor de los acuerdos, que respeta la ley; una persona honrada, y aunque todos obren de modo contrario, tiene que mantenerse fiel a sus principios.

Sin embargo, por otra parte, ¿a quién perjudicaría si él también tomara algunas de las pocas naranjas que aún quedan…?

Pero no.

El quiosquero se entristece al constatar una vez más que en nuestra sociedad las personas decentes siempre salen perdiendo y los que no respetan nada y actúan saltándose las leyes y actuando de modo egoísta en beneficio propio con perjuicio para los demás, son lo que, a la larga, suelen quedar beneficiados.

Y ocurrió que el hombre del quiosco, honrado y cumplidor de las leyes democráticas se quedó sin naranjas y el pueblo se quedó sin fuente en la plaza.

Juan Ferrero

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