En-Red-Ando
Contamos una historia de la Navidad de 1936 que pasó en Los Pedroches
Floren Dimas escribió en 2010 “Una historia de Navidad“, recoge un testimonio real y parte de ella se desarrolla en Los Pedroches.
Ahora, queremos recordarla. Además, el propio autor está “encantado de que se amplíe la difusión de aquella bonita y triste historia“, según nos dice al ponernos en contacto con él.
Diecinueve de diciembre de 1936.
Nevaba en Minas de Hellín. Lola estaba a punto de salir de cuentas, pero era tal el deseo de ver a su marido, al que no veía desde el verano, e intentar compartir con él el trance de alumbrar una nueva vida, que desoyendo los ruegos de su familia, recogió en un gran fardo la ropa imprescindible, la manta, un montón de tiras de sabanas viejas a modo de pañales, y con una cesta de mimbre en la mano, de aquellas que llamaban “de ferroviario”, con alimentos para el camino, se subió al tren en Hellín con un billete hasta Alcázar de San Juan, encomendándose por dentro a la Virgen del Rosario, mientras apretaba contra su pecho la taleguilla con el poco dinero que pudo disponer para el viaje, y un salvoconducto expedido por la comandancia militar de Hellín, en el que podía leerse: “Autorización para realizar el trayecto Albacete-Alcázar-Peñarroya, hasta zona de guerra de los Pedroches”, expedido a nombre de Dolores Fuentes López, de veinticuatro años, natural de Minas de Hellín (Albacete), estado: casada.
A pesar de la guerra, o precisamente, como consecuencia de ella, el tren iba abarrotado, apiñándose en los destartalados vagones, soldados, milicianos, guardias de asalto, mujeres, niños, gallinas, maletas, colchones enrollados, y cestos a buen recaudo de curiosos, con legumbres y embutidos, hurtados al control de los policías de retaguardia. La lluvia golpeaba en los cristales, y la falta de calefacción se compensaba con las apreturas entre los viajeros, lo animado de los bulos y rumores, pero sobre todo, con la ilusión de ver pronto a su Pedro de su alma, del que la única noticia que tenía, era la carta que por septiembre le escribió, por la mano servicial del miliciano de la cultura de su compañía.
Viendo su estado, los compañeros del departamento se prensaron un poco más, para no molestar al abultado vientre de Lola, dirigiéndole frases de ánimo y hasta ofreciéndole -solo a élla- algunas de las pocas viandas de las que, casi con pudor, iban consumiendo a lo largo de un viaje, que parecía hacerse interminable por las innumerables paradas, bien para dejar pasar a trenes militares, o para recargar de presión las calderas de la vieja locomotora, obligada a un esfuerzo casi imposible.
Alcázar, Manzanares, Ciudad Leal, Almorchón… de pronto, alguien gritó: “¡Aviación, aviación!”, mientras el tren se detenía bruscamente en el caos más absoluto, los vagones se desalojaron en medio de gritos, lamentos y maldiciones, aprisionándose los viajeros en las puertas, soltando los más débiles, paquetes y maletas que no podían llevar consigo, ante el riesgo de que las bombas les viniesen encima, en su empeño por conservar sus pequeños tesoros de subsistencia. Falsa alarma. Lola se había llevado el susto más grande su vida; nunca olvidaría las expresiones de enfado o las lágrimas de los que, al regresar a su vagón, echaron de menos algún cesto o maleta. Por suerte, algunos de sus acompañantes abrieron paso a Lola hasta la puerta al escucharse la alarma, sin que hubiese peligrado con tanta carrera, la criatura que llevaba dentro. El tren arrancó de nuevo, mientras los pasajeros oteaban el cielo nublado, temerosos de que los aviones facciosos se fijasen en aquel tren renqueante, que intentaba atravesar las sinuosidades de la Sierra Morena, estacionándose en los túneles de día y reemprendiendo la marcha al oscurecer. Habían transcurrido dos días desde su partida de Alcázar de San Juan.
Veintiuno de diciembre.
A la lluvia sucedía ahora la nieve, visible en los montes circundantes. Las mantas pronto comenzaron a salir de los fardos y maletas, para protegerse del frío siberiano que entraba por todas las rendijas. Lo abigarrado del pasaje, no permitía a Lola abandonar su asiento para estirar las piernas en las estaciones, por miedo a perderlo, salvo en contadas ocasiones, gracias a personas compasivas que se lo guardaban, intentaban hacerle menos incómodo el viaje; entonces, aprovechaba para abrir la cesta de mimbre, lejos de miradas ajenas para comer algo, más pensando en su bebé que en élla misma y reservando para Pedro, los fiambres que su madre y su suegra, le habían preparado con tanto amor y cuidado. El tren pasó casi todo el día, parado ante la boca de salida de un túnel, mientras los pasajeros se entretenían en levantar la vista, divisando el paso de aviones que andaban buscándolo, sin duda.
Veintidós de diciembre.
“¡Peñarroya-Pueblo Nuevo!”, final de trayecto. Más al sur, se interrumpía la línea por el frente. Estando instalado en la población el mando republicano de un importante sector estratégico, la pequeña estación estaba sumida en un compacto hormigueo de militares y civiles, bultos, pertrechos de guerra, mulos, carros y camionetas. Cientos de personas se movían de un lado para otro, con expresión de saber bien a donde dirigirse, todos, menos aquella joven embarazada que preguntaba con angustia a todo el mundo “¿Alguien sabe como llegar a Los Pedroches?”, recibiendo siempre una respuesta negativa. Poco a poco, la estación se fue despejando, mientras una lluvia intensa y helada, convertía en un barrizal la explanada, en donde un grupo de milicianos, terminaban de cargar la última camioneta con cajas de munición y barriles de vino. Al reparar en aquella muchacha solitaria, el militar que dirigía la operación, le preguntó qué hacía allí en aquel estado. “¿Los Pedroches?, ¡pero si nosotros vamos allí, venga, suba a la cabina!”. Lola vio el cielo abierto y agradeció secretamente a la Virgen del Rosario, aquel nuevo favor, mientras pasaba bajo el toldo a los soldados, el empapado fardo con sus pertenencias.
“Me llamo Vicente y soy de Valencia”, se presentó el joven militar. Lola le correspondió contándole entonces el motivo de su viaje. En cubrir el largo viaje por infernales caminos bacheados y embarrados, se invirtió casi hasta el atardecer mientras Lola, apretada entre Vicente y la caja del motor, se sujetaba amorosamente el vientre, mirando de reojo al oficial, que la observaba sonriente y la animaba de vez en cuando. Entre zarandeos y paradas sin cuento, se hizo de noche, alojándose precariamente en una venta del camino, pues en Pozoblanco, no cabía ni un alfiler.
Veintitrés de diciembre.
A media tarde, por fin la camioneta llegó a Pedroche, primer pueblo de la comarca cordobesa de Los Pedroches, subiendo a duras penas las últimas cuestas, hasta llegar a la plaza de Ayuntamiento. Ya no llovía y Lola esperó sentaba frente al ayuntamiento, en donde se había instalado el mando militar de aquella zona. Bajo aquel sol tibio, recordaba las últimas palabras del oficial republicano “Voy a mirar a ver si alguien conoce el destino de su marido”. No hubo de esperar demasiado, pues al poco salió el teniente con una abierta sonrisa: “Ha tenido suerte, su marido está aquí cerca arrestado y veré para que mañana lo dejen venir a verla”. Tras tantos días de ansiedad, cansancio, ilusión y angustia, Lola sintió ahora una alegría indescriptible. “Vamos a la plana mayor, que veremos de alojarla como se pueda”, dijo Vicente. Y allí pasó aquella noche, en un almacén, entre envases de madera y fardos de paja, sola, pero dando gracias y disfrutando de aquella bendita casualidad, como si del más cómodo y elegante dormitorio se tratase. Por fin pudo dormir tranquila, sin otra zozobra que la incógnita de aquel futuro presidido por los avatares de la guerra.
Veinticuatro de diciembre. Nochebuena.
Mientras en el exterior seguía nevando intensamente, se abrió la puerta y una voz conocida la despertó, era Pedro.
Castigado a quince días de “recargo en el servicio mecánico” por dormirse en una guardia, eufemismo que equivalía a trabajar cortando leña todo el día, mientras el frente estuviese tranquilo, su capitán le había permitido pasar un día entero con su mujer, al enterarse de su estado. Pasaron todo el día abrazados, casi sin poder decirse nada, tal era la emoción que ambos sentían al verse tan cerca, por primera vez desde que comenzó la guerra.
Aquel gélido día, Pedroche era un hervidero de actividad, porque se esperaba una ofensiva fascista, y todas las casas estaban ocupadas con soldados y milicianos en reserva. Pedro y Lola, anduvieron buscando con angustia un lugar en donde pasar la noche, cuando ésta comenzó a sentir las primeras señales de un parto que podía estar cerca. Al encontrarse casualmente con el teniente de la estación de Pozoblanco, y enterarse del problema, éste desalojó un pequeño granero en donde descansaba un pelotón de milicianos, y mandó a avisar al alcalde para que alguien del pueblo ayudase a Lola en el parto. Después todo sucedió muy rápido; la oportuna colaboración de varias mujeres del pueblo, afanándose en una labor para la que estaban acostumbradas, produjo el pequeño milagro; el primer llanto del bebé llevó la tranquilidad a todos, y una felicidad infinita invadió a Lola, al tener entre sus brazos aquella tierna criatura, y al tener su lado a su marido, contemplando a ambos contenta, tras un parto rápido y feliz. Alguien entró en la estancia con una botella de anís, y aunque las normas del gobierno no veían con buenos ojos que se festejase la Navidad, todos se felicitaron, y pronto comenzaron a llegar vecinos y milicianos, compartiendo algunos dulces entre copita y copita, deseándose una feliz Nochebuena y brindando por la felicidad del niño y de los padres, y por una pronta victoria sobre los fascistas. No sirvió de nada que un miliciano entrase diciendo de parte del sargento, que cantasen otra cosa que no fuesen villancicos, o que lo hiciesen más bajo, porque finalmente en aquella sala de parto improvisada, todos cantaron a plena voz a la Navidad, al niño Jesús y a los ángeles y pastores. El sargento cruzaría los dedos para el comisario no se enterase.
Noviembre de 1997, sesenta y un años después.
Sentado ante una grata chimenea de la casa de Dolores, en la diputación de Zarcilla de Ramos, Lorca, recordaba con emoción y haciendo gala de una memoria prodigiosa, hasta los más mínimos detalles de aquella Nochebuena en Los Pedroches. Aquella madrugada voces de alerta sonaron por todo el pueblo: “¡A formar, los fascistas atacan! ¡Generala, generala!”. Lejos se veían los resplandores y se escuchaba el trueno de las explosiones, llenando la noche azulada por la nieve, de negros presagios. Pedro se abrazó a Lola, entre lágrimas y palabras de ánimo y esperanza al despedirse apresuradamente, y allí quedaron Lola y Pedrito, rodeados de aquellas matronas serviciales, intentando consolarla con la esperanza de que pronto terminase aquella maldita guerra, para que pudieran reunirse de nuevo en paz.
La guerra acabó tres años más tarde.
Aquella Nochebuena, la de 1936, sería última vez que Lola tendría a Pedro entre sus brazos. Muchos años más tarde, sabría que cayó abatido por una bala fascista, en algún lugar de la comarca de los Pedroches. Dolores volcaría toda su pena y todo su amor, en sacar adelante a Pedrito, y hacer de él un “hombre de provecho”, el mismo que se despidió de mí con un fuerte abrazo, sin poder contener las lágrimas, después de haber escuchado conmigo aquel relato inolvidable de su madre.
Los miré por el retrovisor al dejar atrás el pueblo. A mí también la vista se me nubló.
Floren Dimas
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‘Tomás Rodríguez, ¿el burgués ‘rojo’ de Pedroche?’, por Francisco Sicilia
Francisco Sicilia Regalón, cronista oficial de Pedroche, ha publicado un artículo bajo el título “Tomás Rodríguez, ¿el burgués ‘rojo‘ de Pedroche?“, donde desgrana la vida de Tomás Rodríguez de la Fuente (1883-1940), de Pedroche.
Comienza diciendo que “no es muy frecuente el caso de que el industrial más importante de un pueblo sea al mismo tiempo el referente de la izquierda en esa localidad”. Y es que, en Pedroche, “esta circunstancia se da en la persona de Tomás Rodríguez de la Fuente, un empresario del sector eléctrico, presidente del Frente Popular y aglutinador de los diferentes partidos obreros en el municipio”.
El artículo está publicado en la web Pedroche en la Red y se puede acceder al documento directamente haciendo clic aquí.
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¿Qué montes de Los Pedroches aparecen en el primer Registro de Montes Públicos de Andalucía?
El Boletín Oficial de la Junta de Andalucía (BOJA) ha publicado la Orden de 30 de junio de 2026, de la Consejería de Sostenibilidad y Medio Ambiente, por la que se da publicidad a la nueva relación de montes que integran el Registro de Montes Públicos de Andalucía (RMPA), un inventario exhaustivo que emana y es uno de los primeros frutos de la aplicación de la Ley 3/2026, de 13 de marzo, de Montes de Andalucía (LEMA).
Esta Ley establece en su artículo 12 que el RMPA es “un inventario de carácter administrativo en el que se inscriben todos los montes del territorio andaluz pertenecientes a cualquiera de las Administraciones o entidades públicas, tanto los de dominio público como los patrimoniales”. A la entrada en vigor de la Ley, el pasado 9 de abril, este nuevo registro viene a reemplazar al antiguo Catálogo de Montes de Andalucía, de manera que la nueva denominación evita confusiones y establece una distinción clara entre los montes de carácter demanial y los patrimoniales, cada uno con su régimen jurídico propio. También se unifica el sistema de usos y aprovechamientos, así como las normas de deslinde y recuperación posesoria.
Estos son los montes de Los Pedroches que aparecen en este nuevo registro:
| Municipio | Denominación | Titular |
| Belalcázar | Malagón o Dehesa de Malagón | Ayto. de Belalcázar |
| Belalcázar | El Mesto | Ayto. de Capilla |
| Cardeña | La Vegueta | C.A. de Andalucía |
| Cardeña | Yegüerizo | C.A. de Andalucía |
| Conquista | Dehesa de Conquista o Quebradillas | Ayto. de Conquista |
| Conquista | Desmontados de la Villa | Ayto. de Conquista |
| Dos Torres | Los Llanos | Diputación de Córdoba |
| Hinojosa del Duque | Fuente La Zarza | C.A. de Andalucía |
| Hinojosa del Duque | Las Aguanosas | C.A. de Andalucía |
| Hinojosa del Duque | La Dehesa | Ayto. de Hinojosa del Duque |
| Pedroche | La Dehesa | Ayto. de Pedroche |
| Pozoblanco | Dehesa Boyal | Ayto. de Pozoblanco |
| Pozoblanco | Pedrique | Ayto. de Pozoblanco |
| Santa Eufemia | Sierra y Anejos o Los Baldíos | Ayto. de Santa Eufemia |
| Santa Eufemia | Los Accesos | Ayto. de Santa Eufemia |
| Vva. del Duque | Matas Hermosas | C.A. de Andalucía |
| Vva. del Duque | Dehesa Boyal | Ayto. de Vva. del Duque |
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¿Conoces la estela de guerrero encontrada en El Viso?
En 1976, Alejandro García Galán, en nombre de Santiago Serrano Sánchez, donó al Museo Arqueológico Nacional una estela, la de la imagen de cabecera. Declaró que apareció en la Encomienda de Madroñiz, Predio Salao, en el lugar denominado “Cabeza de la Reina”, a la derecha del río Zújar, no lejano de la estación de ferrocarril de Belalcázar, en el término municipal de El Viso.
Se trata de una estela de 121 cm de alto, 39 cm de ancho y 20 cm de grosor, y está realizada sobre un bloque de cuarcita de color pardo y forma rectangular. De su hallazgo solo se sabe que fue sacada por las rejas de un tractor y abandonada en el lindero de una finca. La parte superior está biselada a ambos lados, terminando en punta, y todos sus lados tienen las aristas alisadas. Los grabados se realizaron mediante incisión ancha y superficial, pues la calidad de la piedra facilita el trabajo.
La estela de El Viso forma parte de las denominadas estelas de guerrero del Bronce Final (entre los años 1100 a. C. y 850 a. C.). Todas ellas, halladas en su mayoría en el suroeste peninsular, están realizadas sobre diversos soportes pétreos de acuerdo con la litología de cada zona. Por lo que respecta a los elementos decorativos podemos señalar que la figura humana, muy esquemática, presenta un largo tronco sin piernas del que salen dos grandes pies completados con sendos trazos oblicuos, posible representación de los dedos; los brazos están rematados por dedos y de la parte inferior del tronco sale un trazo ligeramente curvo hacia arriba que representa el falo; el guerrero lleva un gran casco de cuernos y dos círculos a cada lado de la cabeza a modo de pendientes.
El escudo se compone de dos círculos concéntricos divididos en sectores irregulares cada uno de los cuales presenta remaches. De la lanza, dispuesta en el lado derecho de la losa, tan solo se aprecia la punta. Dos espadas del mismo tipo aparecen representadas bajo las manos; las empuñaduras son macizas, con pomos salientes y empalme con guardas cruciformes. Un espejo se grabó en la parte superior de la estela.
A la izquierda del guerrero y a la altura de su cabeza aparece un gran peine del que salen seis púas. Un arco con flecha se muestran bajo el escudo. Una fíbula se grabó junto al arco y consta de un trazo vertical sobre el que reposa un semicírculo de fino grabado. Cerrando la composición aparece un carro que ocupa la práctica totalidad del ancho de la losa; tiene un armazón ovalado con dos ruedas carentes de radios en la parte delantera de la caja y dos asideros de forma elíptica en la trasera; un eje atraviesa la caja para enlazar con un largo timón rematado por una vara transversal donde queda uncido el tiro. Este se compone de dos cuadrúpedos, al superior de los cuales se le distinguió con un falo. Un tercer cuadrúpedo que aparece debajo del carro puede corresponder al animal de compañía del guerrero. Finalmente, se observa un trazo recto en el extremo superior de la estela, de difícil interpretación.
Estas estelas han sido interpretadas tradicionalmente como marcadores de tumbas, pese a no haber podido ser vinculadas casi en ningún caso a enterramientos. Las interpretaciones más recientes tienen que ver con la ubicación de las estelas en cruces de caminos, pasos de montaña y caminos locales. Mediante un lenguaje iconográfico compartido, estas estelas podrían señalizar rutas comerciales o demarcar los límites de un territorio cuyos recursos eran controlados por un grupo determinado.
En Los Pedroches, como ya publicamos, se encontraron más estelas de este tipo, por ejemplo en Belacázar, puede leerlo aquí.
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jarote
27 Dic 2016 at 22:42
Magnífico, emocionante…es precioso.