¿Qué dirían ustedes si se nombrara a una persona que no solo no sabe nada de corridas de toros, sino que, encima, les tiene cierta animadversión a las mismas, para que eligiera al mejor torero en un ciclo de corridas taurinas?

Sería un despropósito, un absurdo, un hecho injusto, una indecencia…

Pues lo mismo ocurre con esas personas (me atrevería a fijar en un noventa por ciento de la sociedad) que se consideran a sí mismas que no saben nada de política ni aprecian a los políticos, y luego van en las convocatorias electorales y echan su voto en las urnas.

¿Cómo se puede ir a vota para escoger al mejor político o al mejor modelo social de los  que se proponen en unas elecciones generales si no se entiende de esto?

Y otra cosa: La ley tipifica como delincuente a la persona que es cómplice del individuo que delinque.

Y nos preguntamos: ¿Qué clase de persona es aquella que pensando que todo el que se mete en política va a sacar lo que pueda, de la forma que sea; que intentará servirse de los demás en vez de hacer lo contrario y, opinando esto, llega a las urnas y lo vota?

Si votamos en unas elecciones, convencidos de que los políticos son todos unos corruptos y unos ladrones en potencia, nos convertimos, a través del voto, en sus cómplices; y seremos tan culpables como ellos.

Cuidado, porque, cuando critiquemos negativamente a los políticos, nos pueden preguntar: ¿Y usted los vota?

A pesar de lo escrito hasta aquí, NO proponemos la abstención, sino todo lo contrario. Lo que ocurre es que, para que el voto fuera válido, el elector debiera reunir ciertas condiciones que simplificamos a continuación:

FORMACIÓN POLÍTICA, que ha de centrarse en el estudio acerca de lo que significa ser persona y en el estudio de la sociedad. Teniendo en cuenta que, cuando votamos una persona o partido, estamos votando lo que hay detrás de ellos, estamos eligiendo un modelo de sociedad determinado; modelo social que tendremos que conocer previamente.

PARTICIPACIÓN, aportando a esa sociedad (desde el ámbito en el que nos encontremos), nuestra opinión y nuestra intervención para intentar que camine hacía el modelo que creamos más beneficioso para el bien común.

GENEROSIDAD. No se trata de valorar cómo nos va en la vida a nosotros o a nuestro entorno  más cercano (familia, pueblo, comunidad, etc.), sino que hay que levantar la vista y extenderla al resto del planeta. No para entregar una limosnita al tercer mundo, sino para trabajar y esforzarse en equilibrar de modo eficaz, por medio de la justicia social, el bienestar de la humanidad, presente y futura.

Así pues, Formación Política, Participación y Generosidad.

Actualmente, cualquier persona que se lo proponga tiene a su alcance los medios para iniciarse en los tres puntos señalados y, ejercitándose en ellos, podrá conseguir que su papeleta en la urna deje de ser un VOTO INDECENTE.

Juan Ferrero