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‘Evolución o involución, esa es la cuestión’, por Cristina García Sarasa y Manuel Sánchez Jurado

Ya lo decía Hipócrates, el padre de la medicina, “Las enfermedades no nos llegan de la nada”. Un artículo de opinión de Cristina García Sarasa y Manuel Sánchez Jurado.

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Ya lo decía Hipócrates, el padre de la medicina, “Las enfermedades no nos llegan de la nada. Se desarrollan a partir de pequeños pecados diarios contra la Naturaleza. Cuando se hayan acumulado suficientes pecados, las enfermedades aparecerán de repente.” Y en un mundo interconectado, globalizado y poco sostenible, los virus llevan varios años siendo una de las principales amenazas de la salud, junto con las bacterias resistentes a antibióticos, la contaminación del aire y el cambio climático.

En los últimos 30 años, el número de brotes de enfermedades infecciosas detectados se ha multiplicado por tres y era algo dentro de lo esperado que un nuevo virus se propagara de los animales a los seres humanos y causara una pandemia. La cuestión era saber cuándo ocurriría.

Y ese día llegó y ahora todos nos lamentamos. Es normal, necesitamos un periodo para lamernos las heridas e infundimos ánimos, pero ya es hora de reflexionar sobre qué no hicimos bien y qué necesitamos cambiar, reforzar o innovar como sociedad, porque este problema no lo solucionaremos actuando como “individuo”.

Necesitamos que los sistemas de salud sean públicos, universales y fuertes, capaces de resistir amenazas masivas para la salud.

Necesitamos que los gobiernos inviertan en sanidad e investigación pública y gestionen mayor cantidad de recursos ante la posible llegada de otras epidemias o pandemias, con políticas preventivas que nazcan del consenso político y social.

Necesitamos una respuesta colectiva a esa demanda de lo público, una respuesta de todos, porque los virus no distinguen de sexos, fronteras, razas, riquezas o religiones y si la sanidad se extiende a todos, unidos podremos salir mejor y más reforzados de cualquier tipo de epidemia o pandemia.

Necesitamos planes de investigación que identifiquen enfermedades y patógenos que puedan ser una emergencia de salud pública, pero de los que actualmente carecemos de tratamientos y vacunas efectivas.

Necesitamos fortalecer los mecanismos de colaboración y coordinación internacionales. Una enfermedad de este tipo no tiene fronteras, por lo que necesitamos crear nuevas formas de colaboración entre países para hacer frente a este tipo de pandemias. No podemos permitir que cada país acumule vacunas, acapare recursos y ejecute su propio plan. España necesita cada vez más ser Europa, no mirarnos en los ombligos nacionalistas, sino ser los que lideremos la solución la próxima vez que ocurra una pandemia. Porque ésta no ha sido la primera y no será la última vez que nos enfrentemos a algo de esta magnitud.

Necesitamos un buen sistema de protección social que destine más recursos a quienes menos medios tienen; necesitamos una educación pública que mejore el futuro de una sociedad que debe ser más solidaria, íntegra, colaboradora y resiliente; necesitamos tener una economía diversificada y neutra para el clima, capaz de sostenerse con energías renovables; necesitamos ser prolíficos en producción científica y ser punteros en investigación tecnológica.

¿Y cómo se financia todo este gasto público? Pues la única opción es que los recursos salgan de los impuestos, no deben depender de donaciones más o menos altruistas, no puede ser que alguien ajeno al sistema decida cuánto y dónde se invierte. Si alguien quiere dar dinero al sistema público, debería hacérselo llegar a los responsables de administrarlo para que ellos lo gestionen en función de criterios públicos.

Muchos cambios que necesitan de una sociedad consciente y responsable, cambios sistémicos que no son sencillos porque necesitaremos repensar nuestro modelo de vida actual, nos forzará a buscar alternativas que nos permitan seguir con nuestras vidas de manera diferente y tendremos que actuar para defender un futuro mejor para nuestros hijos e hijas.

Promover la solidaridad y no el egoísmo; la cooperación y no la desesperación; la unión y no la división y el enfrentamiento; la visión crítica y no el ataque furibundo provocado por la infodemia de rumores, bulos y datos falsos. Éstos y no otros, son y serán valores fundamentales a desarrollar.

En estos días de confinamiento vemos y escuchamos aplausos en los balcones, oímos historias emotivas…, parece que hay un repunte de la responsabilidad social, un empoderamiento ciudadano para el “rescate” de lo público, pero ¿qué ocurrirá cuando acabe el confinamiento? ¿Seguiremos aplaudiendo en los balcones con las mismas ganas y nos moveremos como sociedad para que nuestra sanidad, educación e investigación públicas, sean fuertes, estén bien gestionadas y dotadas con los recursos suficientes?

Ojalá sea así. Entonces, sabremos que esos aplausos eran de verdad, que no eran espejismos de solidaridad, que no eran actos egoístas para limpiar nuestra conciencia y creer que estábamos haciendo algo por el bien común, que no eran por nosotros mismos, por sentirnos arropados por el grupo, por agarrarnos a un rayo de esperanza en la rutina de un confinamiento duro, por sentirnos que no éramos los únicos en esta situación crítica…

Ojalá hayamos aprendido algo en este tiempo de encierro, ojalá hayamos reflexionado sobre el tipo de sociedad que queremos ser, qué podemos hacer para mejorarla y, como individuos, que hábitos tenemos que cambiar para el bien común.

Si lo hacemos, será el cambio social más importante de los últimos siglos y servirá para preservar un futuro más sostenible a nuestros hijos. Habremos sabido que la evolución es el camino. Sin embargo, si elegimos la involución, a lo mejor será tarde para muchas cosas, entre otras, la posibilidad de construir un mundo donde quepamos todos.

Cristina García Sarasa, bióloga

Manuel Sánchez Jurado, psicopedagogo y maestro

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‘La moral de las naranjas’, por Juan Ferrero

“Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende”

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Naranjo, naranja

El pueblo es pequeño, pero tiene una plaza cuadrangular, amplia, rodeada en su interior por alegres naranjos, así como en todas las calles que a ella afluyen. Anualmente, el Ayuntamiento recolecta la dulce fruta y las invierte en algún objetivo municipal. Esta temporada, tras un referendo entre sus vecinos, se ha acordado por unanimidad, y así se ha recogido en un decreto de la Alcaldía, que el dinero conseguido con la venta de las naranjas irá a amortizar todo o parte de la colocación en el centro de la plaza de una fuente que la embellezca aún más.

El decreto se toma como ley y quien la incumpla será multado.

El hombre que atiende el quiosco de la plaza es persona honrada, de principios cívicos, y ve acertado el proyecto al que los vecinos se han comprometido.

Mas pasando el tiempo, observa que algunos vecinos, incumpliendo el compromiso contraído, van cogiendo naranjas para su beneficio particular.

La cogida de naranjas, poco a poco se va haciendo generalizada.

El hombre del quiosco comprueba, primero sorprendido y después indignado, cómo las naranjas van desapareciendo sin que ninguna autoridad haga algo para evitarlo. Es cierto que la policía municipal ha tomado algunos nombres para justificarse y enviado las correspondientes denuncias; pero luego el Alcalde no las tramita ni les da curso, porque cada vecino multado supondría la pérdida de votos de una familia en las próximas elecciones locales.

El quiosquero, sentado en el interior de su habitáculo, mira a la plaza y reflexiona:

Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende de las circunstancias y las circunstancias son que de forma democrática y por unanimidad los vecinos se comprometieron a no coger naranjas para provecho propio y particular. El Alcalde este acuerdo lo hizo ley y la ley es necesario cumplirla y quien así no lo haga deberá recibir una sanción por el perjuicio producido a la colectividad.

Pero si los vecinos se sirven naranjas cada cual a su aire y el Alcalde no vigila ni sanciona, ¿cómo proceder?

Él es un hombre cumplidor de los acuerdos, que respeta la ley; una persona honrada, y aunque todos obren de modo contrario, tiene que mantenerse fiel a sus principios.

Sin embargo, por otra parte, ¿a quién perjudicaría si él también tomara algunas de las pocas naranjas que aún quedan…?

Pero no.

El quiosquero se entristece al constatar una vez más que en nuestra sociedad las personas decentes siempre salen perdiendo y los que no respetan nada y actúan saltándose las leyes y actuando de modo egoísta en beneficio propio con perjuicio para los demás, son lo que, a la larga, suelen quedar beneficiados.

Y ocurrió que el hombre del quiosco, honrado y cumplidor de las leyes democráticas se quedó sin naranjas y el pueblo se quedó sin fuente en la plaza.

Juan Ferrero

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‘Suben las gasolineras y baja el servicio’, por Juan Ferrero

“Los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente”

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'Suben las gasolineras y baja el servicio', por Juan Ferrero

A veces, puede comprobarse lo fácil que le resulta a las clases dominantes conducir a la masa popular sin que esta proteste lo más mínimo.

Estamos quejándonos constantemente de la carestía de la vida por todas partes y luego llegamos a la gasolinera y le decimos a los empleados que sirven en los surtidores que se quiten de allí y se vayan al paro, que ese trabajo lo vamos a realizar nosotros de modo gratuito.

El asalariado, al que le habrán exigido al menos un cursillo o jornadas para que lleve en cuenta las más elementales normas a la hora de manipular sustancias inflamables y, por lo tanto, peligrosas, se marchará a engrosar la lista del paro, mientras nosotros nos bajamos del vehículo y, “generosamente”, tomamos el surtidor sin tener en cuenta los perjuicios que eso puede acarrearnos. Unas manchas en la indumentaria, por ejemplo, inutilizarían nuestras prendas de vestir. ¿Y quién pagaría eso?  En ocasiones, ni el dinero solucionaría el problema, como el caso en que las circunstancias y el tiempo, en pleno viaje, no permitiera el cambio de indumentaria; por no citar descuidos propios o con elementos y personas de acompañamiento o ajenas que se hallen junto a los mismos surtidores.

Resumiendo: los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente. Porque, que nos conste, ni sindicatos, ni partidos, ni Ministerio de Consumo, ni el público en general dicen o hacen algo al respecto.

En  la vida cotidiana pueden darse abusos frente a los cuales poco puede hacer el individuo solo. Pero no es este el caso porque, por fortuna, aún existen gasolineras atendidas por sus empleados, y yo, mientras  sea posible, únicamente acudiré a estas (subrayo lo de “sea posible” ya que tampoco es caso de quedarse en la carretera sin carburante por no pararse en la gasolinera de autoservicio). Pero una cosa no quita la otra; todo es cuestión de prever y calcular.

Juan Ferrero

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‘Nuevos bandoleros de caminos’, por Juan Ferrero

“Los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino”. Juan Ferrero nos da su opinión

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La palabra bandolero la relacionamos enseguida con otras como camino y diligencia, asociadas a la época romántica del siglo XVIII y XIX.

Modernamente han aparecido otro tipo de bandoleros de caminos, pero en estos se da un aspecto nuevo. Los bandoleros antiguos iban a un camino y se quedaban con lo que pasaba por él; pero los nuevos bandoleros no, los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino. Y otra diferencia: los gobernantes de la época mandaban perseguir a los bandoleros, pero a los nuevos bandoleros no los persigue nadie.

Ya, cuando los propietarios de fincas construyeron los típicos cercados de piedra, muchos de ellos no respetaron las anchuras que por ley correspondía a los distintos tipos de caminos públicos, quedando estos mermados en su viabilidad.

Desde hace algunas décadas, ha surgido un ansia generalizada, por parte de ciertos propietarios, de cortar y apoderarse de todo camino público colindante con sus fincas; o también, de juntar con su terreno cualquier ensanche o abrevadero de camino. Los hay que sin ser propietarios, se adueñan e instalan con descaro en aquellos espacios sobrantes después de que Obras Públicas rectifique un camino o carretera.

En general, ni los gobernantes de turno en el Estado, en las Comunidades, Diputaciones o Ayuntamientos toman iniciativa alguna para hacer que los nuevos bandoleros devuelvan lo robado. Es más, en ocasiones, cuando algún grupo de ciudadanos se ha presentado en uno de estos caminos a reivindicar su apertura, con la cartografía oficial correspondiente que certificaba su *titularidad pública, alguien ha echado a los agentes de la Guardia Civil sobre ellos, pidiendo carnet y exigiendo su disolución. (Y lo que escribo lo he vivido directamente junto con otras personas).

Como excepción, algún municipio ha firmado convenio con la Junta  para catalogar sus caminos municipales, pero sólo conozco un pueblo en la comarca (Cardeña) donde su alcaldesa, Cati Barragán, obligó a los propietarios a abrir y devolver aquellos caminos públicos que habían cortado.

Pero en fin, no nos escandalicemos. Si es verdad lo que mantienen las nuevas corriente, es decir, que lo moralmente bueno es aquello que así lo decide la mayoría, robar un camino o parte de él no es inmoral, porque la mayoría de la población no protesta, se calla; y ya se sabe que quien calla otorga.

Así pues, por decisión de esa mayoría de ciudadanos, robar un camino es una acción buena, correcta desde el punto de vista de la moral. De este modo, se comprende la postura o actitud de los gobernantes ante los nuevos bandoleros de caminos.

Lo que ocurre es que esta actitud de los gobernantes no encaja con las declaraciones que luego se hacen, prometiendo trabajar por la promoción del turismo rural y contra la España vaciada.

Juan Ferrero

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