La posibilidad de ser violada sexualmente es una carga más que la naturaleza ha puesto sobre la mujer, y digo naturaleza porque, aunque en última instancia la voluntad y responsabilidad es del violador, es la naturaleza la que ha puesto ese impulso en los individuos. Puede afirmarse que a la necesidad de beber, comer y dormir le sigue el impulso carnal hacia el otro sexo, necesario para la reproducción de la especie. Pero con una diferencia: mientras beber, comer y dormir son actos individuales, el acto de la reproducción es compartido. El sentido común, la lógica, la moral natural y, en consecuencia, las leyes sociales establecen que el acto sexual tiene que ejercerse con la voluntad y aceptación de las dos partes, en caso contrario,  tiene lugar la violación.

Sin embargo, ese derecho que posee la mujer a que se cuente con su voluntad y aceptación ha sido eliminado (como si de una plaga se tratara) por todo el planeta y a lo largo de la historia de la humanidad, con excesiva frecuencia, por individuos del sexo opuesto.

Según las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad (Ministerio de Interior), en España se denunciaron en 2017 una media de tres violaciones cada día, y en el primer trimestre del 2018 han aumentado un 28,4% respecto al mismo trimestre del año anterior. Calculándose que otras tantas o más no se denunciaron.

El problema de las violaciones tiene difícil solución. No debe ser fácil para los jueces dilucidar cuándo hubo, o no, aceptación por parte de la mujer: la ausencia de imágenes o testigos; la posible aceptación de la mujer en los primeros momentos (como consecuencia de un estado alterado por distintas causas), seguida del posterior arrepentimiento; violaciones falsas para buscar la condena del hombre; etc. Y ante cualquier duda, el supuesto violador queda libre de cargos.

Se dice con cierta ingenuidad que la solución reside en la labor educadora. ¿Pero qué se puede esperar de la educación capitalista? El sistema escolar informa, pero no forma; aparte de que la educación de los individuos procede también de las familias (que, por lo general, no están preparadas) y de la sociedad en su conjunto.

Con esta situación, a la mujer solo le queda aprender a defenderse.

En otro tiempo se protegía haciéndose acompañar. Nunca caminaba sola a ciertas horas y lugares. Incluso a la visita médica acudían acompañada. Ahora, con la reivindicación de los derechos e igualdad, la mujer se ha incorporado de modo generalizado al mercado de trabajo y a la modernidad y goza de plena autonomía e independencia, convirtiéndose de esta manera  en fácil presa para los violadores que, por otra parte, no entienden ni de valores educacionales ni de derechos feministas.

Es incuestionable que en una violación el culpable es siempre el agresor.

Pero, ¿qué me dicen si Caperucita, de modo innecesario y enarbolando la bandera de su derecho a caminar libremente, decide penetrar sin protección en el bosque, sabiendo que puede hallarse al acecho el lobo y que este no va a respetar ni derechos ni leyes?

Por otra parte, opino que aquellos delitos que, por su naturaleza, son difíciles de identificar a sus autores y de demostrar sus fechorías debieran llevar unas sanciones extremas, en los casos en que el encausado quede en total e irrecusable evidencia. Así, los violadores convictos debieran ser castrados físicamente y de por vida, para asegurarse la no reincidencia y, en caso de muerte o lesiones irreparables a las víctimas, a la castración debiera añadirse la cadena perpetua en prisión; pero no en cárcel-hotel, sino en mazmorra medieval.

Estos tratamientos extremos no se impondrían ni por castigo, ni por venganza, ni para meter miedo, sino por la necesidad que tiene la sociedad de defenderse de estos hijos de Satanás.

Pero no hay que hacerse ilusas esperanzas. Ni la educación de la  sociedad mejorará en valores de solidaridad y respeto, ni los congresistas (ellos y ellas), que votamos cada cuatro años y que son los que hacen las leyes,  van a aprobar estas sanciones extremas, quizás por miedo a que algún día se las tengan que aplicar a ellos o a sus hijos.

Ante tal panorama, está bien que las mujeres se manifiesten reclamando sus derechos, pero creo que el único recurso  que les queda –repito- es el de aprender y cavilar, individual y colectivamente,  sobre el modo de defenderse.

Juan Ferrero