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‘La violación sexual de la mujer’, por Juan Ferrero

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Violación

La posibilidad de ser violada sexualmente es una carga más que la naturaleza ha puesto sobre la mujer, y digo naturaleza porque, aunque en última instancia la voluntad y responsabilidad es del violador, es la naturaleza la que ha puesto ese impulso en los individuos. Puede afirmarse que a la necesidad de beber, comer y dormir le sigue el impulso carnal hacia el otro sexo, necesario para la reproducción de la especie. Pero con una diferencia: mientras beber, comer y dormir son actos individuales, el acto de la reproducción es compartido. El sentido común, la lógica, la moral natural y, en consecuencia, las leyes sociales establecen que el acto sexual tiene que ejercerse con la voluntad y aceptación de las dos partes, en caso contrario,  tiene lugar la violación.

Sin embargo, ese derecho que posee la mujer a que se cuente con su voluntad y aceptación ha sido eliminado (como si de una plaga se tratara) por todo el planeta y a lo largo de la historia de la humanidad, con excesiva frecuencia, por individuos del sexo opuesto.

Según las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad (Ministerio de Interior), en España se denunciaron en 2017 una media de tres violaciones cada día, y en el primer trimestre del 2018 han aumentado un 28,4% respecto al mismo trimestre del año anterior. Calculándose que otras tantas o más no se denunciaron.

El problema de las violaciones tiene difícil solución. No debe ser fácil para los jueces dilucidar cuándo hubo, o no, aceptación por parte de la mujer: la ausencia de imágenes o testigos; la posible aceptación de la mujer en los primeros momentos (como consecuencia de un estado alterado por distintas causas), seguida del posterior arrepentimiento; violaciones falsas para buscar la condena del hombre; etc. Y ante cualquier duda, el supuesto violador queda libre de cargos.

Se dice con cierta ingenuidad que la solución reside en la labor educadora. ¿Pero qué se puede esperar de la educación capitalista? El sistema escolar informa, pero no forma; aparte de que la educación de los individuos procede también de las familias (que, por lo general, no están preparadas) y de la sociedad en su conjunto.

Con esta situación, a la mujer solo le queda aprender a defenderse.

En otro tiempo se protegía haciéndose acompañar. Nunca caminaba sola a ciertas horas y lugares. Incluso a la visita médica acudían acompañada. Ahora, con la reivindicación de los derechos e igualdad, la mujer se ha incorporado de modo generalizado al mercado de trabajo y a la modernidad y goza de plena autonomía e independencia, convirtiéndose de esta manera  en fácil presa para los violadores que, por otra parte, no entienden ni de valores educacionales ni de derechos feministas.

Es incuestionable que en una violación el culpable es siempre el agresor.

Pero, ¿qué me dicen si Caperucita, de modo innecesario y enarbolando la bandera de su derecho a caminar libremente, decide penetrar sin protección en el bosque, sabiendo que puede hallarse al acecho el lobo y que este no va a respetar ni derechos ni leyes?

Por otra parte, opino que aquellos delitos que, por su naturaleza, son difíciles de identificar a sus autores y de demostrar sus fechorías debieran llevar unas sanciones extremas, en los casos en que el encausado quede en total e irrecusable evidencia. Así, los violadores convictos debieran ser castrados físicamente y de por vida, para asegurarse la no reincidencia y, en caso de muerte o lesiones irreparables a las víctimas, a la castración debiera añadirse la cadena perpetua en prisión; pero no en cárcel-hotel, sino en mazmorra medieval.

Estos tratamientos extremos no se impondrían ni por castigo, ni por venganza, ni para meter miedo, sino por la necesidad que tiene la sociedad de defenderse de estos hijos de Satanás.

Pero no hay que hacerse ilusas esperanzas. Ni la educación de la  sociedad mejorará en valores de solidaridad y respeto, ni los congresistas (ellos y ellas), que votamos cada cuatro años y que son los que hacen las leyes,  van a aprobar estas sanciones extremas, quizás por miedo a que algún día se las tengan que aplicar a ellos o a sus hijos.

Ante tal panorama, está bien que las mujeres se manifiesten reclamando sus derechos, pero creo que el único recurso  que les queda –repito- es el de aprender y cavilar, individual y colectivamente,  sobre el modo de defenderse.

Juan Ferrero

 

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‘La moral de las naranjas’, por Juan Ferrero

“Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende”

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Naranjo, naranja

El pueblo es pequeño, pero tiene una plaza cuadrangular, amplia, rodeada en su interior por alegres naranjos, así como en todas las calles que a ella afluyen. Anualmente, el Ayuntamiento recolecta la dulce fruta y las invierte en algún objetivo municipal. Esta temporada, tras un referendo entre sus vecinos, se ha acordado por unanimidad, y así se ha recogido en un decreto de la Alcaldía, que el dinero conseguido con la venta de las naranjas irá a amortizar todo o parte de la colocación en el centro de la plaza de una fuente que la embellezca aún más.

El decreto se toma como ley y quien la incumpla será multado.

El hombre que atiende el quiosco de la plaza es persona honrada, de principios cívicos, y ve acertado el proyecto al que los vecinos se han comprometido.

Mas pasando el tiempo, observa que algunos vecinos, incumpliendo el compromiso contraído, van cogiendo naranjas para su beneficio particular.

La cogida de naranjas, poco a poco se va haciendo generalizada.

El hombre del quiosco comprueba, primero sorprendido y después indignado, cómo las naranjas van desapareciendo sin que ninguna autoridad haga algo para evitarlo. Es cierto que la policía municipal ha tomado algunos nombres para justificarse y enviado las correspondientes denuncias; pero luego el Alcalde no las tramita ni les da curso, porque cada vecino multado supondría la pérdida de votos de una familia en las próximas elecciones locales.

El quiosquero, sentado en el interior de su habitáculo, mira a la plaza y reflexiona:

Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende de las circunstancias y las circunstancias son que de forma democrática y por unanimidad los vecinos se comprometieron a no coger naranjas para provecho propio y particular. El Alcalde este acuerdo lo hizo ley y la ley es necesario cumplirla y quien así no lo haga deberá recibir una sanción por el perjuicio producido a la colectividad.

Pero si los vecinos se sirven naranjas cada cual a su aire y el Alcalde no vigila ni sanciona, ¿cómo proceder?

Él es un hombre cumplidor de los acuerdos, que respeta la ley; una persona honrada, y aunque todos obren de modo contrario, tiene que mantenerse fiel a sus principios.

Sin embargo, por otra parte, ¿a quién perjudicaría si él también tomara algunas de las pocas naranjas que aún quedan…?

Pero no.

El quiosquero se entristece al constatar una vez más que en nuestra sociedad las personas decentes siempre salen perdiendo y los que no respetan nada y actúan saltándose las leyes y actuando de modo egoísta en beneficio propio con perjuicio para los demás, son lo que, a la larga, suelen quedar beneficiados.

Y ocurrió que el hombre del quiosco, honrado y cumplidor de las leyes democráticas se quedó sin naranjas y el pueblo se quedó sin fuente en la plaza.

Juan Ferrero

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‘Suben las gasolineras y baja el servicio’, por Juan Ferrero

“Los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente”

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'Suben las gasolineras y baja el servicio', por Juan Ferrero

A veces, puede comprobarse lo fácil que le resulta a las clases dominantes conducir a la masa popular sin que esta proteste lo más mínimo.

Estamos quejándonos constantemente de la carestía de la vida por todas partes y luego llegamos a la gasolinera y le decimos a los empleados que sirven en los surtidores que se quiten de allí y se vayan al paro, que ese trabajo lo vamos a realizar nosotros de modo gratuito.

El asalariado, al que le habrán exigido al menos un cursillo o jornadas para que lleve en cuenta las más elementales normas a la hora de manipular sustancias inflamables y, por lo tanto, peligrosas, se marchará a engrosar la lista del paro, mientras nosotros nos bajamos del vehículo y, “generosamente”, tomamos el surtidor sin tener en cuenta los perjuicios que eso puede acarrearnos. Unas manchas en la indumentaria, por ejemplo, inutilizarían nuestras prendas de vestir. ¿Y quién pagaría eso?  En ocasiones, ni el dinero solucionaría el problema, como el caso en que las circunstancias y el tiempo, en pleno viaje, no permitiera el cambio de indumentaria; por no citar descuidos propios o con elementos y personas de acompañamiento o ajenas que se hallen junto a los mismos surtidores.

Resumiendo: los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente. Porque, que nos conste, ni sindicatos, ni partidos, ni Ministerio de Consumo, ni el público en general dicen o hacen algo al respecto.

En  la vida cotidiana pueden darse abusos frente a los cuales poco puede hacer el individuo solo. Pero no es este el caso porque, por fortuna, aún existen gasolineras atendidas por sus empleados, y yo, mientras  sea posible, únicamente acudiré a estas (subrayo lo de “sea posible” ya que tampoco es caso de quedarse en la carretera sin carburante por no pararse en la gasolinera de autoservicio). Pero una cosa no quita la otra; todo es cuestión de prever y calcular.

Juan Ferrero

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‘Nuevos bandoleros de caminos’, por Juan Ferrero

“Los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino”. Juan Ferrero nos da su opinión

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camino

La palabra bandolero la relacionamos enseguida con otras como camino y diligencia, asociadas a la época romántica del siglo XVIII y XIX.

Modernamente han aparecido otro tipo de bandoleros de caminos, pero en estos se da un aspecto nuevo. Los bandoleros antiguos iban a un camino y se quedaban con lo que pasaba por él; pero los nuevos bandoleros no, los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino. Y otra diferencia: los gobernantes de la época mandaban perseguir a los bandoleros, pero a los nuevos bandoleros no los persigue nadie.

Ya, cuando los propietarios de fincas construyeron los típicos cercados de piedra, muchos de ellos no respetaron las anchuras que por ley correspondía a los distintos tipos de caminos públicos, quedando estos mermados en su viabilidad.

Desde hace algunas décadas, ha surgido un ansia generalizada, por parte de ciertos propietarios, de cortar y apoderarse de todo camino público colindante con sus fincas; o también, de juntar con su terreno cualquier ensanche o abrevadero de camino. Los hay que sin ser propietarios, se adueñan e instalan con descaro en aquellos espacios sobrantes después de que Obras Públicas rectifique un camino o carretera.

En general, ni los gobernantes de turno en el Estado, en las Comunidades, Diputaciones o Ayuntamientos toman iniciativa alguna para hacer que los nuevos bandoleros devuelvan lo robado. Es más, en ocasiones, cuando algún grupo de ciudadanos se ha presentado en uno de estos caminos a reivindicar su apertura, con la cartografía oficial correspondiente que certificaba su *titularidad pública, alguien ha echado a los agentes de la Guardia Civil sobre ellos, pidiendo carnet y exigiendo su disolución. (Y lo que escribo lo he vivido directamente junto con otras personas).

Como excepción, algún municipio ha firmado convenio con la Junta  para catalogar sus caminos municipales, pero sólo conozco un pueblo en la comarca (Cardeña) donde su alcaldesa, Cati Barragán, obligó a los propietarios a abrir y devolver aquellos caminos públicos que habían cortado.

Pero en fin, no nos escandalicemos. Si es verdad lo que mantienen las nuevas corriente, es decir, que lo moralmente bueno es aquello que así lo decide la mayoría, robar un camino o parte de él no es inmoral, porque la mayoría de la población no protesta, se calla; y ya se sabe que quien calla otorga.

Así pues, por decisión de esa mayoría de ciudadanos, robar un camino es una acción buena, correcta desde el punto de vista de la moral. De este modo, se comprende la postura o actitud de los gobernantes ante los nuevos bandoleros de caminos.

Lo que ocurre es que esta actitud de los gobernantes no encaja con las declaraciones que luego se hacen, prometiendo trabajar por la promoción del turismo rural y contra la España vaciada.

Juan Ferrero

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