Qué sentido tiene que nazca el mosquito si luego se lo comerá la rana, y qué sentido tiene que esta se coma el mosquito si a ella se la comerá la culebra, y qué sentido tiene que la culebra se coma la rana si a ella se la comerá el águila culebrera, y qué sentido tiene que el águila se coma a la culebra si ella acabará muerta por el veneno o por el disparo de un hombre, y qué sentido tiene que el hombre mate al águila si luego él acabará muerto, con su cuerpo pudriéndose en la tierra.

Es como el giro permanente y sin fin de una maquinaria en la cual el ser humano es una pieza más del engranaje.

En esta rueda, los seres vivos (plantas y animales, incluidas las personas), cumplimos nuestra función como verdaderos autómatas. Las generaciones se van sucediendo una tras otra de un modo desesperante y sin objetivo conocido: nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos. Y la rueda de la vida continúa siempre con el mismo esquema.

Quien diseñara o planificara la vida utilizó un elemento como energía indispensable para que funcionara: el dolor o sufrimiento.

Los seres vivos tienen que destrozarse y comerse unos a otros diariamente para sobrevivir. Y eso es sufrimiento y dolor. Incluso aquellos que se encuentran en la cúspide de la pirámide, con pocos o ningún depredador, arrastrarán también su sufrimiento en su paso por el tiempo hasta terminar comidos por los gusanos.

Algunas personas se engañan así mismas con fugaces estados de bienestar. Pero a poco que analicen o empaticen con el resto de seres vivos concluirán que, en  el balance global, la vida es “un valle de lágrimas”.

No sabemos si la vida tiene sentido, pero si lo tiene, lo desconocemos.

Existen religiones que mantienen que todo se debe a un pecado original que cometimos antes de nacer (¿ ?), y que hay que resignarse.

Teólogos, como el jesuita Salvador Freixedo, afirman que nuestro sufrimiento, nuestra maldad, así como las apasionadas exaltaciones colectivas de rivalidad, son absorbidos como una golosina por ciertos “dioses” que las provocan para su disfrute, controlándonos y manipulándonos desde alguna invisible y desconocida dimensión.

En cualquier caso, los humanos deberíamos preguntarnos si podríamos rebelarnos y luchar contra esta situación; si podríamos salir de nuestra pasividad y oponernos de alguna manera al  entorno de dolor que se nos impone.

En este sentido, hacemos el siguiente planteamiento:

Para que haya dolor y sufrimiento tiene que haber un sujeto que lo padezca; pero si no existe tal sujeto, se elimina ese sufrimiento. Sin perros que la padecieran, por ejemplo, no podría darse la rabia canina que causa el dolor en esos animales.

No estamos proponiendo un suicidio colectivo, puesto que la persona está diseñada para que no quiera autodestruirse (aunque, a veces, falle ese diseño); pero sí apuntamos una solución: disminuir los nacimientos progresivamente.

Este asunto hay que contemplarlo de modo universal y con generosidad. Y decimos generosidad porque, como analizamos en otro artículo, la reproducción no se hace por amor, sino por egoísmo de los padres. Debemos pensar que cada vez que traigamos un ser a este mundo viene a sufrir.

Sabemos que es difícil lograr el objetivo completo, pero si en vez de vivir siete mil millones de personas sobre el planeta, como ahora ocurre, se redujera, por ejemplo, a dos mil, cinco mil individuos que se librarían del mal.

En cuanto a las otras especies, no debe pesarnos su extinción. Especie que no existe, sufrimiento eliminado.

Habría que rebelarse contra este tipo de vida que lleva en su esencia el padecimiento de los seres vivos.

Los que no lo ven claro o dudan  que contemplen el mundo tal y como es, y no como quisieran que fuera; que se sacudan los tópicos que les han enseñado y llevan adheridos. Que observen y analicen lo más objetivamente posible al menos el reino animal (incluida la humanidad) y saquen sus propias conclusiones.

Juan Ferrero