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‘El idioma: jodidos y huevos, por ejemplo’, por Juan Ferrero

Quienes tienen un tesoro y no saben apreciar su valor acaban perdiéndolo. Es lo que puede ocurrir con la lengua española en España.

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Quienes tienen un tesoro y no saben apreciar su valor acaban perdiéndolo. Es lo que puede ocurrir con la lengua española en España.

Cada idioma tiene un recorrido histórico en el que se va formando con las distintas influencias, aportaciones y circunstancias hasta que alcanza una categoría con la  que se puede considerar idioma o lengua con identidad propia, llegando a un grado de perfección más o menos alto, según los casos. Y esa perfección se mide por las posibilidades de comunicación y la brillantez de la misma.

El español, procedente del latín, alcanzó hace ya mucho tiempo el nivel que le permite se clasificado uno de los idiomas más ricos en esas posibilidades de entenderse entre los humanos. Y a eso hay que añadirle otro valor: el número de personas que lo utilizan. (Segunda en el mundo por el  número de hablantes nativos y tercera por el número de hablantes en general)

Es cierto que hasta entrado el siglo XX solo una minoría ilustrada aprovechaba las excelencias del español, mientras que el resto de la población usaba un nivel coloquial o vulgar. Gracias a esa minoría ilustrada se mantuvo el español en todo su esplendor, ya que el uso de la lengua vulgar tendía a localizarse, a deformarse de distinto modo en cada pueblo, en cada provincia y en cada región; porque el  “pueblo llano”  —“inculto¨ por tradición en España- , no hace la legua, como afirman algunos, sino que la destruye.

Sin embargo, en el último cuarto del siglo pasado tuvo lugar una convulsión cultural en España que creó ilusionantes expectativas.

Mas al final, todo se desinfló como un globo.

El españolito medio, en general, excepciones aparte y sálvese quien pueda, con un mínimo de 14 o 16 años obligatorios de escolarización, a los que se sumaron la popularización de bachilleres y carreras universitarias, continuó hasta nuestros días empleando una lengua pobre, limitada en la expresión, de mal gusto e incorrecta en sus significados y sin el aprecio por la lengua como un tesoro a conservar.

Por otra parte, la persona no nace sabiendo un idioma, sino que se lo impone la familia, la escuela y la sociedad. Siempre será algo impuesto, necesario y positivo, pero impuesto. Los adultos, igual que los niños, hablan copiando de lo que oyen y leen (los de la lectura son más  escasos).

Por lo tanto, corresponde a los gobernantes obligar a un uso correcto y de buen gusto del idioma a las personas que en los distintos medios (radio, televisión, música, cine, prensa, etc.) van a ser copiados en su expresión lingüística por la población. Así pues, el gobierno de cada nación es responsable de mantener la buena salud de su idioma.

Ahora bien, ¿se imaginan a un candidato en un mitin político prometiendo que su partido obligará a todos los medios de difusión a  que empleen el idioma de modo correcto y sin chabacanerías ni groserías?

Se imaginan también la reacción de los asistentes al supuesto mitin, ¿verdad?…  Pues eso nos marca el nivel intelectual de nuestra sociedad.

Hay expertos y especialistas del tema que mantienen que la pobreza y limitación del idioma conlleva cierto freno en el desarrollo de la mente. Observemos, por ejemplo, que cuando pensamos, aunque nos mantengamos callados, lo hacemos con palabras. No es de extrañar que exista una relación entre la capacidad de expresión y comprensión y el cerebro.

Lo negativo del lenguaje vulgar, chabacano, grosero, tosco, etc. es su mal gusto y, sobre todo, su incorrección. Cada vez que cargamos erróneamente una palabra de varios significados estamos empobreciendo el idioma.

Pongamos un ejemplo: observemos cómo un gran porcentaje de las expresiones o palabras utilizadas en el hablar cotidiano se refieren constantemente a la zona anogenital y sus derivados. Eso, aparte de indicar una limitación idiomática, señala un uso incorrecto de nuestra lengua, porque no se les llama a los objetos y acciones por sus nombres. Hoy se dice ya en todos los ambientes “huevos” en lugar de testículos y “jodido” en vez de fastidiado, molesto, indispuesto, dañado, perjudicado, y un largo etcétera. Y esto es solo un ejemplo.

 Este es el tipo de idioma que se le está imponiendo a la sociedad española desde los distintos medios.

Si a ello añadimos la estúpida aceptación de palabras inglesas que nos invaden y la eliminación del español por parte de las camarillas independentistas en sus territorios, podemos augurar que nuestro idioma va a quedar muy mermado en España a corto plazo. Y una parte de culpa la tendrán los intereses particulares de los gobiernos de turno y, otra parte, el papanatismo de la sociedad española que lo permite.

Juan Ferrero

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‘La moral de las naranjas’, por Juan Ferrero

“Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende”

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Naranjo, naranja

El pueblo es pequeño, pero tiene una plaza cuadrangular, amplia, rodeada en su interior por alegres naranjos, así como en todas las calles que a ella afluyen. Anualmente, el Ayuntamiento recolecta la dulce fruta y las invierte en algún objetivo municipal. Esta temporada, tras un referendo entre sus vecinos, se ha acordado por unanimidad, y así se ha recogido en un decreto de la Alcaldía, que el dinero conseguido con la venta de las naranjas irá a amortizar todo o parte de la colocación en el centro de la plaza de una fuente que la embellezca aún más.

El decreto se toma como ley y quien la incumpla será multado.

El hombre que atiende el quiosco de la plaza es persona honrada, de principios cívicos, y ve acertado el proyecto al que los vecinos se han comprometido.

Mas pasando el tiempo, observa que algunos vecinos, incumpliendo el compromiso contraído, van cogiendo naranjas para su beneficio particular.

La cogida de naranjas, poco a poco se va haciendo generalizada.

El hombre del quiosco comprueba, primero sorprendido y después indignado, cómo las naranjas van desapareciendo sin que ninguna autoridad haga algo para evitarlo. Es cierto que la policía municipal ha tomado algunos nombres para justificarse y enviado las correspondientes denuncias; pero luego el Alcalde no las tramita ni les da curso, porque cada vecino multado supondría la pérdida de votos de una familia en las próximas elecciones locales.

El quiosquero, sentado en el interior de su habitáculo, mira a la plaza y reflexiona:

Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende de las circunstancias y las circunstancias son que de forma democrática y por unanimidad los vecinos se comprometieron a no coger naranjas para provecho propio y particular. El Alcalde este acuerdo lo hizo ley y la ley es necesario cumplirla y quien así no lo haga deberá recibir una sanción por el perjuicio producido a la colectividad.

Pero si los vecinos se sirven naranjas cada cual a su aire y el Alcalde no vigila ni sanciona, ¿cómo proceder?

Él es un hombre cumplidor de los acuerdos, que respeta la ley; una persona honrada, y aunque todos obren de modo contrario, tiene que mantenerse fiel a sus principios.

Sin embargo, por otra parte, ¿a quién perjudicaría si él también tomara algunas de las pocas naranjas que aún quedan…?

Pero no.

El quiosquero se entristece al constatar una vez más que en nuestra sociedad las personas decentes siempre salen perdiendo y los que no respetan nada y actúan saltándose las leyes y actuando de modo egoísta en beneficio propio con perjuicio para los demás, son lo que, a la larga, suelen quedar beneficiados.

Y ocurrió que el hombre del quiosco, honrado y cumplidor de las leyes democráticas se quedó sin naranjas y el pueblo se quedó sin fuente en la plaza.

Juan Ferrero

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‘Suben las gasolineras y baja el servicio’, por Juan Ferrero

“Los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente”

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'Suben las gasolineras y baja el servicio', por Juan Ferrero

A veces, puede comprobarse lo fácil que le resulta a las clases dominantes conducir a la masa popular sin que esta proteste lo más mínimo.

Estamos quejándonos constantemente de la carestía de la vida por todas partes y luego llegamos a la gasolinera y le decimos a los empleados que sirven en los surtidores que se quiten de allí y se vayan al paro, que ese trabajo lo vamos a realizar nosotros de modo gratuito.

El asalariado, al que le habrán exigido al menos un cursillo o jornadas para que lleve en cuenta las más elementales normas a la hora de manipular sustancias inflamables y, por lo tanto, peligrosas, se marchará a engrosar la lista del paro, mientras nosotros nos bajamos del vehículo y, “generosamente”, tomamos el surtidor sin tener en cuenta los perjuicios que eso puede acarrearnos. Unas manchas en la indumentaria, por ejemplo, inutilizarían nuestras prendas de vestir. ¿Y quién pagaría eso?  En ocasiones, ni el dinero solucionaría el problema, como el caso en que las circunstancias y el tiempo, en pleno viaje, no permitiera el cambio de indumentaria; por no citar descuidos propios o con elementos y personas de acompañamiento o ajenas que se hallen junto a los mismos surtidores.

Resumiendo: los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente. Porque, que nos conste, ni sindicatos, ni partidos, ni Ministerio de Consumo, ni el público en general dicen o hacen algo al respecto.

En  la vida cotidiana pueden darse abusos frente a los cuales poco puede hacer el individuo solo. Pero no es este el caso porque, por fortuna, aún existen gasolineras atendidas por sus empleados, y yo, mientras  sea posible, únicamente acudiré a estas (subrayo lo de “sea posible” ya que tampoco es caso de quedarse en la carretera sin carburante por no pararse en la gasolinera de autoservicio). Pero una cosa no quita la otra; todo es cuestión de prever y calcular.

Juan Ferrero

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‘Nuevos bandoleros de caminos’, por Juan Ferrero

“Los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino”. Juan Ferrero nos da su opinión

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La palabra bandolero la relacionamos enseguida con otras como camino y diligencia, asociadas a la época romántica del siglo XVIII y XIX.

Modernamente han aparecido otro tipo de bandoleros de caminos, pero en estos se da un aspecto nuevo. Los bandoleros antiguos iban a un camino y se quedaban con lo que pasaba por él; pero los nuevos bandoleros no, los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino. Y otra diferencia: los gobernantes de la época mandaban perseguir a los bandoleros, pero a los nuevos bandoleros no los persigue nadie.

Ya, cuando los propietarios de fincas construyeron los típicos cercados de piedra, muchos de ellos no respetaron las anchuras que por ley correspondía a los distintos tipos de caminos públicos, quedando estos mermados en su viabilidad.

Desde hace algunas décadas, ha surgido un ansia generalizada, por parte de ciertos propietarios, de cortar y apoderarse de todo camino público colindante con sus fincas; o también, de juntar con su terreno cualquier ensanche o abrevadero de camino. Los hay que sin ser propietarios, se adueñan e instalan con descaro en aquellos espacios sobrantes después de que Obras Públicas rectifique un camino o carretera.

En general, ni los gobernantes de turno en el Estado, en las Comunidades, Diputaciones o Ayuntamientos toman iniciativa alguna para hacer que los nuevos bandoleros devuelvan lo robado. Es más, en ocasiones, cuando algún grupo de ciudadanos se ha presentado en uno de estos caminos a reivindicar su apertura, con la cartografía oficial correspondiente que certificaba su *titularidad pública, alguien ha echado a los agentes de la Guardia Civil sobre ellos, pidiendo carnet y exigiendo su disolución. (Y lo que escribo lo he vivido directamente junto con otras personas).

Como excepción, algún municipio ha firmado convenio con la Junta  para catalogar sus caminos municipales, pero sólo conozco un pueblo en la comarca (Cardeña) donde su alcaldesa, Cati Barragán, obligó a los propietarios a abrir y devolver aquellos caminos públicos que habían cortado.

Pero en fin, no nos escandalicemos. Si es verdad lo que mantienen las nuevas corriente, es decir, que lo moralmente bueno es aquello que así lo decide la mayoría, robar un camino o parte de él no es inmoral, porque la mayoría de la población no protesta, se calla; y ya se sabe que quien calla otorga.

Así pues, por decisión de esa mayoría de ciudadanos, robar un camino es una acción buena, correcta desde el punto de vista de la moral. De este modo, se comprende la postura o actitud de los gobernantes ante los nuevos bandoleros de caminos.

Lo que ocurre es que esta actitud de los gobernantes no encaja con las declaraciones que luego se hacen, prometiendo trabajar por la promoción del turismo rural y contra la España vaciada.

Juan Ferrero

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