En todos los partidos u organizaciones políticas abundan unos militantes que, una vez adscritos a una sigla, se limitan a pensar y actuar según le ordenen desde arriba; son los militantes “impersonales”; internamente no cuestionan, no elaboran, ni analizan, ni reflexionan; no poseen ni personalidad ni opinión propia; constituyen el sector borreguil de cada partido o grupo ideológico, y tienen como actitud rechazar todo lo que venga del rival político, sin detenerse a valorar si tiene o no razón.

Por otra parte, hay que decir que los independentismos en nuestra península son un invento de las camarillas descendientes de los señores feudales de la Edad Media que, con el transcurrir del tiempo evolucionaron a la burguesía, y de ahí, en los últimos tiempos, acabaron formando la patronal de la actual época industrial, es decir, el capitalismo.

Los habitantes de algunos de estos territorios donde nació el independentismo, como Cataluña, siempre estuvieron –por miedo- entregados a la protección y dependencia de otras soberanías; aunque eso no impidió que por circunstancias ajenas a ellos y que ahora no vamos a detallar, estas regiones se convirtieran en las más ricas de España. Ello les hizo plantearse a las camarillas dominantes la posibilidad de separarse del resto del Estado español para, de este modo, no tener que dar cuentas a nadie ni de su economía ni de sus corrupciones, convirtiéndose en los dueños y señores (como antiguamente) de sus respectivos territorios, haciendo de sus regiones sus “cortijos” particulares.  (Véase, como ejemplo, al honorable Pujol y familia).

Sin embargo, para conseguir su objetivo tendrían que superar una dificultad: convencer a sus súbditos para que se adhirieran a la causa separatista. Porque hay que señalar que estas poblaciones nunca reivindicaron como necesidad la secesión, y siempre prefirieron la lengua española a su lengua o dialecto local.

A la muerte de Franco, se calcula que el número de independentistas giraba en torno al 15%. Pero con la llegada de la democracia se recoge en la Constitución un modelo electoral encaminado a implantar el bipartidismo (dos partidos fuertes; unas veces tú y otras yo, para que todo siga igual) Este sistema, injusto y discriminatorio, favoreció de rebote y permitió que los independentistas accedieran al Congreso necesitando muchísimos menos votos por escaño que cualquier otro partido de ámbito nacional. Ello les permitió chantajear a los Presidentes de turno del Congreso que, para no perder el sillón de mando, fueron haciendo concesiones, entre ellas la eliminación y sustitución de la lengua española por la lengua o dialecto de cada autonomía.

Así pues, las camarillas independentistas se encontraron con dos armas letales a su favor: la ley electoral y la eliminación de la lengua española. Y a partir de ahí se dedicaron a adoctrinar y manipular a suspoblaciones desde los primeros cursos escolares, y con todos los medios de difusión en sus manos. Sin otras referencias, a los secuestrados se les infunde el odio a todo lo español, haciéndoles creer que la culpable de todos sus males es España y que si consiguieran la independencia estarían en el Paraíso.  Ah (y esto es importante), todo por vía emocional. Y lo que se mete en una cabeza por vía sentimental es casi imposible (salvo excepciones) sacarlo por vía racional. De este modo, tenemos que los partidarios del independentismo, por ejemplo en Cataluña,  han pasado del 15 al 49% en la actualidad.

En un momento dado, el que entonces fuera ministro de educación del PP, José Ignacio Wert, decidió acabar con esta farsa de los separatistas e intentó andar el camino inverso al que habían  recorrido ellos y, para eso, propuso la implantación del español en todos centros escolares de modo paritario con las lenguas o dialectos regionales (que ya era suave y permisivo). Cuando saltó la noticia, los militantes “impersonales” pusieron el grito en el cielo, calificando tanto al ministro como a quienes estuvieran de acuerdo con él (aunque la coincidencia fuese solo en este punto) de fascistas, fachas y de extrema derecha.  Y eso que el ministro no se refirió a ninguna zona de África, ni a ningún rincón perdido de Asia… El ministro quiso españolizar España, que estaba –y está- siendo destruida por camarillas golpistas para beneficio de ellas mismas.

Con esta desorientación intelectual e ideológica, de aquí a unos años el porcentaje de separatistas se acercará al 100 %  y las camarillas señaladas se frotarán felices las manos por haber conseguido sus objetivos.

Y es que estos ricos descendientes de la burguesías no solo han engañado a sus poblaciones, sino también a una buena parte del resto de españoles, sobre todo –y esto es lo más grave- a partido y fuerzas que se autodenominan progresistas.

Juan Ferrero