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‘Europa necesita el esperanto’, por Juan Ferrero

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Esperanto

Se dice que el saber no ocupa lugar, y es posible que sea cierto. Pero lo que sí requiere es energía, atención, esfuerzo, tiempo… y, casi siempre, dinero. Así ocurre con el aprendizaje de idiomas.

Vivimos en un mundo global en el que la intercomunicación continúa siendo un problema.

Lo ideal sería que en la escuela se estudiara la lengua oficial de la propia nación y, además, otra auxiliar común al mayor número posible de personas en el mundo.

¿Pero cuál sería esa lengua común?

Cada país quisiera que fuese la suya; pero habría que elegir solo una.

¿Se escogería el mandarín chino, que es el usado por el mayor número de personas en el mundo?, ¿el español, que es el segundo?, ¿El inglés que es la lengua que nos impone el Imperio?

El aprendizaje de los idiomas en uso es altamente difícil de aprender, por sus irregularidades, por la cantidad de excepciones a sus propias normas, porque no siempre se corresponde cada sonido con su letra, etc.

Por otra parte, ninguna nación debiera imponer su lengua a otras por mucho poder que se ostentara.

Se necesita pues un idioma científico y fácil de aprender.

Precisamente Europa, que aspira a constituirse en una gran nación con todos sus países, tiene la necesidad de una lengua auxiliar común, sin tener que recurrir al inglés, el idioma de Reino Unido, la nación menos ligada al continente y con menos vocación europea; a donde los jóvenes del resto de países tienen que desplazarse para servir de “criados” a cambio de intentar adquirir cierto grado de aprendizaje de inglés; con el flujo económico que le supone al Reino Unido  tal peregrinaje.

Y el caso es que ese idioma científico y fácil ya existe: El Esperanto.

¿Y por qué no se implanta como segunda lengua en todo el sistema escolar de los países europeos? Porque hay intereses creados. A Estados Unidos y  el Reino Unido no les interesa que el Esperanto sustituya en el mundo al inglés, y Europa ya se sabe que se halla subordinada a las decisiones del Gran Imperio.

El Esperanto tiene sus detractores, pero ninguno de ellos ha aprendido ni dominado esta lengua, dan su opinión negativa sin conocerlo bien. El Esperanto  sirve para expresar cualquier pensamiento o  sentimiento,  como los demás idiomas.

En todo caso, existen asociaciones esperantistas en el ámbito internacional, nacional, regional y provincial (al menos en Córdoba) que tienen emisiones, revistas, reuniones, encuentros e imparten cursos por correspondencia. Para quienes estén interesados o sientan curiosidad pueden solicitar información en este correo electrónico:  esperanto14@ono.com

 Juan Ferrero

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‘Los depredadores y la idiotez invisible’, por Juan Ferrero

“Imaginemos un río. En una orilla se encuentra el nacimiento de los seres humanos y en la otra orilla, la muerte…”. Un artículo de opinión de Juan Ferrero

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puente

Imaginemos un río.  En una orilla se encuentra el nacimiento de los seres humanos y en la otra orilla, la muerte. En medio, atravesando el río, la persona que, como un puente, se sustenta sobre dos pilares: uno formado por la maldad y la bondad, y otro, constituido por el sentido común (o lógica natural) y la idiotez.

Los estudiosos del ser humano mantienen que los atributos individuales de ambos pilares dependen de las condiciones culturales en las que se haya criado cada persona. Lo que decía Ortega y Gasset: “Yo soy yo y mi circunstancia”

Si bien esto puede ser cierto en ese primer pilar (bondad-maldad) que sujeta el paso por el puente de la vida, en el otro pilar (sentido común-idiotez) no depende siempre de la circunstancia en la que se vive.

Es verdad que desde cualquier pedestal o foro se puede llegar a idiotizar a la gente, pero es también verdad que nacen muchas personas que ya vienen a este mundo con defecto de fabricación, y no solo nos referimos a esos individuos que nacen con carencias físico-psíquicas claramente visibles, sino a esos otros que,  padeciendo un alto grado de idiotez se incorporan a la sociedad como si no adolecieran de tales deficiencias.

Por otra parte y continuando con el símil del puente, el objetivo ideal del ser humano, como individuo y como colectivo, es conseguir el placer y evitar el sufrimiento.

Pues bien, gran parte de la culpa de que estos dos objetivos no se consigan la tienen los idiotas invisibles.

En este sentido, la especie humana se encuentra en desventaja, comparada con otras especies. En las demás especies, los idiotas son las primeras presas de los depredadores, de tal modo que la vida no les da la oportunidad de reproducirse, mientras que en la especie humana (al ser algo genético y no tener depredadores de otras especies), los idiotas se reproducen una y otra vez sin nadie que pare la “epidemia”, extendiéndose el número de afectado como las estrellas del firmamento y las arenas del desierto, que dirían en la antigüedad.

La idiotez invisible tiene dos aspectos negativos:

1.- Gran parte del sufrimiento de los seres vivos lo producen los idiotas. Por eso debiera haber alguien que evitase su reproducción; un organismo o comisión que creara el título de “idiota” y luego concedérselo a quien, tras un exhaustivo examen genético y social, se le detectara tal deficiencia. Claro que a ver quién era el guapo encargado de entregarle dicho título al afectado: “Aquí tiene usted, su título de idiota. Prohibido tener descendencia”.

2.- El otro aspecto negativo consiste en que el idiota no sabe que lo es. Tanto es así que, el autor de este artículo pudiera padecerlo y no haberse enterado; de ahí estas cosas que escribe.

Nunca se debe descartar nada.

Pero bueno, este escrito, aparte del espacio que ocupa, no causa mal a nadie, digo yo.

Juan Ferrero

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‘Evolución o involución, esa es la cuestión’, por Cristina García Sarasa y Manuel Sánchez Jurado

Ya lo decía Hipócrates, el padre de la medicina, “Las enfermedades no nos llegan de la nada”. Un artículo de opinión de Cristina García Sarasa y Manuel Sánchez Jurado.

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Mascarilla

Ya lo decía Hipócrates, el padre de la medicina, “Las enfermedades no nos llegan de la nada. Se desarrollan a partir de pequeños pecados diarios contra la Naturaleza. Cuando se hayan acumulado suficientes pecados, las enfermedades aparecerán de repente.” Y en un mundo interconectado, globalizado y poco sostenible, los virus llevan varios años siendo una de las principales amenazas de la salud, junto con las bacterias resistentes a antibióticos, la contaminación del aire y el cambio climático.

En los últimos 30 años, el número de brotes de enfermedades infecciosas detectados se ha multiplicado por tres y era algo dentro de lo esperado que un nuevo virus se propagara de los animales a los seres humanos y causara una pandemia. La cuestión era saber cuándo ocurriría.

Y ese día llegó y ahora todos nos lamentamos. Es normal, necesitamos un periodo para lamernos las heridas e infundimos ánimos, pero ya es hora de reflexionar sobre qué no hicimos bien y qué necesitamos cambiar, reforzar o innovar como sociedad, porque este problema no lo solucionaremos actuando como “individuo”.

Necesitamos que los sistemas de salud sean públicos, universales y fuertes, capaces de resistir amenazas masivas para la salud.

Necesitamos que los gobiernos inviertan en sanidad e investigación pública y gestionen mayor cantidad de recursos ante la posible llegada de otras epidemias o pandemias, con políticas preventivas que nazcan del consenso político y social.

Necesitamos una respuesta colectiva a esa demanda de lo público, una respuesta de todos, porque los virus no distinguen de sexos, fronteras, razas, riquezas o religiones y si la sanidad se extiende a todos, unidos podremos salir mejor y más reforzados de cualquier tipo de epidemia o pandemia.

Necesitamos planes de investigación que identifiquen enfermedades y patógenos que puedan ser una emergencia de salud pública, pero de los que actualmente carecemos de tratamientos y vacunas efectivas.

Necesitamos fortalecer los mecanismos de colaboración y coordinación internacionales. Una enfermedad de este tipo no tiene fronteras, por lo que necesitamos crear nuevas formas de colaboración entre países para hacer frente a este tipo de pandemias. No podemos permitir que cada país acumule vacunas, acapare recursos y ejecute su propio plan. España necesita cada vez más ser Europa, no mirarnos en los ombligos nacionalistas, sino ser los que lideremos la solución la próxima vez que ocurra una pandemia. Porque ésta no ha sido la primera y no será la última vez que nos enfrentemos a algo de esta magnitud.

Necesitamos un buen sistema de protección social que destine más recursos a quienes menos medios tienen; necesitamos una educación pública que mejore el futuro de una sociedad que debe ser más solidaria, íntegra, colaboradora y resiliente; necesitamos tener una economía diversificada y neutra para el clima, capaz de sostenerse con energías renovables; necesitamos ser prolíficos en producción científica y ser punteros en investigación tecnológica.

¿Y cómo se financia todo este gasto público? Pues la única opción es que los recursos salgan de los impuestos, no deben depender de donaciones más o menos altruistas, no puede ser que alguien ajeno al sistema decida cuánto y dónde se invierte. Si alguien quiere dar dinero al sistema público, debería hacérselo llegar a los responsables de administrarlo para que ellos lo gestionen en función de criterios públicos.

Muchos cambios que necesitan de una sociedad consciente y responsable, cambios sistémicos que no son sencillos porque necesitaremos repensar nuestro modelo de vida actual, nos forzará a buscar alternativas que nos permitan seguir con nuestras vidas de manera diferente y tendremos que actuar para defender un futuro mejor para nuestros hijos e hijas.

Promover la solidaridad y no el egoísmo; la cooperación y no la desesperación; la unión y no la división y el enfrentamiento; la visión crítica y no el ataque furibundo provocado por la infodemia de rumores, bulos y datos falsos. Éstos y no otros, son y serán valores fundamentales a desarrollar.

En estos días de confinamiento vemos y escuchamos aplausos en los balcones, oímos historias emotivas…, parece que hay un repunte de la responsabilidad social, un empoderamiento ciudadano para el “rescate” de lo público, pero ¿qué ocurrirá cuando acabe el confinamiento? ¿Seguiremos aplaudiendo en los balcones con las mismas ganas y nos moveremos como sociedad para que nuestra sanidad, educación e investigación públicas, sean fuertes, estén bien gestionadas y dotadas con los recursos suficientes?

Ojalá sea así. Entonces, sabremos que esos aplausos eran de verdad, que no eran espejismos de solidaridad, que no eran actos egoístas para limpiar nuestra conciencia y creer que estábamos haciendo algo por el bien común, que no eran por nosotros mismos, por sentirnos arropados por el grupo, por agarrarnos a un rayo de esperanza en la rutina de un confinamiento duro, por sentirnos que no éramos los únicos en esta situación crítica…

Ojalá hayamos aprendido algo en este tiempo de encierro, ojalá hayamos reflexionado sobre el tipo de sociedad que queremos ser, qué podemos hacer para mejorarla y, como individuos, que hábitos tenemos que cambiar para el bien común.

Si lo hacemos, será el cambio social más importante de los últimos siglos y servirá para preservar un futuro más sostenible a nuestros hijos. Habremos sabido que la evolución es el camino. Sin embargo, si elegimos la involución, a lo mejor será tarde para muchas cosas, entre otras, la posibilidad de construir un mundo donde quepamos todos.

Cristina García Sarasa, bióloga

Manuel Sánchez Jurado, psicopedagogo y maestro

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‘¿Y qué hago, lo pinto?’, por un confinado

“Delante de mi madre pidiéndole algo que no podía darme en ese momento…”. Un artículo de opinión de un confinado.

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'¿Y qué hago, lo pinto?', por un confinado

Estos días que tanto dan que pensar, han venido a mi cabeza recuerdos de infancia. Uno de ellos de manera insistente.

Me veía delante de mi madre pidiéndole algo que no podía darme en ese momento. Y ante mi insistencia siempre me respondía: “¿Y qué hago, lo pinto?”.

Este pensamiento me venía ante la queja de la falta de material de protección que se está sufriendo en todo el mundo para combatir la pandemia. E inmediatamente me venía otro recuerdo, el de aquel libro releído hasta la saciedad, por falta de otros, en el que había una buena solución.

El libro es “Historias de Ninguno“, de Pilar Mateos. Trata sobre la amistad y el refuerzo de la personalidad, pero lo que a mi mente infantil se le quedó grabado fue que a Ninguno le regalaron una caja de pinturas, viejas y sin punta, pero que cada vez que dibujaba con ellas, lo dibujado cobraba vida.

¡Qué bien le vendrían unas cajas de esas pinturas al Gobierno!, ¡a todos los gobiernos! Así, podrían dibujar mascarillas, guantes, EPIs, respiradores, … y no haría falta luchar como chacales para conseguirlos.

Podríamos decir que existen esas cajas de pinturas mágicas y que son las impresoras 3D. Y que están en manos de gente buena, anónima, costureras que dibujan mascarillas y batas, aunque no utilicen muchos colores.

Están en manos de vecinos que ahora se conocen por sus nombres, y antes solo de vista. Y de niños que inundan los balcones de arcoiris.

Pero, que pena que nuestro Gobierno, todos los gobiernos, no tengan una. Porque podrían estar dibujando fármacos y vacunas para terminar con este sufrimiento.

Soy optimista, y creo que lo utilizarían antes para esto, que para dibujar dinero.

Y tú, ¿qué dibujarías?

Un confinado.

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