Es una pena que después de al menos 14 o 15 años, como mínimo, que es el tiempo que se pasan los españoles en el sistema escolar, no aprecien el valor que supone la Lengua Española. Es como el que posee una extraordinaria joya y no fuera consciente de ello; o como el que tiene un tesoro y con una actitud boba deja que se lo vayan robando sin oponer la mínima resistencia.

Ese papanatismo cultural que ya por tradición venimos padeciendo los españoles es el que permite que el barbarismo anglosajón vaya invadiendo innecesariamente nuestro idioma y acabando con él. Y no solo no ofrecemos resistencia al idioma que nos ataca, sino que, debido a ese inculto papanatismo cateto, estamos deseando cazar una de estas palabras bárbaras para usarlas y presumir de que estamos al día.

Y eso ocurre no solo entre la gente de a pie, sino, sobre todo, entre los que se dirigen al público desde un micrófono, una pantalla, un periódico, un establecimiento comercial, etc. Es triste observar cómo a estos que usan los medios de difusión se les prohíba escribir y pronunciar palabras españolas como Gerona, Orense, La Coruña, Lérida, etc. y sin embargo, se les permita difundir y poner de moda toda clase de anglicismos.

El último barbarismo ha sido “Black Friday” que de la noche a la mañana ha invadido España entera.

Afirmaba un académico de la RAE que cuando se sustituye una palabra por otra extranjera no solo muere esa palabra, sino toda su familia.

En el posible y futuro pacto por la enseñanza entre partidos políticos, el primero y más importante principio a integrar debería ser inculcar entre los alumnos la importancia, el reconocimiento y aprecio por la Lengua Española.

No es que nos opongamos al aprendizaje de idiomas extranjeros; pero las palabras inglesas, por ejemplo, deberían emplearse cuando se esté usando esa lengua. Mientras tanto, deberíamos intentar perfeccionar la rica y brillante lengua española para así poder comunicar lo mejor posible nuestros pensamientos, sentimientos y sensaciones, y entender igualmente a los demás.

Juan Ferrero