Pues resulta que unos prestigiosos y sesudos profesores de una universidad catalana, tras minuciosas y rigurosas investigaciones, han descubierto que Jesucristo no vivió y murió en Palestina, sino en la provincia hispana de la antigua Roma, llamada Tarraconense (Por donde cae Cataluña, más o menos), y por lo tanto, el pasaje con Pilatos  ocurrió así:

Poncio Pilatos, después de flagelar a Jesús con un látigo a la romana (que no es cualquier cosa), lo mostró a la muchedumbre que llenaba la plaza y le preguntó:

–Chusma hispana –porque los romanos eran soberbios y les gustaba humillar a los pueblos conquistados-, ¿a quién suelto a Jesús o a Pujol (este Pujol no era el actual, sino  otro de los tiempos de Jesús).

–¡A Pujol!  ¡A Pujol!  ¡A Pujol! –vociferó la turba.

Pilatos, extrañado, repitió la pregunta:

–¡Populacho hispano! Mirad que Jesús es un “mindundi”, un muerto de hambre, pero honrado y justo; mientras que el tal Pujol os ha robado a manta. Os lo pregunto de nuevo: ¿A quién pongo en libertad?

–¡A Pujol!  ¡A Pujol!  ¡A Pujol!

Sorprendido, Pilatos insistió:

–¡Gentuza hispana! Tened en cuenta que Jesús siempre ha ido haciendo el bien, consolando a los enfermos y ayudando a los necesitados; en cambio, el Pujol no solo os ha robado con una avaricia sin límites, sino que, si queda libre, seguirá robando y os sumirá a vosotros, a vuestros hijos y a los hijos de vuestros hijos en la más profunda de las miserias. Pensadlo bien antes de responder.

–¡A Pujol!  ¡A Pujol!  ¡A Pujol! –repitieron sin esperar a que el romano hiciera de nuevo la pregunta.

–¿Y qué hacemos entonces con Jesús? –preguntó Pilatos, esperando que se conformaran con enviarlo a  las mazmorras durante algún tiempo y luego se olvidaran de él.

–¡Entrégalo a la Santa Inquisición! –dijo alguien en voz alta desde el fondo.

Todos corearon enfurecidos la propuesta.

–¡A la Inquisición!  ¡A la Inquisición!  ¡A la Inquisición!

El ayudante de Pilatos se acercó a él y le comentó algo al oído. Luego, Pilatos extendió los brazos y la plaza quedó en silencio.

–Sometido pueblo hispano, –dijo- me comunican que la Santa Inquisición no se ha inventado todavía.

La confusión producida por la noticia acabó, tras unos momentos, por explotar.

–¡Entonces crucifícalo!  ¡Crucifícalo!  ¡Crucifícalo!

–¡Pero si este hombre es inocente! –aclaró el prefecto romano.

–¡Crucifícalo!  ¡Crucifícalo!  ¡Crucifícalo! –continuó la multitud a grito pelado, enloquecida ya.

Pilatos por su parte, una vez entregado el reo, se retiró a lavarse las manos porque en uno de los salones de palacio le estaba esperando para una bacanal orgiástica.

Juan Ferrero