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‘La incomprensible izquierda radical’, por Juan Ferrero

Juan Ferrero se pregunta “¿qué ventajas tiene que el territorio español se descomponga en 17 naciones?”

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Mapa de España

En este escrito propongo a los lectores la siguiente observación:

Por una parte tenemos en ciertas regiones de España camarillas, compuestas por las familias de la rancia y rica burguesía, que intentan la independencia de sus respectivos territorios para convertirlos en sus “cortijos” y así no tener que dar cuenta a nadie de su gestión y corrupciones.

Su principal arma para conseguir este objetivo es la eliminación de la lengua española, sustituyéndola por el idioma o dialecto de cada región (a veces, componiéndolo de modo artificial). La anulación del español, incumpliendo la Constitución, se viene ejerciendo desde el principio en que esta se aprobara, sin que los gobiernos del Estado hicieran nada para impedirlo. A partir de ahora, gracias a las exigencias de los separatistas, será legal esa anulación en sus respectivos territorios.

Con el idioma español desaparecido, pasan libremente al adoctrinamiento desde el sistema escolar y los medios de difusión, y de ahí a la represión y denuncia a los ciudadanos que discrepen.

Hay que aclarar que, históricamente, la masa popular de estas regiones siempre prefirió hablar el idioma español y ser española. Estas ideas del independentismo nacen de las ricas clases dominantes y han ido cayendo (como cae el agua de una ducha) sobre la población; su recorrido ha ido de arriba abajo.

Por otra parte, existen en España dos formaciones de orientación comunista (Izquierda Unida y Podemos) con una ideología y modelo de sociedad completamente opuestos a las llamadas derechas, las clases dominantes y opresoras, de las que forman parte –̶como ya se ha dicho- los patrocinadores de los independentistas.

También hay, entre los separatistas, militantes y partidosque se dicen de izquierdas, propios y exclusivos de cada región. Pero que no nos confundan, estos últimos no pasan de ser perros adiestrados desde la escuela infantil para defender los intereses de la burguesía independentista.

Y para completar el cuadro, no quiero excluir al coro de papagayos que cuando oyen a alguien posicionarse en contra de los separatistas y a favor de la unidad de España, los califican de facha.

Sin olvidar al clásico trepador y oportunista que busca vivir de esto.

¿Y qué resulta incomprensible ante este panorama?

Pues resulta incomprensible que Izquierda Unida (que incluye al Partido Comunista de España) y Podemos, llamados ahora la Izquierda “Radical”, se pongan a defender los INTERESES del Capital, de los grandes poderes económicos de esas regiones que son los que se encuentran detrás del separatismo en cada región.

Argumenta la izquierda “radical” que en sus documentos congresuales se recoge como objetivo una España Federal, es decir, más o menos lo que hay ahora.

Este objetivo tiene una parte oscura: en política, lo que se federan son varios estados y en España solo existe un estado. Además, ¿se imagina alguien una España Federal Unida?; ¿alguien se imagina a Cataluña, las Vascongadas, Baleares, Valencia, Galicia, etc. sometiéndose voluntariamente a cualquier tipo de federalismo?

Insisto: Apoyar los separatismos de las regiones, como hace la izquierda “radical”, es defender los intereses de los grandes capitales de esas regiones, acabando con el idioma español y rompiendo España. (Recuérdese el experimento de la España cantonal durante la Primera República Española, promovido por la burguesía en 1873 en el que hasta ciudades y comarcas reclamaron su independencia).

Y -repito- esto es lo incomprensible, que la llamada izquierda “radical” se una a las corruptas camarillas independentistas para eliminar el idioma español y destruir España.

E incomprensible también resulta la pasividad general de los españoles, contemplando como nos quitan parte de nuestro territorio y de nuestra lengua común; incomprensible, sobre todo, cuando esa pasividad se da en los afiliados de las dos formaciones “radicales”, I.U. y Podemos.

Sinceramente pienso que, al menos los compañeros del PCE, debieran revisar la distancia que existe entre los postulados ideológicos y las prácticas correspondientes.

Y finalmente, planteo dos preguntas:

– ¿Qué ventajas tiene, para la población española en general, que el territorio español se descomponga en 17 naciones (o más), cada una con su lengua o dialecto y con sus distintas leyes?

– ¿No sería lo mejor establecer el español como lengua común en toda España, única lengua obligatoria en todo lo oficial, y que luego en la enseñanza se dedicara unas horas semanales a la lengua de cada región?

Estaría bien que algún “radical” respondiera las preguntas de manera que lo entendiéramos.

Y esto no se trata de Derecha, Centro o Izquierda, sino de sentido común y de evitar que unas cuantas camarillas golfas separatistas se beneficien a costa del resto de Españoles.

Juan Ferrero

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‘La moral de las naranjas’, por Juan Ferrero

“Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende”

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Naranjo, naranja

El pueblo es pequeño, pero tiene una plaza cuadrangular, amplia, rodeada en su interior por alegres naranjos, así como en todas las calles que a ella afluyen. Anualmente, el Ayuntamiento recolecta la dulce fruta y las invierte en algún objetivo municipal. Esta temporada, tras un referendo entre sus vecinos, se ha acordado por unanimidad, y así se ha recogido en un decreto de la Alcaldía, que el dinero conseguido con la venta de las naranjas irá a amortizar todo o parte de la colocación en el centro de la plaza de una fuente que la embellezca aún más.

El decreto se toma como ley y quien la incumpla será multado.

El hombre que atiende el quiosco de la plaza es persona honrada, de principios cívicos, y ve acertado el proyecto al que los vecinos se han comprometido.

Mas pasando el tiempo, observa que algunos vecinos, incumpliendo el compromiso contraído, van cogiendo naranjas para su beneficio particular.

La cogida de naranjas, poco a poco se va haciendo generalizada.

El hombre del quiosco comprueba, primero sorprendido y después indignado, cómo las naranjas van desapareciendo sin que ninguna autoridad haga algo para evitarlo. Es cierto que la policía municipal ha tomado algunos nombres para justificarse y enviado las correspondientes denuncias; pero luego el Alcalde no las tramita ni les da curso, porque cada vecino multado supondría la pérdida de votos de una familia en las próximas elecciones locales.

El quiosquero, sentado en el interior de su habitáculo, mira a la plaza y reflexiona:

Tomar una naranja del árbol no es moralmente ni bueno ni malo, depende de las circunstancias y las circunstancias son que de forma democrática y por unanimidad los vecinos se comprometieron a no coger naranjas para provecho propio y particular. El Alcalde este acuerdo lo hizo ley y la ley es necesario cumplirla y quien así no lo haga deberá recibir una sanción por el perjuicio producido a la colectividad.

Pero si los vecinos se sirven naranjas cada cual a su aire y el Alcalde no vigila ni sanciona, ¿cómo proceder?

Él es un hombre cumplidor de los acuerdos, que respeta la ley; una persona honrada, y aunque todos obren de modo contrario, tiene que mantenerse fiel a sus principios.

Sin embargo, por otra parte, ¿a quién perjudicaría si él también tomara algunas de las pocas naranjas que aún quedan…?

Pero no.

El quiosquero se entristece al constatar una vez más que en nuestra sociedad las personas decentes siempre salen perdiendo y los que no respetan nada y actúan saltándose las leyes y actuando de modo egoísta en beneficio propio con perjuicio para los demás, son lo que, a la larga, suelen quedar beneficiados.

Y ocurrió que el hombre del quiosco, honrado y cumplidor de las leyes democráticas se quedó sin naranjas y el pueblo se quedó sin fuente en la plaza.

Juan Ferrero

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‘Suben las gasolineras y baja el servicio’, por Juan Ferrero

“Los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente”

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'Suben las gasolineras y baja el servicio', por Juan Ferrero

A veces, puede comprobarse lo fácil que le resulta a las clases dominantes conducir a la masa popular sin que esta proteste lo más mínimo.

Estamos quejándonos constantemente de la carestía de la vida por todas partes y luego llegamos a la gasolinera y le decimos a los empleados que sirven en los surtidores que se quiten de allí y se vayan al paro, que ese trabajo lo vamos a realizar nosotros de modo gratuito.

El asalariado, al que le habrán exigido al menos un cursillo o jornadas para que lleve en cuenta las más elementales normas a la hora de manipular sustancias inflamables y, por lo tanto, peligrosas, se marchará a engrosar la lista del paro, mientras nosotros nos bajamos del vehículo y, “generosamente”, tomamos el surtidor sin tener en cuenta los perjuicios que eso puede acarrearnos. Unas manchas en la indumentaria, por ejemplo, inutilizarían nuestras prendas de vestir. ¿Y quién pagaría eso?  En ocasiones, ni el dinero solucionaría el problema, como el caso en que las circunstancias y el tiempo, en pleno viaje, no permitiera el cambio de indumentaria; por no citar descuidos propios o con elementos y personas de acompañamiento o ajenas que se hallen junto a los mismos surtidores.

Resumiendo: los empleados, despedidos; los usuarios, haciendo gratis el trabajo de estos; y el empresario, tan complaciente. Porque, que nos conste, ni sindicatos, ni partidos, ni Ministerio de Consumo, ni el público en general dicen o hacen algo al respecto.

En  la vida cotidiana pueden darse abusos frente a los cuales poco puede hacer el individuo solo. Pero no es este el caso porque, por fortuna, aún existen gasolineras atendidas por sus empleados, y yo, mientras  sea posible, únicamente acudiré a estas (subrayo lo de “sea posible” ya que tampoco es caso de quedarse en la carretera sin carburante por no pararse en la gasolinera de autoservicio). Pero una cosa no quita la otra; todo es cuestión de prever y calcular.

Juan Ferrero

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‘Nuevos bandoleros de caminos’, por Juan Ferrero

“Los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino”. Juan Ferrero nos da su opinión

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La palabra bandolero la relacionamos enseguida con otras como camino y diligencia, asociadas a la época romántica del siglo XVIII y XIX.

Modernamente han aparecido otro tipo de bandoleros de caminos, pero en estos se da un aspecto nuevo. Los bandoleros antiguos iban a un camino y se quedaban con lo que pasaba por él; pero los nuevos bandoleros no, los actuales bandoleros van al camino y se quedan con el mismo camino. Y otra diferencia: los gobernantes de la época mandaban perseguir a los bandoleros, pero a los nuevos bandoleros no los persigue nadie.

Ya, cuando los propietarios de fincas construyeron los típicos cercados de piedra, muchos de ellos no respetaron las anchuras que por ley correspondía a los distintos tipos de caminos públicos, quedando estos mermados en su viabilidad.

Desde hace algunas décadas, ha surgido un ansia generalizada, por parte de ciertos propietarios, de cortar y apoderarse de todo camino público colindante con sus fincas; o también, de juntar con su terreno cualquier ensanche o abrevadero de camino. Los hay que sin ser propietarios, se adueñan e instalan con descaro en aquellos espacios sobrantes después de que Obras Públicas rectifique un camino o carretera.

En general, ni los gobernantes de turno en el Estado, en las Comunidades, Diputaciones o Ayuntamientos toman iniciativa alguna para hacer que los nuevos bandoleros devuelvan lo robado. Es más, en ocasiones, cuando algún grupo de ciudadanos se ha presentado en uno de estos caminos a reivindicar su apertura, con la cartografía oficial correspondiente que certificaba su *titularidad pública, alguien ha echado a los agentes de la Guardia Civil sobre ellos, pidiendo carnet y exigiendo su disolución. (Y lo que escribo lo he vivido directamente junto con otras personas).

Como excepción, algún municipio ha firmado convenio con la Junta  para catalogar sus caminos municipales, pero sólo conozco un pueblo en la comarca (Cardeña) donde su alcaldesa, Cati Barragán, obligó a los propietarios a abrir y devolver aquellos caminos públicos que habían cortado.

Pero en fin, no nos escandalicemos. Si es verdad lo que mantienen las nuevas corriente, es decir, que lo moralmente bueno es aquello que así lo decide la mayoría, robar un camino o parte de él no es inmoral, porque la mayoría de la población no protesta, se calla; y ya se sabe que quien calla otorga.

Así pues, por decisión de esa mayoría de ciudadanos, robar un camino es una acción buena, correcta desde el punto de vista de la moral. De este modo, se comprende la postura o actitud de los gobernantes ante los nuevos bandoleros de caminos.

Lo que ocurre es que esta actitud de los gobernantes no encaja con las declaraciones que luego se hacen, prometiendo trabajar por la promoción del turismo rural y contra la España vaciada.

Juan Ferrero

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