En nuestra cultura occidental y cristiana, la prostitución viene siendo algo marginal y despreciado. Nos obstante, cada vez con más frecuencia se cuestiona la actitud que ha de adoptar la sociedad con esta actividad, resumiéndose en dos tendencias: la abolición y la regulación.

Los abolicionistas (como los movimientos feministas) mantienen que la prostitución es un acto de violencia contra la mujer, donde, además, es explotada por chulos y las mafias, incluidas las jóvenes menores de edad.

Los partidarios de la regulación sostienen que, puesto que la prostitución es algo que siempre ha existido y existirá, lo mejor es regularla, convirtiéndola en una profesión más con derechos y deberes sociales.

Así el asunto y apartando a las religiones para las cuales las relaciones sexuales fuera de la finalidad reproductiva son un pecado, cabe hacerse preguntas como ¿Es buena o mala la prostitución? ¿Debe eliminarse?  ¿Habría que acabar, por ejemplo, con las minas porque en algunas se obligue a trabajar  a niños y mujeres; no sería el mismo caso con la prostitución?  ¿Habría que multar  -como está establecido en Suecia- al cliente y no a la prostituta? ¿No es la mujer libre de ejercer con su cuerpo la actividad que quiera, como ocurre en otras profesiones?  ¿No sería más beneficiosa su regulación, con las consiguientes ventajas como la eliminación de delincuentes, las garantías sanitarias y el pago de impuestos, la estima social…?

En fin, con el debate así planteado, me voy a permitir dar unas notas, enfocando el asunto desde tres puntos distintos y de acuerdo con nuestra condición humana:

1.- Lo que nos puede dictar la Razón

2.-Lo que nos puede dictar la Costumbre

3.-Lo que nos puede dicta la Hipocresía


LO QUE NOS PUEDE DICTAR LA RAZÓN

 

LA  FURCIA

La mujer, rodeada de aquella masa humana, apenas podía caminar. Los golpes, los insultos, los salivazos y las burlas llovían constantemente sobre su vacilante cuerpo y, si caía, era levantada a puntapiés. Los pequeños dioses animaban a la multitud para que continuase el despiadado castigo sobre la indefensa víctima.

Pasaba por allí el padre Eterno y, atraído por el alboroto, se acercó.

“¡El padre Eterno!”, exclamaron interiormente a su presencia.

Inmovilidad. Silencio. Expectación.

Él avanzó lentamente por el pasillo que le fueron dejando, hasta llegar a la mujer. Esta se incorporó temblando y clavó la mirada en el suelo. Los pequeños dioses montaron enseguida la primera fila.

– ¿Por qué despreciáis a esta mujer?

– Es una ramera, Padre Eterno –se apresuraron a responder los pequeños dioses con intención de ganar méritos.

– Mujer, ¿has cometido adulterio en desacuerdo con tu marido?

– No tengo marido, Padre Eterno.

– ¿Por qué despreciáis a esta mujer?

De nuevo tomó la palabra uno de los pequeños dioses:

– Es una prostituta. Tenemos que acabar con todo aquello que atente contra la pureza de nuestras costumbres. De este modo el Pueblo será obediente y fiel.

– ¡Apartaos de mí, falsos e hipócritas, que confundís al Pueblo para vuestro provecho!- Luego se dirigió a la multitud:- ¿Qué daño ha hecho esta mujer?

– ¡Los solteros pierden la cabeza por ella y nuestros maridos, además, nos engañan!

Un griterío de asentimiento acompañó a la respuesta. El padre Eterno alzó los brazos solemnemente en señal de silencio.

– ¿Quién de vosotros, cuando se corta con un cuchillo, decide eliminar esa herramienta? O ¿quién resuelve acabar con los medicamentos porque un inconsecuente se intoxique con ellos? ¿Acaso podría declararse culpable al cuchillo o a los medicamentos por el daño que cometiera el que los utilizara? Pues igual el sexo.

– ¡Pero esta hija de perra utiliza el sexo como una profesión! ¡Vende su cuerpo por dinero!

Otra vez el griterío.

Conseguido el silencio, el padre Eterno habló:

– Yo os digo: No hay miembros u órganos más dignos que otros. Todos forman parte de la persona. Y aquel de vosotros que no haya puesto sus manos, sus pies, su boca, sus ojos, incluso su inteligencia, voluntad, libertad o todo su ser al servicio de otro por dinero, que lance el primer desprecio.

Esta proposición los dejó sorprendidos y mudos, y uno tras otro fueron retirándose, comenzando por los más ancianos.

El Padre Eterno y la furcia quedaron solos.

– Mujer, ¿ninguno te ha despreciado?

– Ninguno, Padre Eterno.

– Pues yo tampoco te desprecio. Vete y no peques.

 

Juan Ferrero


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